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EL FENÓMENO OVNI EN SAN JUAN
Carrozas de fuego
Hoy, a las 22, el canal de National Geographic presentará un filme sobre el desarrollo de la sonda Spirit, que esta semana comenzó a operar en la superficie de Marte. El objetivo es encontrar vida. En cualquier caso, el experimento reaviva una vieja pregunta: ¿Estamos solos en el Universo? Diversas experiencias de sanjuaninos parecen decir que no.
Pablo Henríquez - DIARIO DE CUYO
En el tomo I de la Historia de San Juan de Horacio Videla, en el capítulo II, título 115, hay un curioso y escueto comentario: "Al tiempo de llegar los españoles a Cuyo, los huarpes mantenían borrosa pero viva una tradición, existente también entre otros indios del Nuevo Mundo. Los historiadores poco han vuelto los ojos hacia este asunto, pese a la importancia del hecho en sí, como a la necesidad de suministrar alguna explicación a la actitud pasiva del natural frente al conquistador. Los huarpes creyeron que un hombre superior, blanco o resplandeciente, en época remota había visitado el país. Ese hombre blanco habría enseñado a los indios a cultivar la tierra, les habría inculcado ideas morales y también les habría prometido volver / La creencia es idéntica a la de otros pueblos aborígenes de América. La de Quetzacoatl de los aztecas, la de Manco Capac de los incas peruanos, y la de Bochica de los indios de Bogotá".

Esto es historia. Los huarpes tenían numerosas deidades, pero el dios supremo era Hunuc Huar, quien habitaba en las montañas. Y Hunuc Huar fue quien les legó todo, desde el conocimiento tecnológico y cultural hasta las tendencias espirituales. No fue un dios tirano, sino más bien un hermano mayor que se arremangó junto a ellos en el surco, que modeló el barro, que les explicó sobre las ventajas de la honradez (los huarpes castigaban al ladrón y al mentiroso, cosas poco habituales por estos días). Pero Hunuc Huar y sus ángeles se iban cada tanto a asistir a otras comunidades; no es raro entonces encontrar a pueblos aborígenes de la Pampa Húmeda cuyas tradiciones son totalmente coincidentes con las huarpes, y cuyas leyendas ancestrales hablan también de un Hunuc Huar protector e instructor que llegaba y se iba. Ahora viene el detalle: los huarpes aseguraban que este dios y su séquito tenían aspecto "luminoso", y por eso creyeron que la llegada de los europeos, de piel blanca, auguraba su regreso. Por eso los trataron con respeto y reverencia, sin imaginarse que en este caso quien mandaba era un tal Carlos V, cuyo brazo ejecutor era bastante rústico en cuanto a modales.

A lo largo de la historia y la prehistoria son incontables las referencias que existen acerca de avistamientos y encuentros con seres de otros mundos. De hecho, hay colecciones completas de pinturas y grabados de diferentes épocas en las que, algunas veces disimuladamente y otras con mucho protagonismo, aparecen seres o naves interpretados de acuerdo a la imaginería plástica de cada época (ver recuadro en página 7). En el Antiguo Testamento hay también numerosos párrafos dedicados a personajes que son transportados por el aire en vehículos "de fuego" (el caso del profeta Elías, por ejemplo), e incluso hay otros textos apócrifos pre cristianos, como el libro de Enoc (está completo en internet), que describen con gran profusión de detalles el encuentro con seres "del espacio", las características de las naves ("tenían paredes de roca muy lisa", o "pisos de nieve"), y hasta un viaje abordo de ellas.



De paseo en Marte



Esta semana finalmente entró en operaciones la sonda Spirit, enviada por la NASA al planeta rojo con el fin de analizar su suelo y su atmósfera. El objetivo es comprobar la existencia o no de agua en Marte, y a partir de allí buscar restos de vida presente o pasada (ver recuadro). De ese punto parte uno de los mitos contemporáneos más difundidos, el de la relación directa de la vida terrestre con "algo" (partículas, seres, minerales) proveniente de aquel planeta. La fantasía de la literatura y del cine ha llevado el asunto hasta extremos irrisorios, como ha quedado tan bien plasmado en el excelente film "Marcianos al ataque", en el cual se hace una parodia de lo que podría ser una invasión desde el espacio exterior.

