REALIDAD
La violencia escolar
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| Manuel Castillo - PROFESOR EN FILOSOFíA DE LA UNSJ |
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La violencia adolescente aparece como un fenómeno que no deja ver sus causas. Se piensa en conducta imitativa de lo que pasa en la sociedad, o descontrol propio de una época que no se deja explicar.
Un principio para entender esto, está en ver las características culturales de este tiempo no solo como una causa de lo que pasa, sino como una consecuencia de lo que apareció por los años 80, con el nombre de postmodernismo; el placer y el individualismo se convirtieron en objetivos prioritarios. La comunicación personal se resintió pese al impulso dado por la técnica moderna, se llegó a la soledad en una época en que las comunicaciones llegaron a lo insospechado poco tiempo antes. Se intentó pensar sin fundamentos, o reduciendo la capacidad de pensar a juegos del lenguaje. El individuo encerrado en sí mismo cayó en soledad y estrés. Significaba la renuncia a toda forma de valoración que no fuera una pretendida igualdad de todo, incluso de lo que no puede igualarse.
A simple vista podía entusiasmar la idea de buscar reivindicaciones legítimas, como la igualdad en dignidad del negro y el blanco, de la mujer y el hombre, entre otras; pero eso ocultaba una indiferencia ante toda forma de valorar las cosas de modo de no poder confundirlas con lo que no son. El matrimonio basado en diferencias elementales biológicas, psicológicas y espirituales, entre el hombre y la mujer, que sirve para lograr complementariedad y generar la prole, no puede confundirse con una unión homosexual. El intento de no distinguir nada llega hasta enfrentar las diferencias naturales y querer transformar el sexo, mediante operaciones, pero no se puede crear otra naturaleza.
Se recurrió a negar la idea de naturaleza, así todo se cree distinto en un mar de confusiones, sin tener de qué se es distinto. En ese ambiente cultural la autoridad dejó de serlo, existe autoridad en un marco legal, pero cuando se ejerce corre el riesgo de ser tachada como autoritarismo. Sin alguna forma de autoridad la educación gira en sí misma sin encontrar a quien educar. Para el directivo es un problema, más si no fue formado para esa función; se encuentra ante una indistinción incomprensible, para la que todo es igual, a veces enmascarado con el nombre de asamblea, en donde el alumno discute al profesor contenidos, valoración, o la transmisión misma de experiencias y saber de educador a educando.
Una pregunta aparece por sí misma, en ese clima no debería ser tan incomprensible por qué ya no se respeta la institución familiar, escolar, o de cualquier tipo, o debería verse como otra forma de indistinción lamentable, generada en aquella que negó que la verdad no es falsedad, que la decencia no es indecente, o que el ser no es un vacío de sentido; que la belleza en sí misma es lo que permite apreciar cosas bellas, que la invención sirve para mostrar cosas bellas de distintas maneras, en un arte valioso que siga distinguiendo entre lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso.
Un problema educativo es la confusión que se puede trasmitir si no se enfrenta el aula con ideas claras. Si el joven que puede tener mirada atenta, aun hoy con el déficit de atención que le están provocando, ve que el educador no distingue opinión de conocimiento y después le exige conocimiento; que no distingue ser y apariencia engañosa, y después le exige que sea educado, honesto, estudioso; puede temerse que él tampoco distinga violencia y equilibrio, buena y mala conducta.
Si se llega a un acuerdo sobre cómo y donde empezó el problema de la espiral de violencia juvenil, es más fácil llegar a un acuerdo sobre cómo y donde empezar a recuperar el tiempo perdido para la educación.
El adolescente se ve impulsado a las vivencias intensas, pero tiene reservas para buscar la misma intensidad en objetivos nobles si se los inculcan; necesita guía, consejo, o algo que aclare el pensamiento, y eso no puede obviarse. Necesita entender incluso emocionalmente, que la vida es un proyecto, y un proyecto apunta al futuro, no puede consumarse en la inmediatez de una diversión pasajera, que no lo deja pensar, y entonces es fácil que no lo advierta. |
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