Los adoradores del tango

Es cuestión de poner el dial en Radio Universidad los domingos por la mañana y sentirse inundado de tangos, milongas y valses ciudadanos. Una voz ya tradicional, cascada de tanta vida pasional, nos acompaña por el río febril de esa música que nos honra en el mundo. Hay en San Juan muchos cultores radiales del tango. También muchos se han ido a colocarlo en celestes caminos de gloria, cuando la vida los dejó, aunque ellos no nos han dejado sin sonidos ni colores, porque la música -ni su prédica- mueren.

 

Con el tango hay emociones que surgen de las historia de los arrabales...


Nuestro hombre de todos los domingos es Carlos Washington León ("Charly" le dicen los amigos). Uno nota en las emociones que le surgen del pecho orgulloso de historias de arrabales, que se le desmoronan de sus poros tangos imprescindibles, melodías que ya son del mundo; por eso, desde Europa, Estados Unidos y lejanos lugares de nuestra América, donde el zorzal que cada día canta mejor dejó para los tiempos una posta de paicas y malevos, lo llaman para pedirle tangos que muchas veces ni los más iniciados recordamos. Entonces, Carlitos se ensancha de orgullo bien ganado y no puede disimular la exaltación de saberse un adorador de esa música extraordinaria, que Malena canta como ninguna, por la que María siempre es esperada a la vuelta de un romance, por si regresa una mañana desde "un paisaje desmayado de amor... con su sombrerito pobre y su tapado marrón"; y que las migajas romanceras del ultimo organito se "perderán en la nada y el alma del suburbio se quedará sin voz", si desde el indescifrable imaginario de un dial (¡bendita sea la radio!) no es defendida con el costado más rojo del pecho esta música esencial al alma argentina. 


La filosofía orillera de los hermanos Expósito llovizna desde los agasajos de naranjos en flor; los poemas definitivos de Cátulo y Homero Manzi, elevan a la condición de poesía universal sus ráfagas de belleza; "quiero emborrachar mi corazón, para apagar un loco amor que más que amor es un sufrir"..., nos padece en sus nostalgias Enrique Cadícamo; Celedonio Flores pinta Corrientes y Esmeralda de entonces con su marca inmortal: "amainaron guapos junto a tus ochavas, cuando un elegante te calzó de cross"; inauguran eternos domingos de sangre y amores perdidos los lamentos del bandoneón de Troilo, el acento inimitable del gran Pugliese, el incomparable compás rioplatense de D'Arienzo, las voces estremecedoras de dos sanjuaninos (quizá dos de los quince mejores intérpretes de todos los tiempos): Jorge Durán y Alberto Podestá, y la dulce tristeza del Chiquilín de Bachín, copiando la luna de un tacho en su cara sucia, por las mesas de un Buenos Aires melancólico: ("si la luna brilla sobre la parrilla, come luna y pan de hollín"), cuando los poemas de Horacio Ferrer se colaron con sangre y huesos en la monumental obra de Piazzola. Abrazo, querido amigo. Que los domingos y San Juan te agasajen.

 


 

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