13/06/2008 EDITORIAL

La fundación de San Juan

     

El 13 de junio de 1562, Juan Jufré de Loayza y Montesa, adelantado de la tercera corriente colonizadora que penetró por el Norte, fundó San Juan de la Frontera, en nombre de Francisco de Villagra, Capitán general de los Reinos de Chile y de su Majestad el rey Felipe II de España.

El nombre de nuestra ciudad -y de la provincia-, está marcado por la fe, ya que fue puesto en honor al santo patrono de Jufré, San Juan Bautista. A fines de 1593, el río San Juan arrasó con la ciudad, decidiendo Jufré trasladarla veinticinco cuadras al sur de su primera ubicación. En 1776 la intendencia de Cuyo fue separada de la gobernación de Chile e incorporada al Virreinato del Río de la Plata, como parte de la provincia de Tucumán. Dos años después pasó a integrar la intendencia de Salta, y por último en 1872, por razones de mejor administración, Cuyo quedó subordinada a la intendencia de Córdoba. El 1 de marzo de 1820, se firmó el acta por la que se rompían los vínculos que los unían a la intendencia de Cuyo y San Juan, San Luis y Mendoza, adquirieron soberanía como Estado independiente.

Recordar nuestra historia ayuda a buscar el propio reconocimiento: conocer de dónde venimos para saber quiénes somos. El pasado forma parte de nuestra biografía como comunidad, pero nunca puede ser el protagonista, ya que esto significaría vivir exiliados en el ayer. Acudimos al pasado para reconocernos y al futuro para ilusionarnos, pero hay que habituarse a vivir fundamentalmente en clave de presente. Ver en el presente una oportunidad de ser feliz constituye uno de los accesos a la felicidad. No adelantemos, en la medida de lo posible, lo que habrá de suceder, pero hagamos del presente un tiempo, también en la medida en que podamos, de prolongada esperanza. Debemos dar al pasado el lugar que se merece, y sentirnos comprometidos con el presente, para mantener viva la ilusión de vivir.

Al celebrar hoy 446 años no olvidamos los momentos de dolor como fueron, entre otros, el terremoto de 1944. Si los acontecimientos positivos son un llamado a la gratitud y al reconocimiento, los marcados por el dolor son una invitación a la paciencia y al coraje. A esta altura de la historia nos merecemos responder respecto a qué hacemos para acrecentar desde el presente, la convivencia, la concordia y el progreso en orden a un futuro más luminoso.

El reto de siempre es el de afianzar la esperanza y no permitir que la queja o la falta de disposición para admirar lo positivo de los otros, ahoguen nuestros proyectos o se corra por eso, el riesgo de hacer naufragar el futuro.

     

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