Al final sólo eran punteros

Casi toda la serie transcurre en un muy humilde barrio de la provincia de Buenos Aires. Un lugar con casas de cartón y calles no aptas para vehículos cuatro por cuatro. El personaje central es un cincuentón barbudo, pelilargo sólo en la nuca, no muy alto, excedido de peso y con pésimo gusto para la ropa. Siempre viste igual: camisas multicolores abiertas casi hasta el ombligo, pantalones de jean gastados y zapatillas deportivas grandes, demasiado grandes. A Pablo Aldo Perotti no le sobra la cordura, pero es carismático. Se quiere recuperar de la droga y el alcohol, pero a veces se tienta. No es buen padre, tampoco buen hijo, aunque muchos lo consideran un buen tipo, valga la paradoja. A Perotti le gusta la política y creo que muy en el fondo también tiene vocación por ayudar a la gente, aunque más le gusta conseguir plata sin trabajar. Maneja una cierta cantidad de planes sociales de los que obtiene algún retorno mensual y de cuando en cuando, alguna coima por obras que le cede el intendente Hugo Iñiguez, un personaje parecido o peor que él, pero de traje y corbata. No tienen límites. Perotti, personificado magníficamente por el actor Julio Chávez, es un puntero político de esos que abundan alrededor de estructuras estatales que manejan plata y que necesitan votos.

Esa sensación de oscuridad, de corrupción estructural invencible que los hacedores de la serie "El Puntero" graficaron con maravillosa crudeza en 2011, se multiplicó por millones en estos días con los cuadernos de la corrupción kirchnerista. Por si a alguien aún no le queda claro: se habla de una estructura corrupta conducida por dos presidentes para quedarse con cientos de millones de pesos en coimas durante doce años consecutivos de gobierno. José López, el transgresor de los bolsos en el convento, acaba de decir que la plata que le secuestraron no era de él, si no de "personas de la política". Juan Manuel Abal Medina, exjefe de Gabinete, admitió ante un juez que él recibió bolsos con dinero para la campaña de Cristina Fernández. Por supuesto nadie puede creer que era plata para la campaña y él no puede esperar que la humanidad se quede con esa ingenuidad. El mamarracho de exjuez Norberto Oyarbide dijo ante los medios que "se van a enterar quiénes me apretaron el cogote para sacar las causas de los Kirchner". No hay que olvidar que Oyarbide mandó frenar un allanamiento por pedido del entonces secretario General de la Presidencia, Oscar Parrilli. El extitular de la Cámara de la Construcción, Carlos Wagner, relató cómo funcionó 'el sistema de la obra pública' que pagaba 'un retorno del 10 al 20% a la política', al mismo Estado que les 'otorgaba obras de ingeniería civil'. Wagner fue el primero del sector en admitir 'pago de coimas'. El fiscal federal Carlos Stornelli, quien investiga esta maraña de millones que ya no están, sostuvo que los recaudadores de la asociación ilícita contaron con la participación de empresarios que pagaron 35.645.000 dólares "en un sinnúmero de oportunidades entre 2008 y 2015". 35 millones de dólares equivale a más de mil millones de pesos, para que nos vayamos haciendo una idea de todo lo que nos habría costado este mal chiste. Se cree que el desfalco total orillaría los 200 millones de dólares, aproximadamente.

Por supuesto que lo más doloroso de todo es la plata que el Estado perdió, pero los nombres que rodean al escándalo también son un indicador del tamaño del problema: Carlos Wagner (Esuco), Gerardo Ferreyra y Jorge Neyra (Electroingeniería), Armando Loson (Albanesi SA), Carlos Mundin (BTU SA), Javier Sánchez Caballero (IECSA), Ángelo Calcaterra (ex dueño de Iecsa), Juan Carlos De Goycochea (ex Isolux), Héctor Zabaleta (ex director de Techint), Aldo Roggio (Grupo Benito Roggio e Hijos SA). Por el lado de los funcionarios, también hay algunos célebres: Roberto Baratta, exsecretario de Coordinación y Gestión y mano derecha de Julio De Vido; Hugo Larraburu, coordinador de la Jefatura de Gabinete en la gestión de Juan Manuel Abal Medina; Enrique Llorens, exsecretario de Coordinación y Control del Ministerio de Planificación; Néstor Lazarte, exsecretario de Baratta; Fabián García Ramón, exdirector de promoción de Energías Renovables; Walter Faygas, expresidente de ENARSA; y Hernán Gómez, exasesor del ministerio; y el exsecretario privado de Julio De Vido, José María Olazagasti, quién se entregó ayer.


