REFLEXIÓN DOMINICAL
Domingo ¿para qué?
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| Pbro. Dr. José Manuel Fernández |
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La página evangélica de hoy nos presenta dos apariciones del Resucitado a los apóstoles en el Cenáculo, "el primer día después del sábado" (cf. Jn 20,19-31). La insistencia sobre el dato cronológico es reveladora. Muestra la intención del evangelista Juan en presentar el encuentro de Jesús con los suyos, como el prototipo de la asamblea dominical en la Iglesia. El domingo nace con la resurrección de Cristo. Jesús resucita el "primer día después del sábado". Ese mismo día, hacia la tarde, se aparece a sus discípulos reunidos en el Cenáculo para donarles su Espíritu y regalarles su paz. Para los cristianos, ese día adoptó el nombre de "día del Señor", y como en latín "Señor" se dice "Dominus", el día del Señor ("dies dominica") se llamó "Domingo". El primer testimonio del nuevo nombre lo encontramos en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis, donde Juan relata haber "entrado en éxtasis el día del Señor", esto es, en domingo (cf. Apoc 1,9). En ese tiempo de la semana los creyentes se reúnen; "estando cerradas las puertas" viene a ellos Jesús, es decir, no desde afuera sino desde dentro, en la Eucaristía; da a sus discípulos la paz y el Espíritu Santo; en la comunión los discípulos tocan, y más aún, reciben su cuerpo herido y resucitado proclamando la fe en él.
Luego del año 315, cuando el cristianismo, por la libertad concedida a la Iglesia de parte del emperador Constantino llegó a ser la religión predominante, el Domingo pasó a ocupar el lugar del Sábado judaico, como día de fiesta incluso civil, dando el nombre al primer día de la semana, que hasta ese momento se llamaba "día del sol". Este nombre se conserva en los países anglosajones: el inglés "Sunday" y el alemán "Sonntag", significan en efecto "día del sol". Para los cristianos es al domingo a quien se aplica el tercer mandamiento: "Santificar las fiestas". Santificar el domingo significa tres cosas: hacer de él un día para Dios, un día para sí mismos, y un día para el prójimo.
El Domingo debe ser ante todo, un "día para el Señor". Imaginemos a pescadores sobre una barca, o a navegantes en un buque en alto mar, que por horas y días intentan tirar las redes para pescar o navegar sin alcanzar el fin que se proponen. Llega el momento en que es necesario tomar el timón de la barca y consultar la hoja de ruta para verificar que no se está errando la meta. De lo contrario, existe el riesgo de embestir otra nave, encontrar escollos que impiden avanzar o sentirse fracasados. Así sucede en la vida. Luego de seis días de trabajo, de preocupaciones y tareas, es necesario detenerse, comprobar que se está recorriendo el camino justo y percibir que estamos buscando el justo fin de la vida. El medio más completo y necesario para realizar todo esto, es para los creyentes la participación en la asamblea dominical, es decir, la Misa. Allí recibimos un soplo de vida a nuestra fe, y al congregarnos rompemos con el anonimato que tanto deshumaniza la vida de hoy.
El domingo no es una especie de impuesto sobre el tiempo que Dios impone a los hombres, sino que es un don hecho al hombre, para defender aquello que en él es precioso: la vida. Se hace necesario descubrir la belleza y la necesidad del reposo festivo. La organización del trabajo y las imperiosas necesidades familiares pueden a veces justificar que se trabaje en domingo, pero ésta no debería ser la regla ni ocupar "todos" los domingos y "todo" el domingo. En esta reflexión entran a formar parte el juego sano y el descanso reparador. El ser humano necesita de ellos para romper la fatiga y evitar el estrés. Pienso que Dios, como todo padre, goza al ver a sus hijos jugar. Hay una sabiduría secreta en el juego. ¡Y tenemos en la vida que aprender tantas cosas de los niños! El juego nos ayuda a no tomarnos "tantas" cosas "tan" en serio, canalizando en formas constructivas nuestro instinto de competir y emerger. Los hombres y mujeres de hoy no estamos más en grado de interrumpir el trabajo con el juego, porque hemos hecho del trabajo nuestro "competición". Un juego peligroso y terrible. Hasta la guerra ha llegado a ser para muchos un juego. Ir a un estadio de fútbol o salir a bailar no está mal. Es una forma de socialización. El mal comienza cuando esto asume una importancia tal que, si un domingo no hay partido, muchos se sienten como perdidos y dicen: "¿Qué hago ahora?" De este modo se arruina al deporte mismo porque se depositan sobre él esperanzas desproporcionadas que éste no puede satisfacer. Por eso nace la violencia en los estadios. Se ha hecho de aquel momento el vértice y el "todo" de la semana, y si desilusiona, se convierte en una catástrofe. Decía Jesús: "¡No sólo de pan vive el hombre! Hoy se diría quizá: "¡No sólo de fútbol o carreras vive el hombre!".
¿Y qué decir de los boliches? Lo perverso no es el hecho en sí del boliche mismo. Los jóvenes tienen el derecho a elegir su pasatiempo como hacen los mayores. Lo negativo son las formas que ha asumido la noche de vísperas del domingo en la juventud: horarios que van contra el ritmo natural biológico, venta de estupefacientes, es decir, la instrumentalización interesada de la diversión juvenil. Quisiera dirigir hoy una pregunta a adolescentes y jóvenes, apelando al corazón de ellos: ¿te parece humano y digno de un hijo o de una hija hacer pagar a tus padres tu diversión a cualquier hora, con noches de insomnio, de angustia y de ansiedad de corazón y, ojalá Dios no lo permita, con lágrimas para toda la vida? Piénsalo alguna vez, el sábado a la noche al salir de casa. En un mañana no lejano, te encontrarás en la posición en que se encuentran hoy tus padres. Entonces, ¿con qué coraje dirás a tus hijos de no ir al boliche o de no salir a la madrugada?
En una magnitud cada vez mayor, "el día después del sábado", en nuestro lenguaje no evoca ya la idea de resurrección, de fiesta y de alegría, sino la de muerte en las rutas o en los barrios mismos, como sucedió hace pocos días a Matías Bragagnolo o a tantos otros que sin llegar a la muerte fueron golpeados o maltratados por la violencia a la que conduce el alcohol o las drogas. Parecen dirigidas a la juventud las palabras de Jesús: "El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado" (Mc 2,27). El sábado es para los jóvenes, para su sana diversión, y no los jóvenes para el sábado, es decir, para ser inmolados por la moda o los intereses de los "señores del sábado".
Finalmente, el domingo es "un día para los otros". Se puede pasar un domingo aliviando el sufrimiento de alguien y llegar al atardecer plenamente satisfechos y enriquecidos por dentro, habiendo vivido "un estupendo domingo". No hay alegría mayor que la de sentirse útil a alguien, llegando a hacer florecer una sonrisa en el rostro de quienes sólo conocen la tristeza. Hay muchos ancianos, personas solas o que viven algún grado de discapacidad, que tienen hambre de nuestra compañía y consuelo. También esto es una manera de santificar el domingo, pero no lo hagamos como si estuviéramos dando una limosna de mala gana. Esto me hace pensar a un hermoso texto del profeta Nehemías: "Este es el día consagrado al Señor vuestro Dios; no hagáis luto ni lloréis. Compartid el pan con quien nada tiene. No os entristezcáis, porque la alegría del Señor es vuestra fuerza!" (8, 9-11). Que la alegría del Señor sea nuestra fortaleza, y ¡Buen Domingo para todos! |
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