Domingo, 28 de Diciembre de 2003 | San Juan, República Argentina Registrar | Contáctenos | Ayuda
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Los periodistas de Mendoza fueron los primeros en llegar al lugar del desastre y dar las primeras crudas impresiones sobre la tragedia.
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A 60 AÑOS DEL TERREMOTO DEL '44
La nota periodística
Producido el terremoto, ese mismo sábado 15 de enero a la noche la noticia se conoció en la ciudad de Mendoza, e inmediatamente comenzaron a organizarse las tareas de solidaridad.
Edgardo Mendoza
El diario Los Andes, de Mendoza, estuvo muy a la altura de la situación luego del terremoto. Inmediatamente organizó dos equipos periodísticos que partieron sin demora a la destruida ciudad de San Juan para cubrir la noticia. Un periodista junto con un fotógrafo lo hicieron por vía carretera, y otro logró ser aceptado en uno de los primeros trenes que, con auxilios, partían para San Juan.

Un poco después de medianoche, quienes lo hacían por vía carretera llegaron a su destino y producto de este viaje se escribió una crónica que fue publicada por el diario Los Andes en una edición especial que apareció el domingo 16 en horas de la siesta.

Este es, pues, el primer artículo que describe la ciudad en ruinas a sólo horas de su destrucción y constituye un documento de incuestionable valor por la transparencia de sentimientos con los que se describe la tragedia. El artículo es imperdible, y expresa lo siguiente:

"Mientras el coche corría por el camino a San Juan la mirada, casi sin quererlo, se dirigía al cielo. Las nubes distribuidas en estratos sobre un fondo gris tenían no sé qué de trágico. Quizás el estado de ánimo preparado por la terrible noticia hacía surgir a la fantasía las conexiones más sombrías y los presagios más duros.

Tras el primer inconveniente provocado por el tránsito congestionado a la altura de El Porvenir, a consecuencia de la orden policial de cerrar el paso a San Juan, el automóvil continuó la rápida carrera. Muchos kilómetros más adelante varios hombres en mangas de camisa nos detuvieron. Uno de ellos con rostro contrito, reflejando el terrible dolor provocado seguramente por la pérdida de algún miembro de su familia se acercó y tras de precavernos contra el peligro de numerosas grietas abiertas en el camino, nos exhortó a continuar la marcha. Había en sus gestos cierta serenidad trágica que nos conmovió a todos. A poco percibimos las grietas sobre el terreno. Ahora las casas de adobe que jalonan el camino no se presentaban iluminadas y con los habitantes reunidos en grupos, en las veredas, en los puentes y en las calles, como los que habíamos visto hasta ese momento, sino que las gruesas paredes de adobones mostraban grandes huecos como si hubiesen sido arrancadas por enormes mandíbulas, y los moradores se descubrían a alguna distancia envueltos en mantas, tendidos en el suelo o sobre camas improvisadas.

La gente estaba dispuesta a pasar lo poco que restaba de la noche a cielo raso. Muchos habían instalado las sillas de mimbre a un costado del camino y cubriéndose con las mantas a manera de capa habían formado una triste tertulia. Así llegamos hasta un letrero blanco donde con letras negras se leía Ciudad de San Juan".

La zona mejor poblada

"Parecería que el sismo buscó la zona mejor poblada para desencadenar su ira. Aparte del letrero, la entrada a la capital sanjuanina fue marcada por la presencia de una esquina en ochava enteramente en ruinas. La garita del agente de tránsito aún estaba de pie, perfectamente inútil, a un costado del camino, entre adobes y trozos de barro apelmazado y blanco.

El coche giró hacia la derecha y penetró en la ciudad. Unos policías orientaron al conductor. A uno y otro costado veíamos las casas vencidas, con los frentes que fueron rectangulares transformados en groseros polígonos, como si hubiesen sido diseñados por una mano nerviosa. Los techos de caña revestidos por una gruesa capa de barro, presentaban una pronunciada desviación convexa, cuando no aparecían derrumbados a la manera de telones de fondo arrancados por un genio irascible.

Así llegamos a la avenida San Martín (hoy avenida Rawson). Los vecinos que habían escapado al terrible sismo, se habían instalado en el paseo central. Llevaron hasta allí las cobijas que lograron rescatar y las sillas que no quedaron maltrechas con los derrumbes. Junto a la luz de pequeñas hogueras habían colocado cuanto lograron salvar y se aprestaban a pasar la noche a la intemperie. El automóvil pasaba junto a ellos sin que percibiéramos la menor lamentación. Era un silencio tocante. Los vecinos de San Juan veían pasar los automóviles sin dirigirles el menor pedido, sin solicitar el menor servicio. Parecían atónitos ante la catástrofe o elevados hasta el heroísmo por la desgracia.

En el Hospital Rawson

El Hospital Rawson ya de suyo superpoblado de enfermos apareció atestado de hombres. Como las luces de la ciudad estaban apagadas, una vela colocada junto al busto de Rawson era la única guía para penetrar en el edificio. Un pasillo largo y luego la salida a los jardines. Allí junto a las plantas, entre las glorietas se habían distribuido las camas entre el pedregullo.

La escena era tremenda. A la luz de algunos faroles a nafta, los médicos realizaban su ministerio. La costumbre de periodista nos llevó a preguntar a una persona con guardapolvo blanco por el jefe del hospital. El interpelado sin reparar en nosotros, con voz hondamente angustiada nos respondió con evasivas y siguió su camino.

Nos acercamos ante una improvisada mesa de operaciones, nos inclinamos ante un enfermo que recibía la primera cura, nos acercamos a otro que gemía, con un gemir suave, dramáticamente igual. Cuando nos hallamos de nuevo en la avenida San Martín (hoy avenida Rawson) pensamos que muy poco nuevo nos quedaría para ver en cuanto toca al dolor humano.

La calle 25 de Mayo (entonces corría de este a oeste) nos llevó hasta la de Mendoza. Hubiérase dicho que las arboledas habían extendido de pronto sus ramas hasta abrazarse. Los árboles habían sido arrancados de raíz y precipitado los unos sobre los otros.

No se encontraba un solo frente conservado; todos habían perdido su forma como una columna quebrada por el golpe de una maza. En la calle de Mendoza a veces no era posible transitar. El fogonazo de magnesio de nuestro fotógrafo sorprendió a algunos de los vecinos con los nervios alterados por la desgracia, una señora dijo: creí que era un relámpago. Formaba parte de una familia numerosa. Junto a ella se hallaban tres chicas. Una de ellas de no más de 17 años, nos dijo que sus padres se encontraban bajo los escombros, que estaban con vida, pero que a falta de medios para levantar los escombros estaban a la espera de los refuerzos de Mendoza. Todo esto nos lo dijo con la naturalidad del que está persuadido de que los padres queridos se encuentran a salvo. Mientras tanto, un caballero nos informó en voz baja que nada podía esperarse, porque los viejecitos habían fallecido, cubiertos completamente por los escombros".
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