Inflación, recesión, cuadernos

 

Vamos por partes. Inflación es la suba generalizada de precios, no de uno en particular ni de un grupo. Cuando es de un grupo puede ser algo estacional como lo son las frutas baratas en verano y caras en invierno. Inflación es cuando suben todos a la vez.

Por otra parte, recesión es cuando la actividad económica baja también toda a la vez, compras, ventas, trabajo, alquileres, transporte etc. Es lo contrario al crecimiento. En el medio está el estancamiento, es decir, mantenerse en el mismo lugar lo cual es, en la práctica, equivalente a la recesión porque la población siempre tiende a crecer y estancarse significa que hay menos torta para cada uno.

Hay un elemento a tener en cuenta: el medio de pago. Si éste varía, es difícil determinar qué está pasando. Decimos que hay inflación pero en realidad no es que los precios estén subiendo sino que la moneda con que pagamos las cosas se está devaluando. Necesitamos más billetes para pagar lo mismo, lo que se mueve es la moneda y no los precios de las cosas.

Nadie quiere ajustar y todo el mundo sigue pidiendo "flan" como se sintetizó en una parodia

Como pagamos con moneda, el efecto que percibimos es que los precios suben porque damos por supuesto que la medida de cuenta es estable cuando en realidad no lo es.

Con moneda constante, los precios suben cuando hay exceso de demanda, es decir cuando hay más interesados en comprar que artículos para vender.

Me parece ilustrativa una anécdota personal. En cierta ocasión debí improvisar un almuerzo en medio del campo por derrumbe en la ruta y solo tenía carne para el asado pero nada más. En una casa cercana canjee dos botellas de vino fino por un puñado de sal y una parrilla prestada. Yo demandaba la sal, que en esa circunstancia justificaba un precio alto y la otra persona me pudo sacar de la escasez. El precio de la sal no podía ser el de la góndola de la esquina de mi casa, aquí la demanda era tan desesperada como la de desear un litro de agua fresca en el desierto.

Esa sería una suba natural del precio. Con moneda constante, hay deflación o baja de precios, cuando ocurre todo lo contrario, sobra oferta respecto de la demanda.

Como dice la letra de la cueca de la viña nueva "lo poco es mucho, lo mucho es nada". Sabia y poéticamente describe lo que pasa con el precio de la uva: cuando la cosecha es grande los precios bajan y cuando una helada tardía pega fuerte se cosecha menos y los precios suben. Es de lo que ahora se quejan los bodegueros por el actual sobre stock de vino.

Pero cuando ninguno de estos fenómenos se da o pasa algo raro como que la actividad económica baja y los precios suben, no es conveniente hablar de inflación sino de simple cambio de la unidad de medida de pagos, en nuestro caso, el peso.

En el pasado, cuando lo único que había eran monedas acuñadas sobre metal, oro, plata, cobre (¿se acuerdan cuando se decía "no tengo un cobre"?), todo era más difícil porque había que intervenir físicamente esos objetos, rasquetearlos, cortarlos, sustituir los metales por aleaciones distintas manteniendo al mismo aspecto para engañar a la gente.

Dicho directamente, falsificar no era fácil. Desde que se creó el papel moneda, que supuestamente debía representar una cierta cantidad de oro que había en reserva, todo fue más sencillo, solo hizo falta imprimir más billetes, la gente confiaría en quien tenía a cargo la tarea de hacer equivaler el papel impreso, con el metal. Todo pasó a depender de la confianza en los gobiernos. El problema más serio, profundo y permanente que afecta a la administración Macri en este momento es la evidente falta de confianza que se hace presente cada vez que los ciudadanos repudian el peso para comprar otra moneda que, no obstante que sabemos es impresa también en abundancia (lo escribimos en otra nota), resulta más admisible como reserva de valor, como ahorro, que el peso. Es verdad que hay influencias externas, que la lira turca, que el real brasileño...también es cierto que hay compromiso de dejar flotar la moneda al ritmo de las regionales y que esto no es una imposición, es conveniente para nuestras exportaciones, pero la cuestión de fondo no puede ser ocultada, el gobierno ha perdido el crédito de su electorado. Recuperar el terreno perdido será como cuando en una pareja uno engaña al otro, la falta puede ser perdonada, pero tomará tiempo hasta que la persona ofendida vuelva a poner las manos al fuego. Ya van dos pasos perdidos y casi tres años perdidos: la etapa Sturzenegger que se basó en salir del default y succionar los excedentes monetarios mediante colocación de las recordadas Lebacs ofreciendo tasas de interés muy atractivas. Intentaba atacar el drenaje de divisas por los dos extremos, ingresando más dólares y quitando pesos de la calle. Todo pareció arrancar bien pero no se pudo sostener en el tiempo porque la gente advirtió que el gobierno volvía a ceder a la tentación de gastar más de lo que podía, lo cual obligaba a seguir emitiendo dinero sin respaldo, es decir, falsificando billetes. El escenario mundial cambió, desaparecieron los mercados voluntarios de crédito o se hicieron imposibles de acceder por caros y tuvo que venir Dujovne (ver foto) apresurándose a pedir auxilio a la única fuente de crédito mayorista disponible que era el FMI. Tampoco parece estar funcionando porque nadie quiere ajustar y todo el mundo sigue pidiendo "flan" como genialmente sintetizó en una parodia que será histórica, Alfredo Casero. Consecuencia, nos encaminamos al peor de los mundos: si se baja drásticamente el gasto se reduce también drásticamente la actividad y se sigue ahuyentando a inversores porque nadie quiere compartir el costo del final de una fiesta. Si no se baja, todo será peor y durará más. Siempre en busca de lo peor de lo peor, apareció el tema de los cuadernos que, más allá de la justicia de las investigaciones y condignos castigos, tiene la consecuencia inmediata de la retracción de todo tipo de inversiones porque es natural que nadie desee rozarse con un escándalo. Esto, cuando la gran apuesta del gobierno en esta segunda etapa era compartir sociedades entre el Estado y los privados para obras de infraestructura. ¿Quién se anota en medio de esta turbulencia en la que todavía no se sabe quién es quién y pasará un buen tiempo judicial para identificar responsabilidades?

Es preciso que aquellos políticos que se sientan fuera de las llamas de la hoguera dejen de lado vanidades que suenan absurdas camino al precipicio y se pongan a trabajar en la solución de la parte del problema que les toque. La parte se llama ley de Presupuesto. Para que los de afuera vuelvan a creer será preciso que primero creamos nosotros. Se agotó el valor de las palabras o las promesas de cambio. Sólo valdrán señales contundentes, más fuertes aún de las que serían normales. Es la única forma de que vuelva a haber "flan".

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