Le decían "Chicha" y tenía ocho años. Encontró la muerte buscando comida en un basural de Paraná (Entre Ríos). Murió aplastada por un camión que regresaba con los desechos de restaurantes de la ciudad. El hecho causó gran conmoción. A veces pienso que estamos moralmente anestesiados. Reaccionamos como si no supiésemos que la pobreza convive con nosotros desde hace ya demasiado tiempo. 


BAJO EL ROPAJE DE LOS NÚMEROS

Según el Instituto Nacional de estadísticas y Censos (INDEC), la pobreza en 2022 alcanzó al 36,5% de la población y tiene 17,3 millones de víctimas. Mientras que las personas en situación de indigencia llegaron a un 8,8%, alcanzando a 4,2 millones de personas.


En ese sentido la tragedia de "Chicha" vino a poner rostro humano a la pobreza. Siempre la hemos visto bajo el ropaje de fríos números, como indicadores de una realidad que espera respuestas y menos relato. Hay demasiados "comentaristas" oficiales y faltan dirigentes responsables que se hagan cargo, de las responsabilidades del cargo. 
Valga la redundancia.


Chicha pertenecía a una de las 200 familias que viven de la recuperación de residuos del basural a cielo abierto "El Volcadero", ubicado en el barrio San Martín del municipio de Paraná, Entre Ríos. Su trágica muerte es el epílogo de una vida signada por la tragedia. Su corta biografía dirá que era hijo de una madre adicta y que su padre fue asesinado. El resto lo hará una mezcla que en este caso fue letal: la pobreza y la desigualdad.


MORALMENTE INACEPTABLE

Siempre me he resistido a hablar de pobreza como un concepto abstracto. La pobreza no es una entelequia. Es una situación de carencias y desigualdades que afecta a seres humanos concretos. La persona es pobre porque no tiene algo que necesita o porque carece de recursos para acceder a aquello que necesita. Es una situación marcada por la privación y la desigualdad. Privación que no es otra cosa que la carencia de bienes y servicios materiales necesarios. Estas carencias lo exponen a una situación de desigualdad y desventajas respecto de otras personas en la sociedad. Esta situación de desventaja y exclusión lleva consigo un juicio moral. La pobreza no es sólo carencia y miseria. Es carencia y miseria moralmente inaceptables que nos interpelan como sociedad. Pero también y fundamentalmente, la pobreza deja un imperativo moral que recae sobre los funcionarios que deben velar por el bien común y de que este alcance a todos, sin excepción. En esto debemos tener presente que el bien común no es sólo la existencia de bienes materiales y espirituales necesarios para el desarrollo integral de la persona y del grupo que integra, sino que también incluye la posibilidad concreta de acceder a ellos.


POR UNA ECOLOGÍA "HUMANA"

La vida y la muerte de Chicha nos obliga a poner en debate la necesidad de bregar por una "ecología humana", que garantice un hábitat humano y digno. Y ello es incompatible con la desigualdad que trae la pobreza. Chicha encontró la muerte en un basural a cielo abierto cercano a su casa. Basural donde creció buscando alimentos mientras jugaba a vivir. La Argentina tiene 5.000 basurales de este tipo, "sin control de operación y con escasas medidas de protección ambiental", según se puede leer en la página oficial del gobierno (https://www.argentina.gob.ar/ambiente/accion/basurales). El Estado ausente, según su propia confesión. Evidentemente, no debemos ir a la Amazonia para ser guardianes de la "casa común". 

Por Miryan Andujar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo