13/06/2005 CASAS EMBRUJADAS

La esquina del miedo

Estuvo deshabitada por años y generó muchas historias: Que se escuchaba llorar a un niño, se veían luces o se escuchaban ruidos. La casa hoy esta habitada y sus dueños conformes. Pero por años fue "la" casa embrujada de San Juan. Lisandro Peyran

     

Hoy Eduardo cuenta la historia como una anécdota. Pero en su relato, brota el miedo de la experiencia que tuvo hace mucho. Exactamente 28 años atrás. Y al escucharlo, se nota que el paso del tiempo no logró borrar los detalles. En su mente están las imágenes grabadas. Las rejas, el pozo, la puerta, la sombra que aguardaba, el compañero paralizado. Imágenes que no lo abandonarán nunca más. "Todo empezó por una apuesta. Yo tenía 17 años, trabajaba en una confitería y a la salida, con tres amigos siempre nos divertíamos haciendo algún desafío. Esa noche, lo que decidimos fue ver quien era el valiente de subir hasta el altillo de la casa embrujada y prender allá arriba una vela".

Esa vela nunca sería encendida. Como siempre ocurre con las apuestas, la casa es la que gana. Y esa casa ganó y ganó, hasta convertirse en la más afamada de sucesos paranormales. Con preguntar en cualquier lugar "¿Hay casas embrujadas en San Juan?", seguramente alguien responderá: "Dicen que en la de la Circunvalación y Libertador pasaron muchas cosas...".

Esta casa siempre llamó la atención. Construida en 1950, el arquitecto que la proyectó fue contratado en Buenos Aires y causó un gran impacto urbano. En el Gran San Juan, que estaba levantándose todavía después del terremoto de 1944, se construía siempre sobre la línea de edificación (es decir desde donde está permitido, lindando con la vereda) y acá impresionó que hubiera jardín adelante, "alejando" la casa del tránsito del público. Su estilo arquitectónico moderno (o racional) también era una novedad para cualquier retina, debido a su geometría. Las amplias y verticalísimas ventanas, las columnas que "se ensanchan" a medida que buscan el cielo, el altillo en el tercer nivel, eran algunos ejemplos. La dueña de casa modificó un punto del proyecto original. En vez que se extienda el jardín hacia la parte posterior de la vivienda, prefirió que ahí se edificara un pequeño departamento para que un familiar pudiera habitarlo.

Pero faltaba que comenzara la otra parte de la historia. Cuando la primera dueña falleció, la casa se puso en venta. Y de a poco, como presos que se escapaban cada tanto, comenzaron a circular relatos de la casa deshabitada.

Uno de las más difundidas era el lastimoso llanto de un bebé, que supuestamente había muerto y su madre decidió mantenerlo con ella. Descubierta por los vecinos de la casa, la policía se llevó a la madre desquiciada y el cuerpito de la criatura, pero el llanto quedó en la mansión.

Otros "testigos", en distintos momentos, afirmaron que desde la vereda vieron por las ventanas la figura resplandeciente de una imagen que, flotando, descendía por las escaleras. Y precisaban que la figura era una novia. No falta la teoría que indica que en realidad el alma de la señora que construyó la casa, muy cercana a sus afectos, no estaba de acuerdo con la venta, y se encargaba de asustar a la gente así su familia se seguía reuniendo en ella. Por eso se prendían luces en la noche. O se escuchaban ruidos en el interior. O, lo peor de todo, los objetos se movían solos adentro. Aunque no fue posible hallar un testimonio personal para esta investigación, distintas fuentes afirman que más de un albañil, contratado para hacer refacciones en el inmueble que seguía en venta, abandonaba el trabajo al segundo o tercer día, porque veía como los objetos "tomaban vida propia".

La casa que más asustaba en San Juan no era vieja; es más ni había sobrevivido al terremoto. El miedo residía en una apetecible propiedad para el negocio de bienes raíces, en la zona que más se cotizaba, Desamparados, y a 5 minutos del centro.

Los comentarios aumentaban y el temor hacía lo mismo. Gabriela creció a media cuadra de la "casa embrujada" y hoy recuerda que no se animaba a caminar por la vereda. "No era yo solamente que tenía pánico. Mis vecinos, amigos y primos tampoco querían estar cerca".

¿Qué piensan los actuales vecinos? Cortésmente, dicen que no saben nada. Aunque en realidad se nota que ellos no quieren hablar del tema y menos con un periodista que imprevistamente golpea sus puertas y empieza a preguntar por la misteriosa casa. Ellos, siempre atrás de las rejas, esgrimen alguna excusa y la charla no prospera. ¿Y los actuales propietarios? Exactamente lo mismo.

Eduardo sí se atrevió a hablar, a contar su experiencia. Lo único que pidió fue que no se publicara su verdadero nombre. Y vuelve a recordar como fue esa noche de hace 28 años en la que quiso subir hasta el altillo a prender una vela junto a otros 3 amigos, cuando la mayoría de la gente, como Gabriela (tampoco se llama así), no querían ni caminar por esa vereda.

"Entramos los cuatro, saltando las rejas (por la vereda de la Circunvalación). Pasamos por el garage y ahí había un hueco. No se podía distinguir si era la entrada a un sótano o una cámara séptica que no tenía la tapa". En realidad el agujero estaba tan oscuro, tan negro, que parecía una señal de advertencia. Y uno de los cuatro amigos la tuvo tan en cuenta, que dijo "yo me voy" y abandonó la misión. Así de infinitamente oscuro estaba ese hueco.

Los tres que todavía seguían, caminaban por el lateral de la casa, en dirección a Libertador. Sentían el miedo en su piel, pero Eduardo quería ganar la apuesta y dijo "yo entro". Y entró.

"Caminé cinco pasos - recuerda- y fue cuando noté que al final del pasillo había un hombre apoyado en el marco de esa puerta". Eso, a Eduardo lo paralizó. No fue solamente ver que había alguien más ahí, sino que tenía la postura de estar esperándolo llegar. No fue recibido hostilmente por su condición de invasor, sino que la silueta sin identidad por el contraluz, lo único que hacía era aguardar.

"Ahí realmente yo entré en pánico, porque no podía caminar ni hablar y lo que más miedo me daba era que el hombre no me decía nada. Entonces, saqué fuerzas de no se donde y grité con todo «¡¡¡¡Acá hay alguien!!!!» y salí corriendo. De los otros dos, uno saltó la reja sin tocarla, pero el otro no podía caminar. Le temblaban las piernas y no podía caminar. Yo corría y no miraba para atrás. Entonces lo ayudé, ni me acuerdo como. Pudo saltar la reja y después salté yo. Nunca me atreví a mirar para atrás".

Pasar por ahí y contemplar esa fachada no da ninguna señal de ser lo que tanto se dijo. En realidad, nunca aparentó serlo.

     

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