Jueves, 12 de Febrero de 2009 | San Juan, República Argentina Registrar | Contáctenos | Ayuda
 
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RELATOS MINEROS
El lado oscuro
El extenso territorio de Los Andes se encuentra poblado de innumerables leyendas y mitos que entremezclan la historia con la ficción y la fábula con la cultura minera.
L. Quiroga

Duendes, oscuridad, bondad y sacrificios, miedo, codicia, diablos y fantasmas. Todo un misterio conjugado en vetas, lagunas y minas. Haciéndose presente en el aire, en el agua, la luz, o cada vez que la noche cae en algún lugar del extenso territorio de Los Andes. Todos estos mitos y leyendas propios de las zonas mineras ubicadas en el cordón montañoso de la cordillera tienen su parte de realidad, su parte de ficción y por sobre todo, una gran cultura que respalda su historia.

Estas leyendas son originalmente narraciones orales o escritas, que explican de manera literaria los orígenes de fenómenos importantes o curiosos. La mayoría de ellos se transmitieron de generación en generación, y a cada una de ellos se asignó nuevos elementos míticos que actualmente componen cada relato.

Algunos dicen haberlos visto, otros dicen no creer, lo único real es que estas leyendas se mantienen inalterables al paso del tiempo.

Cada vez más vigentes dentro de las minas que componen el extenso y misterioso paraje de Los Andes. A continuación, se relata algunas de las leyendas mineras que integran este compendio de historias míticas que transitan fabulosamente el territorio andino.

La Laguna de Cobre

Cuenta esta leyenda araucana, que apenas se atraviesa la Cuesta de la Totora, en Calingasta, dentro mismo del corazón de la cordillera, a 5.000 metros de altura, se encuentra la Laguna de Cobre. Rodeada por los cerros, sus aguas tiene un color verde intenso con algunos espacios rojos formados por algas. Aquí, cuenta esta vieja leyenda, hace muchos años un indio araucano raptó a la hija de un cacique de la región de Calingasta, escapándose con ella. Hacían camino de noche. De día se ocultaban en las cuevas de los cerros. Así llegaron hasta la laguna. Extenuados después de recorrer una distancia enorme, se durmieron profundamente. Esto imposibilitó que pudieran oir la llegada furtiva de un grupo de hombres de guerra enviados por el padre de la joven, en seguimiento de la pareja.

Esta fue sorprendida y el indio que robó a la joven fue herido gravemente de un flechazo. La muchacha, que se había enamorado de su captor, comenzó a correr pidiendo a su amado, que se encontraba herido, que la siguiera. Pero ese movimiento era imposible. El araucano se encontraba a merced de los hombres enviados por el padre de la joven. La laguna era la única salida posible para la huida. Y mientras el la seguía, cayendo varias veces y volviendo a levantarse, ella alcanzó la orilla de la laguna y comenzó a penetrar en el agua, imaginando que podía llegar caminando a la orilla opuesta. Pero pronto perdió pie y desapareció bajo el agua. El la llamó infructuosamente desde la playa, pero finalmente cayó herido de muerte por un sinnúmero de flechas.

Los lugareños, que conocen esta leyenda, advierten que no hay que pasar de noche por la laguna. Pues allí, en el corazón de la cordillera, anda el alma del indio que procura vengar a su amada y entonces ocurren toda clase de calamidades.

El Farol de Mandinga

Cuenta el escritor Hipólito Marcial, con respecto a esta leyenda: “La luz blanca que aparece en la falda del cerro es buena, donde entra hay que clavar un puñal y al otro día ir a cavar, ya que se encontrará oro y plata. De la luz roja huyan o recen el rosario, se dice que es luz mala, tentación del diablo”.

El Noroeste argentino es un paraje que se caracteriza por la extensión y tranquilidad de sus tierras. Pero siempre existen supersticiones y leyendas que dan a la tranquilidad un tono oscuro y misterioso. La gente que vive en estas tierras, especialmente en el campo o en el cerro, cuenta de la existencia de la Luz Mala o Farol de Mandinga. Un mito con trascendencia religiosa que la mayoría de los lugareños asegura haber visto.

