El desafío del desierto sanjuanino fue clave para la estrategia de elegir la parcela fundacional. Luego del traslado, el estero de Zonda se convirtió en fuente de agua.
Edgardo Mendoza - HISTORIADOR
Para fundar la ciudad hace exactamente 444 años, Juan Jufré eligió un sitio que por sus condiciones naturales le permitiese resolver el problema de la provisión de agua sin necesariamente tener que construir grandes obras de infraestructura. Para ello fijó la Plaza Mayor, es decir el centro de la ciudad, en lo que ahora es la zona lindera a Tucumán y Circunvalación. Teniendo en cuenta este eje marcó un predio de cinco cuadras por cinco cuadras, lo que dio una superficie de un poco más de veinticinco hectáreas. Luego vendría la inundación, el traslado de la ciudad, el aprovechamiento de nuevas fuentes de agua y el nacimiento de los trabajos hidráulicos de envergadura que hoy siguen funcionando.
Pero para eso faltaba mucho tiempo. El extremo norte de la ciudad era lo que hoy conocemos como avenida Benavides. Paralela a ésta y casi pegado a ella corría un brazo del río San Juan por lo que fue relativamente simple cavar pequeñas cunetas desde el río mismo que, aprovechando el declive norte-sur del terreno, permitía la utilización del agua para la irrigación de los cultivos y el consumo de animales y seres humanos.
Como la fundación fue casi en invierno, el río debía ser un hilo de agua que no causó mayor temor ni preocupación. Unos treinta y dos años después una crecida descomunal, de esas que se producen muy de tanto en tanto, arrasó la ciudad y cubrió de piedras el terreno que con tanto esfuerzo se venía cultivando.
La reacción de los vecinos no fue irse, ya eran sanjuaninos; ante el desastre natural respondieron con el desafío de correr la ciudad e inclusive trazar para la misma un espacio mucho más extenso que el que acababa de ser anegado. Se trasladaron veinticinco cuadras más al sur y marcaron un terreno de quince cuadras por nueve cuadras, cuyo centro y Plaza Mayor es lo que ahora conocemos como Plaza 25 de Mayo.
Cabe preguntarse: ¿cómo regaban esta nueva superficie?, ¿de dónde obtenían el agua para beber? Una respuesta relativamente lógica es que pudieron cavar un canal desde el lugar que ahora es Salta y Benavides para llevar el agua hasta la calle 25 de Mayo y desde allí, aprovechando el declive oeste-este, construir otro canal que paralelo a ésta, que era el nuevo límite norte de la ciudad, llevase el agua hasta la intersección de avenida Rawson y 25 de Mayo. A partir de esta obra se cavarían pequeños canales que, aprovechando el declive norte-sur, permitiesen el riego de las más de 135 hectáreas fundacionales.
Esta respuesta, si bien es lógica, choca contra el hecho de que la veintena de españoles que se enfrentaron al dilema de trasladar la ciudad no tenían ni capital ni tecnología ni mano de obra para realizar una construcción tan importante.
El estero de Zonda debió ser la solución. Este arroyo nace en los humedales que se encuentran detrás de la hostería, recorre toda la quebrada de lo que hoy llamamos Parque Federico Cantoni y luego desciende por el cañadón que es el antiguo cauce del río San Juan. Por allí riega numerosas fincas y sigue hasta desembocar en el canal Céspedes, una obra muy moderna que lleva agua hasta Pocito.
El Céspedes reemplazó a una construcción más antigua que se comenzó a desarrollar en la época de la Independencia, cuando fue gobernador José Ignacio de la Roza. Este funcionario, uno de los más eficientes del siglo XIX, firmó un contrato con don José Herrera, "que tenía fama de competente y tal vez perito en la materia", para construir el cauce a partir de agosto de 1818.
El acuerdo, entre otras cosas, establecía que "dicha acequia tendrá de ancho, desde la toma del Estero hasta legua y media distante de la puerta de la anterior posesión, cinco varas de ancho y una de fondo; y desde este punto hasta el confín de la misma acequia llevará cuatro solamente, pero siempre igual fondo" como informa Nicanor Larraín en su libro "El País de Cuyo". Esto sencillamente implicaba que el estero se transformaba en afluente de la nueva acequia que llevaba agua a Pocito.
Antes de esta construcción y desde tiempos inmemoriales el estero debía seguir descendiendo y su cauce avanzar por lo que ahora es la avenida José Ignacio de la Roza para luego torcer y seguir un camino paralelo a la actual avenida 25 de Mayo, hasta perderse en los totorales y pantanos que existían más al este de la avenida Rawson.
Es decir que el límite norte de la nueva ciudad era, precisamente, el estero; desde allí sí cavaron cunetas paralelas que llevaban el agua hasta el límite sur, que estaba nueve cuadras más allá y era la actual avenida 9 de Julio. Con esto se consolidaba un sistema de riego que garantizaba la supervivencia y ayudaba a los nuevos pobladores a creer que la vida en estas tierras tenía futuro.