El miedo a la enfermedad y la crónica falta de médicos profesionales serían una constante en la historia local por años.

"Siervos que cuidan abnegadamente de sus amos, padres que abandonan a sus hijos infectados, casas tapiadas con los enfermos dentro, ricos huyendo a sus casas de campo y extendiendo la epidemia allende las murallas de la ciudad". Estas palabras de Daniel Defoe en su obra "Diario de la peste" (1722) bien podrían adaptarse a la realidad provocada por el Covid-19.


La enfermedad y la muerte son una parte inseparable de la vida. De hecho, pocas cosas hay tan democráticas como una epidemia: todos -sin diferencia social, económica, política o religiosa alguna- son susceptibles de enfermar y eventualmente morir. El miedo, la ansiedad y la desesperación son -y han sido- moneda común en todas las épocas de la historia. Esto se debe a que una enfermedad no es meramente un hecho biológico, es un fenómeno social que moviliza, atraviesa, conmueve todos los aspectos de la vida cotidiana de un grupo social determinado en un momento histórico. 


A la vez, estudiar la historia de las enfermedades es un pretexto que nos permite -como afirma Armus- conocer otros aspectos de la vida cotidiana de una sociedad. Tanto el país como nuestra provincia, sufrieron numerosas epidemias a lo largo de su historia. Todas igualmente dramáticas, muchas de ellas desconocidas. Ya desde tiempos coloniales, el pequeño caserío que era San Juan se alarmaba con la noticia de alguna "peste" (tal es la denominación que aparece en los documentos de época). La escasez de médicos diplomados, las carencias de la medicina de la época, el empobrecimiento generalizado de la población eran factores determinantes en la evolución de cualquier enfermedad.


Viruela, sarampión, escarlatina, garrotillo (difteria), chavalongo (tifus), tabardillo (fiebres), fiebres tercianas o cuartanas (malaria en diferentes estadios) eran algunas de las dolencias más frecuentes que afectaban a los sanjuaninos (a veces todas juntas y de manera sucesiva, tal como ocurrió en 1652, en el lapso de seis meses). A lo que se sumaban las gastroenteritis -que debilitaban sustancialmente el cuerpo, predisponiéndolo para la enfermedad- y otras no epidémicas, pero igualmente graves, como costado o puntada (neumonía), sífilis o chagas. 


Ante la inminencia de una epidemia, las autoridades locales intentaban -generalmente sin éxito- evitar el ingreso de viajeros, así como también prohibían la salida de médicos de la ciudad llegando incluso a ponerles custodia en sus casas. Lo único que quedaba a la población era la oración. Por lo tanto, es frecuente encontrar que, las iglesias comenzaban a organizar rogativas, novenas y procesiones pidiendo la clemencia divina.


El miedo a la enfermedad y la crónica falta de médicos profesionales serían una constante en la historia local por años. A ello debe agregarse la incomprensión de los cambios que se estaban produciendo a nivel mundial en materia de medicina, por ejemplo, el uso del microscopio permitió conocer de la existencia de seres minúsculos causantes de enfermedades como hongos, virus y bacterias. Sin embargo, la población tardó muchos años en convencerse de ello. Muchos creían en los "miasmas" (aires contaminados) como causales de enfermedad.


Un importante avance -aunque de lenta difusión- fue la aparición de la vacuna antivariólica, que pese a su parcial éxito al principio, fue difundida por los virreyes rioplatenses a finales del siglo XVIII. Brindada de manera muy rudimentaria, según nuestros parámetros actuales, la vacunación era realizada de casa en casa, "al pie de la vaca" por un vacunador designado por el Cabildo. Muchas veces ese vacunador era apenas una persona idónea, que sacaba cuidadosamente el suero de la pústula variolosa de la vaca, para inocularlo en el brazo de una persona, cuando esa persona se dejaba vacunar. Ya en ese entonces había quien resistía las vacunas. Un gran difusor y entusiasta de la vacunación fue el General José de San Martín, que la impuso de manera casi obligatoria en las provincias cuyanas cuando fue Intendente, en 1815.


Este panorama se mantuvo casi sin variantes hasta el siglo XIX. A las enfermedades ya mencionadas, se sumaron el cólera, la fiebre tifoidea y el chucho (paludismo), casi endémico en la zona de Valle Fértil y las lagunas de Guanacache. Ya para este momento aquel caserío colonial se había transformado en una ciudad chata, polvorienta, con pocos árboles, delimitada por las cuatro "calles anchas" (actuales Salta, 25 de mayo, Libertador General. San Martín y 9 de julio).


Cauces de agua como focos de enfermedades

 


Ayer como hoy, se debe tener en cuenta la higiene de canales y acequias para evitar focos infecciosos. En aquellos años, las acequias que llegaban a los fondos de las casas y recorrían la ciudad debían servir para regadío, higiene y provisión de agua para beber, así como para refrescar la huerta familiar. Nada más errado. La prensa de la época denunciaba continuamente que las acequias eran "focos inmundos que enferman a la población" puesto que en ellas se arrojaban basuras, residuos de industrias varias, cadáveres de animales, etc. Acá es necesario hacer un par de aclaraciones. La primera tiene que ver con la recolección de residuos, que no se realizaba sistemáticamente por la falta de fondos municipales. Los residuos se eliminaban arrojándolos a orillas del río o quemándolos. También se utilizaban para rellenar pozos y baches en las calles. A esto se sumaban -entre otras problemáticas de higiene urbana- los animales sueltos, falta de higiene en el Mercado y el Matadero. Otra aclaración tiene que ver con la expresión "higienizarse". Los parámetros de "lo higiénico" en el país y la provincia no iba más allá del lavado de rostro, eventualmente un baño cada tanto y nada más. Todavía en 1890 los médicos pedían a la población sanjuanina la mejora de la higiene personal.

Prof. Alejandra Ferrari
Magister en Historia
Docente e investigadora F.F.HyA. (UNSJ)