Aquí se da un punto de inflexión entre la difusa frontera que separa la ciencia de la ficción, aquello comprobable y mensurable de lo otro que ingresa en el terreno de la fe y la credulidad. Es donde tienen lugar fenómenos que capturan la curiosidad de más de uno, como es el de los OVNIs. Y San Juan tiene sus fanáticos al respecto. En todos los casos no se trata de gente improvisada, sino de personas que, a partir de una experiencia personal o de allegados de mucha confianza, quedaron irreversiblemente atrapadas por el tema.

Quizá el especialista más conocido sea Domingo Castro, el director del museo geográfico Einstein, ubicado en las magníficas cuevas de Zonda. Castro tiene como hábito observar el cielo, y asegura que ésa es la diferencia entre quienes han tenido la suerte de ver "cosas" y los que no. Y entre su gran colección de experiencias, no caben dudas que la más importante es la del conocido "Caso Pachimoco". "Pasó sin querer -dice el hombre, sintiéndose en parte responsable-. En 1974 me escribió don Bernardo Razquin desde Mendoza, el famoso meteorólogo, para preguntarme «qué pasa sobre los cielos de Jáchal, ¿son casos de ovnis o meteoritos?». Es que se venían observando cosas en el cielo que no eran habituales. Así fue que unos meses después, en abril de 1975, salimos de expedición con unos amigos al cerro El Potro, cerca de la zona, donde acampamos un fin de semana. La noche antes de regresar uno de los integrantes del grupo volvió tarde al campamento; en esos casos, para no perdernos cuando se ocultaba el sol, teníamos como norma hacernos señales con las luces del auto, el fuego o las linternas. Días después entendimos que esto había sido captado como una invitación de contacto. Pero aquella noche no utilizamos más las luces hasta que, horas más tarde, nos dispusimos a dormir. Y el encender la lámpara de gas en el interior de la carpa amarilla suponemos que produjo el efecto, visto a la distancia, como de un faro gigante en medio del campo. Algo que estos seres sin duda entendieron como una nueva señal. Y digo sin duda porque casi inmediatamente uno de los integrantes de nuestro grupo, que todavía andaba por afuera en plena oscuridad, vino corriendo a la carpa gritando que «una cosa llameante» había bajado detrás de los cerros. En ese momento estábamos muy cansados y no le dimos mayor importancia. Recién meses después nos enteramos que el fenómeno había sido observado también desde otros lugares. Por ejemplo desde una fiesta que había cerca de allí, donde vieron algo luminoso y extraño que bajaba del cielo. Al día siguiente uno de los testigos, un niño pequeño, se acercó a un técnico vial destinado en la zona, Raúl Márquez, y le preguntó si tenía máquinas trabajando por donde había visto la luz. Márquez contestó que sí. «¿Pero no vuelan, cierto?», agregó el pequeño".

Todos los testimonios se referían al mismo episodio, ocurrido el domingo 23 de abril. Cuando Márquez preguntó hacia dónde habían visto el objeto, todos señalaron hacia el lado de Pachimoco. Así fue que este empleado de Vialidad Nacional convocó a un colega suyo, a un periodista y al intendente de Jáchal para ir a buscar el sitio. Y lo encontraron. Márquez falleció hace un año, pero su esposa todavía guarda, en un sobre con el rótulo "Platos voladores", las fotografías y los recortes del diario donde apareció la noticia hace casi 30 años. "Mi marido sacó varias fotos -explica doña Dora-. En ellas se alcanzan a ver los tres círculos que quedaron marcados en el suelo pedregoso, de unos 30 centímetros de diámetro cada uno. Daba la impresión de que allí se hubiesen posado las patas de un aparato gigante. Estaban en los vértices de un triángulo equilátero perfecto, de 4 metros justos por lado. En el centro había una mancha negra; mi marido decía que el suelo allí estaba carbonizado, como por una tobera. Pero lo más impactante fueron los hongos gigantes que habían crecido en cada una de las tres huellas. Algunos tenían 20 centímetros de diámetro". También observaron huellas de pisadas de pies pequeños que se dirigían hacia el monte y regresaban. Mostraban muy marcado el talón.

Los hongos fueron analizados por un grupo de ingenieros agrónomos, que aseguraron desconocer la especie. Finalmente las autoridades de la seccional 21 los retiraron y tomaron muestras de las rocas quemadas, que enviaron a la base de experimentación espacial de Chamical, en La Rioja, para su análisis. "Nunca obtuvimos respuestas de las muestras", se lamenta hoy la señora de Márquez. El caso Pachimoco fue publicado en el New York Times y en varios medios europeos.