Se dice que cuando llegan las épocas secas del año, se suele ver especialmente de entre las pedregosas y áridas quebradas de los cerros del oeste tucumano (Mala Mala, Nuñorco, Muñoz, Negrito, Quilmes, etc) una luz lúgubre. Ocurre generalmente a la oración, de tarde. También cuando los últimos rayos del Sol iluminan las cumbres de los cerros y el intenso frío de la noche va instalándose en los lugares sombreados. Cuenta la leyenda que en ese momento, una luz especial, un fuego fatuo, producto de gases exhalados por cosas que se hallan enterradas, conjugados con los factores climáticos, produce una luz mórbida y tenebrosa, la Luz Mala.

El día de San Bartolomé (24 de agosto) es el más propicio para verla, ya que es cuando parece estar más brillante el haz de luz que se levanta del suelo y que, por creencia general, se debe a la influencia maligna. Ya que popularmente estiman que es el único día en que Lucifer se ve libre de los detectives celestiales y puede hacer impunemente de las suyas. La luz es temida también porque imaginan ver en ella el alma de algún difunto que no ha purgado sus penas y que, por ello, sigue penando de esa forma en la tierra. La leyenda cuenta que los pocos que se han aventurado a ver que hay abajo de la luz, siempre han encontrado objetos metálicos o alfarería indígena. También se han encontrado urnas funerarias con restos humanos, lo que aumentó el terror, porque al ser destapada despide un gas a veces mortal para el hombre. Por ello los lugareños aconsejan tomar mucho aire antes de abrir o si no, hacerlo con un “pullo”, manta gruesa de lana para que el olor no pueda ser respirado.

El Allicantu

Esta leyenda corresponde a la época de la conquista española. La historia cuenta que en la cordillera habitaba un ave fabulosa, según referencias que los indios dieron a los españoles. Los aborígenes afirmaban que dicha ave se alimentaba con oro y con plata. Los indios le tenían miedo y escapaban siempre de su presencia. Pero sabían que si la seguían, sin que el ave se diera cuenta, podrían descubrir un yacimiento de oro o de plata. Era el lugar que el gran ave utilizaba para alimentarse. Un capitán español, un segundón, enamorado de una dama española rica y de alcurnia, especialmente deseoso de riquezas para poder aspirar a su mano, se enteró de esa asombrosa ave cordillerana. Decidido a encontrarla y a hacerse rico, partió por su cuenta a la cordillera. Ningún indio sabía informarle en qué paraje podía dar con ella. Le decían que era muy peligroso arriesgarse, pues habitaba en las altas cumbres del corazón de la cordillera. Decidido a convertirse en hombre rico, el capitán caminó varios días y al llegar al pie de un cerro prominente comenzó a escalarlo. Una noche creyó ver en el hueco de una peña un fulgor dorado. Debía ser el nido del Allicantu, cuyas alas producían ese destello, ya que sus plumas adoptaban el color del oro o de la plata según qué mineral fuese su alimento.

Esperó acurrucado acechando pacientemente hasta el amanecer.

Extenuado de cansancio y de frío, debilitado por la falta de alimento, le pareció ver al ave alejándose del nido rocoso. Pensó que buscaba comida y que al seguirla encontraría el oro o la plata apetecidos.

Con avaricia, el enloquecido conquistador quiso seguir el vuelo del ave y ya no pudo pensar en nada más. Poco después y sin darse cuenta perdía pie y comenzó a caer desde unas peñas muy elevadas. En ese momento le pareció ver la imagen de la dama que pretendía y ante la visión sonrió ligeramente. No pudo tomarse con sus manos a ninguna saliente para evitar su caída. Ya en el fondo del precipicio, por la avaricia y el amor, el capitán encontró su fin.

El Ukako

Cuenta esta antigua creencia puneña, que el señor de las tinieblas, amo de las minas, Ukako, reina en el mundo subterráneo.

Esta leyenda es una creencia ampliada por los obreros bolivianos, que en los centros mineros de la puna representan el 50 por ciento de los trabajadores de esta industria.

