25/11/2003 REALIDAD

Don José y Doña Paula

Prof. Ernesta Rombolá de Belbruno

     

El ideario de Domingo Faustino Sarmiento está unido al de sus progenitores como la histórica higuera a su solar natal. Sus rasgos temperamentales denuncian, además, la influencia moral y biológica de sus padres.

Don José Clemente Sarmiento había nacido el 22 de noviembre de 1778. Hijo de Don José Ignacio de Quiroga Sarmiento y de Juana Isabel Funes; su hermano fue Manuel Eufrasio de Quiroga Sarmiento, segundo obispo de Cuyo. Casóse el 21 de noviembre de 1801 con Paula Albarracín. En linaje y en pobreza ninguno aventajaba al otro.

Su vida fue un continuo andar en esos tiempos de lucha por la Independencia, exaltado de patriotismo hasta el delirio, por cuya causa fue apodado "Madre Patria". Luchó en Tucumán con el ejército de Belgrano y estuvo al servicio de Don José de San Martín. Con su humilde heroísmo transmite a su hijo el amor y el sacrificio por la Patria naciente.

Como arriero era conocedor de la cordillera, por lo que le resultó fácil conducir a Domingo en el camino del destierro, venciendo las alturas y el espectral viento blanco y en medio de tanta desolación, el sufrimiento ante la imagen de su país enlutado.

El claro resplandor que rodea la figura de su esposa, Doña Paula, lo ha dejado a él casi en sombras; pero Don Clemente le transfiere al hijo un bien precioso que no podía recibir de su madre, sensata y práctica; le da el don de la imaginación y la fantasía, la capacidad de exaltación suprema de los sentimientos y de las ideas, ese divino desarreglo que los contemporáneos y enemigos de Sarmiento llamaron "su locura" y sin la cual Sarmiento no hubiera sido el que fue.

De este viajero soñador hereda nuestro prócer la aspiración a grandes realizaciones, las ansias de saber, la afición a la lectura, el orgullo, su jactancia e hidalguía, la rectitud de proceder y una conducta insobornable.

Fallece en San Juan, el 22 de diciembre de 1844, sin que su esposa, Paula, y su hijo pudieran darle el último adiós, ya que ambos se encontraban en Chile. Antes de morir pudo apreciar la personalidad creadora del hijo, aunque sin gozar del orgullo de verlo encumbrado en los estrados de la gloria como presidente de la República y Maestro de América.

Doña Paula, dignificada por su propio esfuerzo, asciende al sitial de la inmortalidad en las páginas emotivas del hijo: "La madre es para el hombre la personificación de la Providencia, la tierra viviente a que se adhiere el corazón..." Tierra viviente como llegaría a ser también su hijo.

Nacida en San Juan, el 27 de junio de 1774, hija de Cornelio Cipriano de Albarracín y Balmaceda, quien fue Maestre de Campo y Encomendero en San Juan y de Juana Irrazábal.

Formó un hogar "escuela en que la industria más laboriosa, la moralidad más pura, la dignidad mantenida en medio de la pobreza, la constancia, la resignación, se dividían todas las horas..." escribía su hijo Domingo.

Paula, la extraordinaria joven, levantó con el producto de sus manos y en el solar heredado, su futuro hogar y en él mantuvo un fuego inextinguible; estrechó los vínculos de la sangre luchando contra circunstancias adversas, apoyada en la oración y su profunda fe cristiana.

Trabaja, dirige, educa, forma a sus hijos, suple al marido y lo honra. Domingo Faustino recibe de su madre las aceradas aptitudes que le permitieron cultivar su genio, en medio de las mayores dificultades; la perseverancia, el afán de lucha sin pausa, la voluntad fuerte, la altivez varonil, la tenacidad en las decisiones, la fe y la aspiración de Justicia.

Desde niño, el hijo aprendió al lado de su madre a amar "la santidad de la pobreza" y más tarde comprendió que la fortuna era "bagaje pesado para la incesante pugna" es decir, estorbo y tropiezo para la acción heroica.

Doña Paula vivió pobre y murió pobre, con un altísimo concepto del honor, que mantuvo inmaculado en su casona provinciana del Barrio del Carrascal el 21 de noviembre (mes significativo en esta familia) de 1861, enviando su bendición al hijo amado, quien no llegó a tiempo para abrazar a su madre.

Y de este árbol vigoroso, fusión de dos seres respetables: Don José Clemente y Doña Paula, nació el hijo varón a los nueve meses de la Revolución de Mayo. Dijérase que su advenimiento vivificaba los resplandores gloriosos de nuestra Historia.

Y resurge en Domingo el carácter diamantino de la madre y la patriótica vocación del padre; pero él fue por sí mismo una fuerza telúrica desatada que nadie podría vencer.

Padre, madre, hijo: tres servidores de la Patria, cada uno actuando en la escena de su propia vida y en la difícil misión que Dios les tuvo reservada.

     

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