No sólo sirve para marcar un estado de ánimo, si se apunta para abajo está todo mal, si se lo orienta para arriba es OK como lo hacen los estadounidenses, no sólo es el pícaro gordo que se comió el huevito como en el verso, no sólo sirve para determinar nuestra huella dactilar, los papis debieran decirle a los hijos que el dedo pulgar también sirve para hacer dedo, esto es pararse al costado de una calle, de una ruta y estirando el brazo moverlo acompasadamente hacia adelante ante la presencia inminente de un auto en movimiento en signo inequívoco de que también voy para allá y necesito que me llevés.
Eran otros tiempos, cuando había menos malos, cuando la violencia aún no nos ahogaba, cuando todavía existía la buena fe. Se hacía dedo incluso en traslados urbanos, veníamos al centro desde Rivadavia o Desamparados por Avenida Libertador o Ignacio de la Roza, desde Santa Lucía por Hipólito Yrigoyen, de Chimbas por Mendoza, de Rawson por General Acha. Aparecía la variante de aprovechar un semáforo en rojo y acercarse al conductor para amablemente pedirle si nos podía acercar hasta el Parque de Mayo o al centro mismo y el tipo sonreía y te preguntaba cuántos eran y te abría la puerta de atrás y encima le conversabas tus cosas de pibe, de adolescente, el señor o su esposa hasta se permitían algún consejo. Tipos que se bajaban para acomodar algunas cosas en la parte de atrás de la camioneta para que uno pudiese viajar medianamente cómodo, incluso lo hacían a altas horas de la noche, a la salida de una fiesta, y caraduras nos íbamos bajando cada uno en la esquina más cercana a nuestras casas.
Y lo hacíamos todos, jovencitos sí, pero también señores con maletín en mano, los muchachos que por aquel entonces cumplían con el servicio militar y hasta mujeres sin ningún tipo de segundas intenciones. Seguro que este era el paso previo al sueño casi unánime de convertirse en mochilero y lanzarse a esas rutas de Dios para llegar gratis a impensados y maravillosos lugares.
Hoy sólo vemos a estoicas maestras haciendo dedo para ser trasladadas a Caucete, Albardón, Sarmiento, Zonda, o algún policía o un trabajador rural, pero es tan difícil, la desconfianza nos ha ganado y es de ambos lados.
El domingo pasado a eso de las nueve de la mañana salí con mi auto, me animé a detener mi marcha para recoger a un hombre que me hizo dedo, era un poco extraño, callado pero de mirada segura, para colmo llevaba un largo palo cruzado arriba por otro más pequeño que a duras penas acomodamos en el baúl, tenía barba, sus manos y pies estaban heridos pero no se quejaba, era rara su vincha, parecía hecha de espinas, y sólo cubría su cuerpo con una manta blanca que presentaba varias manchas al parecer de sangre, le pregunté por su barrio y me contestó "Galilea"; yo no sé dónde queda, la ruta se complicó por el desborde de un canal, pero justo cuando pasábamos nosotros las aguas como que se abrieron, en un lugar desértico pidió que me detuviera y se bajó, dijo que iba en busca de su padre. Lo más raro fue que de regreso, llegando a casa, recién me di cuenta de que el hombre se olvidó en el asiento de atrás un canasto lleno de peces y otro repleto de pan.