01/06/2006 CURIOSIDADES

Al fósforo, lo inventó un alquimista hace 337 años

Fue en Alemania. Henning Brand, llegó a él, gracias a un experimento con orina humana. Telam

     

Un alquimista de Hamburgo, Henning Brand, descubrió, en Alemania por casualidad el fósforo, el 1 de junio de 1669, al experimentar con orina humana la forma de transformar en oro los metales innobles.

Persiguiendo este cometido, Brand dejó reposar orina humana en un recipiente hasta su putrefacción y tras hervirla unos minutos, la coló, obteniendo así un residuo sólido.

Mezcló el residuo con arena, lo calentó y recogió su vapor que, al enfriarse, se transformó en un sólido blanco y ceroso, fosforescente y muy inflamable, que llamó "fuego frío". Unos cuantos años más tarde, el médico Johann Sigmund Elsholtz bautizó al invento de Brand como fósforo blanco (en griego, "portador de luz").

Por más de un siglo, el fósforo blanco se siguió obteniendo de la orina; recién hacia 1771 se lo comenzó a producir a partir de huesos calcinados. Hoy se sabe que este elemento químico se presenta en la naturaleza en forma de fosfatos. Sus principales minerales, fuentes para la obtención actual de fósforo, son la fosforita (fosfato cálcico) y los apatitos.

Hay varias clases de fósforo (blanco, rojo y negro) y sus propiedades son diferentes. Por ejemplo, mientras la temperatura de inflamación del fósforo rojo es de 240 grados centígrados, la del blanco es de 44 y con humedad ambiente, de apenas 30 grados.

La utilidad primigenia del fósforo blanco no fue la de convertir el plomo en oro, como pretendía Brand, sino la de matar ratas, y eventualmente personas, ya que es un veneno muy poderoso: algunos centigramos bastan para causar la muerte.

Las primeras cerillas que contenían la variedad blanca, sirvieron con frecuencia en el siglo XIX como instrumento de criminales: bastaba una sola cajita para envenenar a una persona.

Sin embargo, la primera cerilla de fricción no contuvo fósforo: la inventó, en 1826, John Walker, propietario de una farmacia en Stockton-Tees, al mezclar unas sustancias químicas con un palito, intentando crear un nuevo explosivo.

Para eliminar una gota de esa sustancia, que ya seca había quedado adherida al extremo de la varilla, frotó la punta contra el suelo y el palo ardió.

Según Walker, el glóbulo formado en el extremo del palito no contenía fósforo, sino una mezcla de sulfuro de antimonio, clorato de potasio, goma y almidón.

El farmacéutico nunca patentó ese invento, pero uno de sus observadores, Samuel Jones, comprendió su potencial comercial y decidió dedicarse al negocio de las cerillas. Jones las bautizó "Lucifer". Pero el problema fue que a veces había que conseguir la ayuda del cielo para que Lucifer ardiera...

Así, en 1833, con el reemplazo del sulfuro de antimonio por fósforo blanco, se comenzaron a fabricar los verdaderos fósforos de fricción: entre el palito de madera y la pasta inflamable se ponía una capa de azufre que se encendía.

Pero la combustión del azufre producía dióxido de azufre, un gas que huele a huevo podrido, como lo sabe cualquiera que tenga que sufrir a una pastera (mal llamada papelera) cerca de su casa.

Para evitarlo, salieron al mercado unos fósforos "de lujo" que reemplazaban el azufre por cera o parafina. El fósforo blanco se colocaba sólo en la punta de la cabeza y ésta era la parte que se frotaba. Toda la cerilla se cubría con un barniz resinoso para evitar la humedad, que como se recordará, provocaba que el fósforo se encendiera en un bolsillo con sólo el calor del cuerpo.

Pero pasado un tiempo, su uso fue prohibido: pasó que los obreros expuestos en las fábricas a la acción persistente de los vapores de fósforo blanco, comenzaron a sufrir la destrucción de los huesos de la mandíbula y la nariz.

El fósforo blanco fue sustituido primero por la variedad no venenosa, la roja, y luego se reinventó la cerilla sin fósforo, cuya cabeza lleva trisulfuro de antimonio, un oxidante y cola.

     

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Por un explosivo. La primera cerilla de fricción no contuvo fósforo. La inventó, en 1826 el propietario de una farmacia, al mezclar unas sustancias químicas con un palito, intentando crear un nuevo explosivo.

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