El lugar conjuga historias de próceres, tesoros arqueológicos y hombres que esquilan ovejas. Sus calles son como un túnel del tiempo.
Mónica Martín - DIARIO DE CUYO
La calle de tierra, siempre regada, permanece desolada casi todo el tiempo. Si no fuese por algunos niños que trepan corrales, a primera vista, Colangüil parecería un pueblo fantasma. Está a 33 kilómetros de Rodeo y la gente vive como hace un siglo; al único signo de globalización lo dan las atenas de televisión satelital que sobresalen de los techos de caña. En este escenario tranquilo, casi inmutable, donde los días parecen no pasar nunca, los hombres esquilan y las mujeres amasan, mientras cuentan historias y cuidan los restos arqueológicos que hay en el lugar.
El aroma de las higueras y los manzanos se confunde con el olor a la lana que los hombres le sacan a las ovejas, tarea que empieza en octubre y termina a fin de año. En Colangüil no hay más que casitas de adobe y caña con ventanas diminutas para que no entre el calor durante el verano. "Hay bebidas fuertes", la frase está escrita con un trozo de carbón sobre un pedazo de madera y está en la pared del único bar.
Mientras esquilan, los lugareños cuentan sobre sus tesoros escondidos y no tanto. Dicen que en el lugar hay oro, que hubo algunos intentos de sacarlo, pero que no pudieron porque está muy escondido. Sin embargo, los tesoros que más custodian son los arqueológicos y están al alcance de la mano. En la zona habitó la cultura Angualasto hace unos 1.300 años. Es por eso que para los pobladores la niña mimada es la "Piedra de la Junta", una enorme roca de 7 toneladas que contiene petroglifos con toda la simbología de esta cultura. Esa es una de las atracciones turísticas más importante del lugar. No dudan en cuidarla con uñas y dientes. De hecho, hace dos años, evitaron que un empresario turístico se llevara la piedra. Es que la historia de saqueos se repite cada tanto en el pueblo. Hace casi 10 años un grupo de coleccionistas hizo una huella para acceder más fácilmente al lugar y se terminó llevando algunas piedras que contenían dibujos de la comunidades aborígenes.
Historias vinculadas a los próceres también dan a Colangüil un toque especial. Hay un manzano que fue declarado Patrimonio Histórico. Dicen que bajo su sombra descansó Cornelio Saavedra, presidente de la Primera Junta, después de ser proscripto y marchar hacia Chile. Los únicos cuidados que recibe el árbol provienen de los mismos pobladores. También se conserva la casa donde Saavedra se alojó con su familia, luego de que San Martín le diera autorización para hospedarse.
Los lugareños no aprendieron todo esto en la escuela. Son historias que se pasan de padres a hijos. Algunos habitantes se atreven a afirmar que es lo único bueno que le queda al lugar.
Tarea típica. Entre octubre y diciembre, es usual ver en Colangüil a los campesinos esquilando ovejas. La lana que sacan es para hacer aperos y otros accesorios para sus caballos. Casi no la venden.
En soledad. La capilla que hay en el pueblo está alejada de las casitas. Permanece todo el tiempo cerrada. Sólo se abre cada tanto, cuando algún cura va a celebrar bautismos o casamientos.
Como antes. Los niños se la pasan correteando por los sembradíos y juegan en los corrales, que abundan en este pueblo pequeño. Es usual verlos afuera de sus casas cuando empieza la siesta.
Eugenio, el esquilador. La tijera parece una prolongación de sus manos. Sólo le bastan algunos minutos para sacar un enorme manojo de lana de una de sus ovejas.
Colangüil es como un pequeño oasis en medio del desierto. Es un pueblo donde abunda la sombra de las higueras y de los eucaliptus. Las vertientes de agua hacen que la vegetación sea abundante. El verde intenso de los sembradíos cubre la mayor parte de su terreno.