19/01/2006 REALIDAD

Comportamiento juvenil

Carlos R. Buscemi

     

Mucho se ha escrito, y se escribe, acerca de la juventud, sus problemas, sus necesidades, sus padres. Sin embargo, pareciera que quedara todo en letras de molde y nada se resuelve cuando nuestro hijo o hija de catorce, quince o dieciséis años nos plantea una dificultad. En ese momento pareciera que olvidamos todo lo que leimos, lo que el médico o algún profesional nos explicó.

No encontramos la manera de dialogar, de entendernos y hacernos entender. Es que es muy diferente la comprensión teórica del problema al enfrentamiento cotidiano de las complicaciones, que surgen no solamente de las características propias de la adolescencia sino de lo típico de los padres. Esta reflexión pretende dar opinión acerca de lo difícil que resulta convivir con los hijos adolescentes, y, al mismo tiempo, lo que para ellos significa la convivencia con nosotros.

El adolescente transcurre sus días tratando de satisfacer sus necesidades emocionales, físicas y sociales. Su comportamiento puede ser tímido, agresivo, servicial, idealista y también omnipotente, pero siempre depende de cuáles son sus requerimientos y sus intentos de solucionarlos. Algunos pueden ser aceptables como trabajar, estudiar, practicar deportes etc. Otros no lo son: pelear con amigos, haraganear, rebelarse sin motivo o no tener una actividad definida. Son precisamente estos últimos los que producen el enfrentamiento con los padres, portadores de una ideología social que no admite rebeldías ni contrariedades. La conducta inadecuada desde el punto de vista del adulto, nos produce un innegable malestar. No lo comprendemos como un problema del joven consigo mismo, como una lucha debida al crecimiento y a su intento de identificación. Lo registramos en calidad de enfrentamiento hacia nosotros, como la prueba de nuestros fracasos en el papel de padres, y, naturalmente, nos sentimos profundamente heridos y atacados.

Pero, ¡oh!, maravilla de la vida, de lo inesperado, del futuro, que permite que cada hijo sea como sus padres, y al mismo tiempo, diferente; que inaugure cada vez, un nuevo milagro de personalidad, parecido, comparable a otro quizá, pero nunca idéntico más que a sí mismo. Aceptar las semejanzas no nos resulta nada difícil, especialmente si se relacionan con nuestras cualidades. Pero tan pronto como nos percatamos de una actitud "original", aunque sea orientada a acciones y normas de conductas positivas, por el solo hecho de que no responden a nuestra manera de ser, pensar u obrar, nos sentimos perturbados. Es decir, quieren probar o ensayar sus propias experiencias y no aceptan las de sus padres. De pronto el adolescente que fue hasta ayer un niño, se convierte, en nuestra casa, en un extraño. No comprendemos o nos cuesta comprender que, si él ha cambiado y tiene un criterio propio, quizá también nosotros debiéramos cambiar.

En pocas palabras, hay que saber ser padres de niños, de adolescentes y de adultos. Obviamente estas son consideraciones válidas dentro de un contexto con hijos cuyas conductas podríamos llamar "normales", caso contrario los padres sí deben hacer prevalecer su autoridad aconsejando, previniendo y corrigiendo sus actitudes, sobre todo, marcándoles límites, hasta someterlos a tratamientos especializados en casos extremos.

Etimológicamente, adolescente quiere decir "que adolece, que duele". Y muchas veces duele a los padres y a los hijos, ya que es imposible, dada la naturaleza del vínculo que los une, que la aflicción de uno no la sienta también el otro, especialmente teniendo en cuenta que los consejos y recomendaciones dados por los progenitores fueron hechos con el mejor propósito, lo mejor que pudieron y lo mejor que supieron.

     

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