El corazón de piedra

"Los fariseos con algunos escribas se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados. Entonces preguntaron a Jesús: "¿Por qué tus discípulos comen con las manos impuras?". Él les respondió: "¡Hipócritas! Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres". Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: "Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del corazón de los hombres, de donde procede lo que mancha al hombre", (Mc 7,1-8.14-15.21-23).


Marcos escribió en Roma, poco después de la matanza que Nerón había hecho de cristianos, echándoles la culpa del famoso incendio del 63 y cuando fueron ejecutados Pedro y Pablo. Quedaban pocos y amedrentados cristianos tratando de sobrevivir. Muchos romanos convertidos, es cierto, pero todavía, en este tiempo, hay una gran mayoría de judíos. La Mishna, parte del Talmud, primera recopilación de estas tradiciones, tiene todo un tratado de pureza por ejemplo, sólo para las manos. Cuatro largos capítulos, dedicados al tema.


Era una manera de recordar a los judíos que vivían fuera de su patria que, ya que necesariamente debían alternar con paganos, no debían dejarse contaminar por sus ideas y sus costumbres. La intención era buena.


A Jesús se lo encontraba cercano a los problemas de los hombres, encontrando a los últimos, atravesando con ellos las periferias existenciales marcadas por las lágrimas y el sufrimiento. Donde llegaba, le llevaban a los enfermos y le suplicaban poder tocar al menos el borde de su manto. Los que lo tocaban se salvaban (Mc 6,56). Jesús llevaba en sus ojos el dolor de sus cuerpos y de sus almas, la exultanza incontenible de los sanados, y ahora los fariseos y los escribas quisieran encerrarlo en las pequeñeces como manos lavadas o no. Se entiende entonces la dura réplica de Jesús: "¡Hipócritas!". Es un vocablo griego no peyorativo que, en los dramas, designaba a los actores y cuya forma verbal significaba "jugar un papel" o "hacer creer". De allí, también, la mención de la frase de Isaías: "Me honran con sus labios, pero su corazón está lejos de mí". Los fariseos y los escribas tienen el corazón alejado de Dios y del hombre. El gran peligro, para los creyentes de todo tiempo, es el vivir una religión del corazón lejano y ausente, nutrida de prácticas exteriores, de fórmulas y ritos, pero que no socorre ni a los huérfanos ni a las viudas (St1,27). El corazón de piedra, lejano e insensible al hombre, es la enfermedad que el Señor más teme y combate. El teólogo alemán Johann Baptist Metz afirma que "el verdadero pecado para Jesús es, ante todo, el rechazo a participar del dolor humano". Lo que propone Jesús es el regreso al corazón, una religión que tenga el centro en la interioridad. Teniendo allí la clave, se evita la ideologización de la caridad. No pocos han hecho a lo largo de la historia de la Iglesia una instrumentalización del servicio a los más pobres. La Iglesia hace una opción preferencial por los más pobres, no considerándolos como objetos de lástima política, sino como verdaderos sujetos preferidos por Jesús a los que se los debe promover en un sentido integral. El presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, Mons. Jorge Lugones SJ, decía en junio pasado "Estamos llamados a tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad. Su mano extendida hacia nosotros es también una llamada a salir de nuestras certezas y comodidades". Jesús excardina todo prejuicio sobre lo puro y lo impuro. Todo es puro. Se vuelve impuro por nosotros. Cuando Dios creó todo, vió que "todo era bello". Hay que custodiar pues el corazón para que a su vez sea custodio de la luz y belleza que hay en todas las cosas. El mensaje positivo de Jesús es que hay que volver al evangelio liberador y renovador. Por tanto, hay que sacar las superestructuras, los formalismos vacíos, las "cáscaras" culturales, que Él denomina "tradición de los hombres". Se debe llegar a poder abrir el evangelio para recibir un toque de perenne frescura y un viento creador que nos regenere para llegar al corazón de la vida.
 

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