16/02/2006 BLANCO & NEGRO

El mito de la "pericana"

Prof. Edmundo Jorge Delgado

     

"Allá, como a cincuenta pasos de distancia, vimos (...), entre las verdes parras, una silueta negra, altísima, de rostro ensangrentado, roja barba y saltado ojazos amarillos. Avanzaba despacio, despacio, muequeando espantosamente". De esta manera con su sutil pluma, nos describe en uno de sus cuentos, Juan Pablo Echagüe, la estampa de un personaje famoso y siniestro de nuestra mitología autóctona, la llamada "pericana", un ser sobrenatural, que tiempo atrás, represento el terror para todos aquellos niños, que desobedeciendo a sus padres, se aventuraban a salir de sus casas en horas de la siesta.

El origen de esta tradición parece ser netamente de nuestra tierra, si bien algunos autores como Adolfo Colombres, también la ubican en la provincia de San Luis. Junto con otros monstruos de perfil femenino, como la "María Muscha", en Jáchal, o "la "calchona" en la zona cordillerana de Neuquén, este es un aterrador ser, cuyo origen es difícil de precisar. A juzgar por los datos aportados por Echagüe, sus comienzos son contemporáneos a su vida, es decir, en los últimos años del siglo XIX y principios del siguiente, aunque su leyenda pervivió hasta no hace mucho tiempo. La idea de concebir tan espeluznante ser, fue de los mismos padres, con la intención de infundirles miedo a su hijos rebeldes. Estos niños solían protagonizar las más alocadas aventuras, en horas de las largas y típicas siestas veraniegas, ocasionando toda clase de molestias en el vecindario. El hecho fue que alguna malograda pandilla de muchachos, en alguna ocasión, logró imaginar y ver a esta terrorífica mujer, y entonces el rumor se difundió como reguero de pólvora, sobre todo en las zonas rurales. Si bien se la describe como una anciana grotesca, de largos dientes, con cola provista de clavos y espinas, provista de un rebenque o cuchillo, para castigar a los desobedientes chiquillos; también hay versiones disímiles que la refieren de bella presencia, con un rostro cautivador, que se aparece repentinamente entre los parrales y seduce a los chicuelos para perseguirlos y castigarlos.

     

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