Del tercer tipo

Otro apasionado por el tema es Nino Colombo, jubilado del Banco Nación. Lleva más de 50 años investigando el fenómeno OVNI; ha participado en diferentes congresos internacionales, y tiene un archivo con informaciones y registros de todo el mundo. Por si fuera poco, ha sido director del Centro Argentino Investigador del Fenómeno Extraterrestre (CAIFE). "Siempre viene gente a comentarme experiencias que ha tenido", dice Colombo. Para él todo empezó en la década del '40, un par de años después del terremoto. "Yo vivía en el barrio Obreros, de Rawson -relata-. Allí se veían por la noche grandes luminosidades, luces fuertísimas. Yo tenía unos 22 años, y me subía al techo para verlas. Me pasaba las horas ahí arriba. Todo se ponía como de día con esos fogonazos. Recuerdo mi habitación iluminada por ese fenómeno. Los vecinos dormían o no les interesaba el tema. Hasta que una de esas noches salí como a las 3 de la mañana, y lo que vi fue un gran foco luminoso detenido en el cielo. Al otro día apareció en el diario que había pasado una escuadrilla de platos volantes".

Pero la experiencia que más le gusta contar es la que le ocurrió a un amigo suyo, que se dirigía a Jáchal. "El iba con otra persona en el auto, y a la altura del cartel de Matagusanos se detuvieron a tomar café. Mi amigo no creía en estas cosas; tenía fincas, una bodega, un muy buen pasar; mente de empresario. De repente, hacia el Este escucharon una especie de música y de voces, aunque ininteligibles. Llevados por la curiosidad se adentraron en el campo en busca del ruido. Caminaron mucho en ese terreno escarpado, y a cada paso esa especie de diálogo se hacía más claro. Hasta que una gran luz blanca los sorprendió. Ambos se tiraron al suelo, y cuando levantaron la cabeza vieron que despegaba una nave de unos 30 metros de diámetro. Aseguraron los dos que el aparato tenía ventanas y algo que giraba. El objeto se inclinó de pronto hacia el Noreste, con una gran iridiscencia. Y, valga la expresión, cayó hacia arriba, quedando suspendido como una estrella de primera magnitud que fue alejándose de a poco. Escribí un artículo sobre esto que salió en este diario en el '91, cuando habían transcurrido veinte años del episodio. Y, como en la mayoría de los casos de avistamientos cercanos, estos dos testigos no quisieron volver nunca más al lugar de la experiencia".

¿Hay alguna zona en San Juan con más incidencia de avistamientos? Colombo se juega por Jáchal, el Encón y el Ramblón. Lo que pasó allí fue notable. "A Ramblón se entra por la ruta 40 pasando San Carlos. En esa época, en los '70, había trenes todavía. Y, justamente, lo único que había en Ramblón era la estación del ferrocarril, hoy abandonada. Allí estaba el encargado, un tal Orozco, en la soledad más absoluta viendo televisión, blanco y negro en esa época. Cuando, de repente, se puso la pantalla en colores, y apareció la imagen de un hongo. Es un símbolo muy común en estos casos, y allí hacía ya muchos días que las luces en el cielo se venían insinuando. El hombre salió a mirar afuera, y se encontró con la nave sobrevolando la estación. Tomó una lámpara ferroviaria y se subió a una de las torres de señalización, de unos diez metros de altura. La nave se posó sobre él. Orozco estuvo más de 20 minutos ahí arriba. Cuando bajó estaba muy mal, se le aflojaron los esfínteres, no podía desplazarse, y a la perrita que estaba con él se le quemó el lomo a la altura de las vértebras coxígeas. Orozco habló como pudo por teléfono a la otra estación, que estaba a 16 kilómetros de distancia a cargo de un señor Souzo. Cuando éste llegó a El Ramblón se encontró con Orozco aterrado. Al poco tiempo llegó el comisario de la zona, Balmaceda, que también había avistado la nave desde la distancia. Los policías tenían las armas en la mano, pero les temblaban como una hoja".

Tal fue la repercusión del caso que hasta Fabio Zerpa llegó al lugar para interiorizarse de lo ocurrido. Orozco quedó muy mal; fue trasladado a un hospital de Mendoza, ciudad donde murió tiempo después. "En su despacho más tarde el comisario me mostró una foto que le habían sacado a Orozco en la estación luego del episodio -agrega Colombo-. Pero en la imagen Orozco no apareció, es como si el hombre se hubiese vuelto transparente".
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