La fórmula Fernández-Fernández tiene grandes chances de alzarse con la victoria electoral.


Cuando le pregunté a la novelista chilena Isabel Allende sobre encuestas recientes que muestran que la ex presidenta populista de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, podría ganar las elecciones del 27 de octubre, la escritora meneó la cabeza con asombro y dio una respuesta brutalmente honesta. Me dijo que "Argentina es un país políticamente inmaduro".


Allende se refería al hábito de muchos argentinos de votar a gobernantes peronistas, a pesar de que la mayoría de ellos han arruinado al país. Allende agregó durante la entrevista que "la política argentina siempre ha sido extraña. Eligen a la gente más rara... Perdón a los argentinos amigos míos, pero así lo vemos desde afuera".


La escritora tiene razón. La inmadurez puede ser definida como falta de sensatez, o buen juicio. Y el principal problema de Argentina ha sido su costumbre infantil de vivir más allá de sus posibilidades, y -como vimos más recientemente durante el mandato de Fernández de Kirchner- culpar a otros cuando se acaba la fiesta.


La mayoría de las encuestas muestran que la fórmula populista de Fernández de Kirchner está ligeramente por delante o empatada con el actual presidente Mauricio Macri, que se postula para la reelección.


La expresidenta, que gobernó de 2007 a 2015, anunció recientemente que se presentará como candidata a vicepresidenta, y nombró a su ex jefe de gabinete, Alberto Fernández, como su candidato presidencial.


Alberto Fernández había criticado fuertemente a la expresidenta en años recientes, y puede haber sido elegido por ella para tratar de ganar votos moderados. Algunos especulan que ella en algún momento hará un enroque y se colocará como candidata a la presidencia.


Si llegara a ganar la expresidenta, puede que Allende se haya quedado corta al describir a Argentina como un país "políticamente inmaduro". Sería más bien un país políticamente masoquista, o suicida.


El gobierno de Fernández de Kirchner se benefició de la mayor bonanza económica en la historia reciente de su país gracias al alza de los precios mundiales de la soja y otras exportaciones agrícolas argentinas. Y, a pesar de eso, la expresidenta dejó el país en bancarrota.


En lugar de usar esa bonanza económica para mejorar los estándares educativos, construir proyectos de infraestructura, convertir al país en un imán para las inversiones extranjeras en industrias del futuro y ahorrar para los años de las vacas flacas, Fernández de Kirchner la derrochó en subsidios sociales insostenibles.


Entre 2010 y 2015, durante su mandato, la cantidad de hogares que recibieron subsidios del gobierno aumentó de 40,7% a 59,3%, según cifras oficiales. Durante el gobierno de Macri, esa cifra bajó ligeramente, al 56,9%, en parte porque Macri no se atrevió a hacer recortes drásticos por temor a que desencadenaran protestas sociales que hicieran al país ingobernable.


La Argentina es un país donde una minoría de 7,8 millones de personas que trabajan en el sector privado están subsidiando a 18,8 millones de personas que reciben pagos del gobierno, incluidos subsidios, jubilaciones y empleos públicos. Eso es insostenible en cualquier país del mundo.


El asesor de imagen de Macri, Jaime Durán Barba, me dijo que aún confía en que, a pesar del actual bajón económico, Macri será reelegido. La mayoría no querrá volver al pasado. Recemos por Argentina.

Por Andrés Oppenheimer
Columnista de The Miami Herald y Nuevo Herald, Miami, EEUU.