Ojo, la corrupción no son solamente los cuadernos de Cristina y Néstor. La corrupción también está en el gobierno de María Eugenia Vidal, por ejemplo: hay tres investigaciones judiciales para saber por qué beneficiarios de la Asignación Universal por hijo (AUH) y monotributistas sociales de los programas Argentina Trabaja y Ellas Hacen, están registrados como aportantes en efectivo para los comicios en apoyo de la boleta que encabezaron Esteban Bullrich y Graciela Ocaña, obviamente, sin consentimiento de los inscriptos. Afiliados al PRO incluso aclararon que ellos estaban en los registros pero no habían aportado. Entre ellos un concejal de Monte Hermoso y el propio intendente de Mar del Plata, Carlos Arroyo. La administración de la dama bonaerense les sacaba entre 300 y 750 pesos. Otros estaban inscriptos pero nunca se enteraron que resultaron beneficiarios de esos planes, por tanto nunca los cobraron, aunque el dinero salió de las arcas estatales. Se sospecha, obviamente, que alguien del PRO les falsificó la firma y cobró por ellos. Si todo ello es cierto, la transparencia de la que habla Cambiemos en el país, es sólo una mentira más.

Aquí hay algunas aclaraciones que hacer. La primera es que obviamente el gobierno nacional está usando la Justicia para gobernar el país, de eso no hay dudas. Las investigaciones ocurren al mismo tiempo de los pésimos momentos económicos de la República. Los combustibles variaron su precio dos veces en una semana y las subas van a seguir hasta fines de año, y después también. La actividad económica está en los peores niveles en años, la falta de inversión provoca que un puesto de trabajo valga mil veces más de lo que valía antes. Hay consecuencias que aún no vemos, pero que vamos a sufrir todos dentro de no mucho tiempo: si la Argentina fue siempre un país complicado para invertir, ahora lo será mucho más. La incapacidad técnica para acomodar la economía, sumada a la corrupción estructural que se evidenció con la aparición de estos cuadernitos, las confesiones que vinieron después y los aportantes truchos de Cambiemos, forman un combo que ahuyenta cualquier mínimo deseo de inversión. ¿Debieron callar entonces? jamás. Pero tampoco podemos dejar de reconocer las consecuencias que vendrán, porque eso ocurrirá, seguramente.

Con todo lo descripto anteriormente, me costaría horrores ponerle color político a Perotti, cosa que la tira tampoco se animó a hacer. Perotti podría ser peronista, radical, del PRO, o de cualquier otro partido político a lo largo y a lo ancho de todo el país. Es increíble que el kirchnerismo, que logró contagiar de política a miles de jóvenes, se haya reducido a un puñado de "perottis".  No quiero caer en lo que se cayó en 2001, cuando todos queríamos "que se vayan todos". Eso no es bueno, no lo fue en aquel momento, y no lo será ahora tampoco, si es que volviera a pasar. Pero hay realidades incontrastables: la gente no está bien económicamente y la política entró en una peligrosa etapa de desconfianza, de la que es difícil volver. Todavía queda mucho para terminar el año y nada está dicho. La investigación de las coimas en los cuadernos no tiene límites. Muchas de las empresas señaladas en esos cuadernos han trabajado en obras en todo el país, así es que no hay que descartar que alguna esquirla roce cualquier obra de la administración anterior, incluso en San Juan.

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