La Iglesia proclama hoy el texto de las bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Se trata de uno de los pasajes evangélicos que más ha conmovido al mundo a lo largo de los siglos. Es uno de los textos más sorprendentes y más positivamente revolucionarios: ¿Quién se habría atrevido en el curso de la historia a proclamar "felices'' a los pobres de espíritu, a los afligidos, a los mansos, a los hambrientos, a los sedientos de justicia, a los misericordiosos, a los puros de corazón, a los artífices de la paz, a los perseguidos, a los insultados? Aquellas palabras, sembradas en una sociedad basada en la fuerza, en el poder, en la riqueza, en la violencia, en el atropello, podían interpretarse como un programa de vileza y abulia indignas del hombre; y en cambio, eran proclamas de una nueva "civilización del amor''. La invitación es a la felicidad, no a la ilusión. Ésta es utopía, en cambio la felicidad es realidad. Ella no es una meta sino un modo de caminar.

El domingo pasado observábamos cómo Jesús de Nazaret comenzó su misión mesiánica predicando la conversión en el nombre del reino de Dios. Las bienaventuranzas son precisamente el programa concreto de esa conversión. Constituyen el código más conciso de la moral evangélica, del estilo de vida del cristiano. Jesús proclama: "Bienaventurados los que lloran'': es decir, los afligidos, los que sienten sufrimiento físico o pesadumbre moral; "'porque ellos serán consolados''. El sufrimiento es en cierto modo el destino del hombre, que nace sufriendo, pasa su vida en aflicciones, y llega a su fin, a la eternidad, a través de la muerte, que es una gran purificación por la que todos hemos de pasar. De ahí la importancia de descubrir el sentido cristiano del sufrimiento humano. Juan Pablo II señalaba en su Carta Apostólica "Salvifici Doloris'', que "el sufrimiento esconde una particular fuerza que acerca interiormente el hombre a Cristo'' (n.26). Este es "el consuelo de los que lloran''.

"Bienaventurados los puros de corazón''. Jesús asegura que los que practican esta bienaventuranza "'verán a Dios''. Los hombres y mujeres de alma limpia y transparente, ya en esta vida, "ven a Dios'', ven a la luz del evangelio todos los problemas que exigen una pureza especial: así, el amor y el matrimonio. Qué importante es educar a las nuevas generaciones para el "amor hermoso'', con el fin de alejarles de todas las asechanzas que tratan de destruir el tesoro de la juventud: de la droga, la violencia, el pecado en general; y orientarles por el camino que lleva a Dios: en el matrimonio cristiano, camino real para la realización humana y santificación de la mayoría de las mujeres y hombres; y también cuando Cristo llama, en la entrega radical exigida por la vocación sacerdotal o religiosa. "Bienaventurados los misericordiosos''. La misericordia constituye el centro mismo de la Revelación y de la Alianza. Es la cara más auténtica del amor y la plenitud de la justicia. Por lo demás, el amor de misericordia no es una mera compasión con el que sufre, sino una efectiva y afectiva solidaridad con todos los afligidos. "Bienaventurados los pacíficos'', los artífices de la paz: he aquí una categoría excepcional de hombres a los que Jesús proclama bienaventurados. Esta bienaventuranza tiene una actualidad sorprendente. Sólo la conversión del corazón puede asegurar un cambio de estructuras en orden a la construcción de un mundo nuevo. El tener confianza en los medios violentos, con la esperanza de instaurar más justicia, es ser víctima de una ilusión mortal. "Bienaventurados los pobres de espíritu''. Esta es precisamente la primera de las ocho bienaventuranzas que proclamó Jesús en el sermón de la montaña. Una manera de vivir esta bienaventuranza, posible y accesible a todos, es el regresar a un uso sobrio, moderado de las cosas, a un estilo de vida simple que permita gozar de todos los bienes de la creación sin abusar de ellos o derrocharlos. "Use y tire'' se ha convertido en síntesis de nuestra civilización. San Francisco de Asís solía decir a sus hermanos: "'Jamás fui ladrón de limosnas, en el pedir o el usar más allá de la necesidad. Tomé siempre menos de cuanto necesitaba, a fin de que otros pobres no fuesen privados de su parte; porque hacer lo contrario sería robar''. Nosotros deberíamos poder decir lo mismo de los bienes de la creación: "No he robado a las generaciones futuras recursos destinados a ellas: agua, energía, madera para hacer papel, etc.'' Todo lo que usamos más allá de lo necesario, directa o indirectamente, lo sustraemos a los otros que viven ahora sobre la tierra o que vendrán después de nosotros. Es verdad que "la verdad de las bienaventuranzas no ha encontrado aún lugar en la tierra'', al menos no como nosotros querríamos, pero Jesús no las ha pronunciado en vano si ellas nos ayudan a tener despierto, en el tiempo, el anhelo de eternidad.