La tradición que impone la leyenda dice que al cavar en las minas, los mineros, si encuentran una veta, deben entronizan la figura de Ukako en una vieja y abandonada mina. Siempre distante del nuevo establecimiento minero. Un día viernes, en lo más profundo de la cueva, deben levantan el altar del dios subterráneo. Este se representa con una figura de ojos grandes, orejas puntudas, dientes filosos, cuernos arqueados y una larga melena. En la mano izquierda sostiene un trozo del mineral encontrado y en la otra un tridente. Ya en su trono, Ukako recibe ofrendas consistentes en alcohol, coca, cigarrillos y sahumerio de koas con bastante azufre.

Dicen los mineros que Ukako, el señor de las tinieblas, nada tiene que ver con el Satán de los europeos que representa el mal por el mal mismo; Ukako, en cambio, es la sepulcral oscuridad del socavón que guía los pasos de los mineros como un duende protector de las minas en las montañas puneñas.

El Muqui

En Los Andes centrales, el Muqui o Muki es un duende minero del Perú, y como tal, su existencia está circunscrita al espacio subterráneo. El Muqui habita en el interior de la mina. Es un ser fantástico que pertenece al extenso dominio de lo mágico. El Muqui se inmiscuye en el destino de los trabajadores del socavón, gratificándolos o escarmentándolos. Es un misterioso enano conocido como el dueño de las minas.

Su descripción varía de acuerdo a la época. Antiguamente, por 1930, se decía que recorría los socavones sosteniendo en la mano una pequeña lámpara de carburo, abrigado con un poncho hecho de lana de vicuña. Tenía en la cabeza dos pequeños cuernos relucientes y hablaba con voz suave. En la actualidad no es muy diferente, aunque ahora vista ropa de minero, botas de agua y use una linterna eléctrica a pilas.

La palabra Muqui resulta de la castellanización del vocablo quechua murik, que significa “el que asfixia”, o muriska, “el que es asfixiado”. En su vertiente huancavelicana, la palabra muqui sugiere “el acto de torcer”, “ahorcar”. Por ello, los antiguos mineros identificaron al Muqui con el silicio, gas letal que produce la enfermedad de la silicosis.

El Muqui puede andar solo o acompañado. Algunos mineros peruanos dicen haber protagonizado episodios por varios Muquis, los cuales formaban grupos. Otros dan fe sobre su inclinación a vivir solos. Los Muquis gustan de lanzar penetrantes silbidos. La mayoría de relatos coinciden en que es posible atrapar al Muki y hacer pactos con él para enriquecerse. En el caso más frecuente el enanito de las minas ofrece al trabajador hacer su tarea a cambio de coca, alcohol y hasta de la compañía de una mujer para mitigar su soledad. Pero casi siempre el resultado del pacto es trágico, pues a la larga de una u otra manera el minero incumple y el Muki se venga quintándole la vida.

El Barreterito

Según cuentan los viejos mineros de la IV Región chilena, desde hace muchos años ronda en las minas auríferas de Atacama el alma de un minero. La leyenda cuenta que en vida, el Barreterito trabajaba siempre cantando al son de su barreta, mientras extraía con alegría el preciado producto de las minas.

Este personaje era muy conocido por todos, por ser un aventurero que constantemente cambiaba de mina, ya que poseía un genio vagabundo y un pie nómade. Esto lo llevaba a cambiar las minas, y vivir en lugares diferentes, ganando apenas para subsistir y pasando muchas veces hambre y penurias. Este minero se echaba las penas a la espalda y volvía siempre a partir para iniciar su pesada tarea en cualquier otro lugar.

Sin embargo, su carácter generoso y su espíritu siempre alegre y optimista le hacían liviana la vida obteniendo la simpatía y el aprecio de los demás mineros. Con la talla a flor de labios, ya cantando, ya silbando, no descansaba ni un momento y el repiqueteo de su herramienta era música acostumbrada donde quiera que estuviese.

Un día que trataba de obtener el mineral que le daría su sustento, pero la mala suerte quiso que se desprendiera un gran trozo de roca y tras ella, toneladas de tierra. De esta manera, el Barreterito quedó sepultado para siempre.

Desde entonces, según dicen los mineros de Atacama, su espíritu recorre todas las minas en que trabajó, dejando oir su continuo barretear. Se dice que el cuando sopla el viento, se puede oir sus silbidos en los túneles que conectan las diferentes minas. Los mineros que los han oído, o han creído oirlo, se persignan temerosos, previendo un destino semejante.
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