Hay quienes coleccionan postales y quienes deciden vivirlas desde adentro, sentados al volante de una máquina dispuesta a desafiar el mapa. Eso fue lo que hizo Carlos Gómez, un apasionado viajero sanjuanino que decidió transformar su clásica Estanciera modelo 1968 en un hogar rodante para hacer realidad el sueño de su vida: unir el centro del país con el Fin del Mundo a través de la mítica Ruta Nacional 3.
Carlos Gómez y su legendaria Estanciera '68 por las rutas argentinas: la odisea de viajar en un clásico por los desafiantes caminos de Tierra del Fuego
Un viaje que comenzó como una locura rutera se convirtió en el retrato vivo de la hospitalidad federal. Cómo es cruzar el país a bordo de un vehículo clásico hasta el corazón de Tierra del Fuego, desafiando estepas, vientos patagónicos y el paso del tiempo.
La travesía, que ya forma parte de las crónicas más entrañables de los medios patagónicos, tuvo como protagonista indiscutida a "La Poderosa", tal como bautizó Carlos a su noble vehículo. No se trata de un coche moderno provisto de última tecnología, sino de un auténtico ícono de la industria nacional que despierta sonrisas, aplausos y bocinazos a su paso por cada provincia. La aventura nació de un deseo simple: dejar la comodidad de la rutina y comprobar si la inmensidad de la Patagonia podía vencer la nobleza de un motor veterano.
"El vehículo no es solo un medio de transporte; es un pasaporte a la calidez de la gente. En cada pueblo donde frenamos a cargar nafta o revisar el radiador, apareció un vecino dispuesto a dar una mano, un mate caliente o un plato de comida", relata Carlos al repasar los kilómetros acumulados en el tablero de su fiel compañera de fierro.
Del calor cuyano a la estepa blanca
El itinerario obligó a vencer los contrastes más extremos de la geografía nacional. A bordo de la Estanciera, Carlos debió lidiar con las ráfagas imbatibles del viento patagónico —que por momentos parecía querer frenar la marcha de la camioneta—, tramos de ripio interminable y el clima cambiante del sur. El trayecto incluyó paradas obligadas en pequeños parajes donde el tiempo parece detenido, pasando por estancias solitarias y la majestuosidad imponente del Estrecho de Magallanes, hasta pisar finalmente suelo fueguino.
Llegar a Tolhuin, cruzar el imponente Paso Garibaldi con sus vistas de los lagos Escondido y Fagnano, y sentir el aire puro del canal de Beagle fueron postales que justificaron cada hora abajo del capó ajustando tuercas. En Río Grande y Ushuaia, los lugareños se acercaban con asombro para fotografiar a la Estanciera y escuchar de primera mano las anécdotas de un periplo épico.
Esta clase de hazañas recuerdan que la Argentina es un territorio de distancias generosas y, sobre todo, de una enorme riqueza humana. Mientras Carlos y su fiel vehículo preparan el mapa para encarar el regreso, queda la certeza de que el verdadero destino nunca fue el letrero de Ushuaia, sino cada amigo que dejaron en la banquina.