23/03/2010 REALIDAD

Idiosincrasia inglesa

Luis Eduardo Meglioli (*)

     

Una nueva escalada verbal sobre la pertenencia de las islas Malvinas, pone a Argentina y al Reino Unido en el primer plano internacional luego de que empresas británicas comenzaran perforaciones en el archipiélago en busca de petróleo. Y lo más ofensivo es la postura desafiante del gobierno de Isabel II, ya conocida por otra parte, de no ceder un ápice y de negarse a hablar de la legítima soberanía argentina que se reclama desde hace 167 años.

¿Por qué son así los ingleses? No hay que ir muy lejos para descubrirlo, si comenzamos por analizar brevemente las propias relaciones entre los ingleses y el resto de los países miembros de la actual Unión Europea. Es una historia marcada por disputas y desencuentros, con la frecuente actitud inglesa de desconfianza y escepticismo hacia el continente. Desde 1950 cuando se negaron a participar en el Plan Schumann que dio forma a la Comunidad del Carbón y del Acero (CECA), primer embrión de la Europa unida, hasta su ingreso a la entonces Comunidad Económica Europea (CEE), en enero de 1973, e incluso ya como miembro activo (junto a Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Irlanda y Dinamarca), cuando se sucedieron los pedidos de revisión de los compromisos asumidos, desde gobiernos laboristas como conservadores.

En ese marco, hace 25 años fui testigo en Madrid, como periodista, de la firma del acta de ingreso de España (y Portugal) a la entonces CEE, el 12 de junio de 1985. En esos días era vox pópuli que los británicos no habían votado con entusiasmo esta ampliación de diez miembros a doce en la CEE, a pesar de los lazos de amistad hispano-ingleses que venían profundizándose con la llegada de Juan Carlos (primo de Isabel II) al trono español. Ocurre que desde Londres siempre se evitó que una potencia o una alianza de potencias adquiriera una posición dominante, actitud inglesa que se repite históricamente. Esto podría entenderse más allá de presupuestos, políticas comunitarias o anacrónicos colonialismos, si miramos ancestralmente el carácter inglés. El filósofo francés Alfred Fouillée, en su "Bosquejo psicológico de los pueblos europeos", editado en español a principios del siglo XX, subrayó el carácter individualista del inglés y destacó que su yo, muy desarrollado, "se afirma con energía, y no penetra ni fácil ni rápidamente en el alma y los sentimientos ajenos (...) Además, en los negocios y empresas cuando más se gana, más se quiere ganar". En la misma línea, el filósofo alemán Kant, sostiene que el espíritu comercial de los ingleses "con frecuencia es insociable (...)", al tiempo que Emerson, también filósofo, y además poeta y ensayista norteamericano, certifica que "cada uno de estos insulares es una isla, y en compañía de extranjeros se creería que el inglés es sordo; no da la mano, ni deja que la mirada del otro se encuentre con la suya". Estos juicios pueden servir para entender las actitudes hostiles hacia Argentina, como su carácter de espectadora indiferente en el largo proceso de unidad europea. En la CEE tuvo algún momento de tranquilidad cuando, ante el éxito de sus pares, a principios de los "70 se desesperó por pedir su incorporación. Pero al poco andar, exigió revisar su compromiso ya que se había convertido en el mayor contribuyente neto al presupuesto comunitario y logró así un descuento del 66 % de su aporte al presupuesto común en los años siguientes. Estas controvertidas discusiones ratificaron la idea de que los británicos no tenían ningún interés europeo sino que bregaban solo por sus propios intereses.

Es conocido su carácter flemático, que se les atribuye al clima de la Gran Bretaña, donde en sus comarcas frías y húmedas solo subsisten naturalezas fuertes y rudas "poco sensibles al influjo exterior". Dice Fouillée que el sistema nervioso de los ingleses responde a sensaciones en vibraciones menos delicadas, y si bien sus pasiones suelen ser generalmente calmas, una vez excitadas tienen una energía extremada. A su vez, su humor, "sufre el influjo de un cielo tan pronto gris y velado, como tempestuoso, que inspira melancolía o tristeza". Quizá por eso, Alexander Bain, filosofo, psicólogo y educador escocés, dijo que los placeres del ingles "tienen un no se que de triste", y que la sensibilidad inglesa es la germánica, pero mas individualista aún. El ingles ama todo lo que es fuerza y poder, es insaciable y ambicioso, y experimenta notablemente con mayor facilidad los sentimientos de respeto y desprecio. El célebre Montesquieu se preguntó ¿cómo los ingleses podrían querer a los extranjeros, si ellos mismos no se aman? A su vez, a partir del siglo XVIII se habla de que "Inglaterra da a luz naciones", lo que Green, también filósofo e ingles, interpreta como "el espíritu nacional que ha salido fuera de los límites de la Gran Bretaña", o lo que es lo mismo, que los ingleses piensan que en cualquier terreno los hombres pueden formarse una patria.

Por supuesto también tienen muchas virtudes, pero aquí queríamos analizar su ciega posición ante una realidad colonial rechazada por todos.



(*) Periodista. Fue adjunto de la corresponsalía en Madrid de las revistas de Editorial Atlántida de Buenos Aires, y del área de Reportajes Especiales de la agencia española Europa Press R. (1990 - 1995).

     

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