Tenemos en casa una tortuguita como mascota. Dijo uno de mis nietos, que es simpática pero aburrida. Como toda tortuga, hiberna y desaparece en los meses de frío. Con el calor vuelve a aparecer. Y toma agua, se alimenta y se la nota independiente. Y aquí viene la intervención mía, que en el afán de ayudar, la terminé arruinando. Por cariño, protección, o lo que fuese, le arrimé un zapallito para que comiera. Tenía inconvenientes para agarrarlo, entonces vi necesario auxiliarla. Un error, como se verá. Tomé entre mis dedos el zapallito y se lo mantuve firme frente a su pico. Y comió. Al otro día, pensando que el animalito había aprendido la lección, deje el zapallito a su alcance y me fui. A la tarde volví para ver cómo anduvo el almuerzo y vi al zapallito intacto. No había comido. Entonces la busqué, y volví a ponérselo en la boca. Ahí, comió todo. Ahora soy el preferido de la tortuga. Parece que me reconoce cuando voy al fondo, e inmediatamente estira el pico. Y me di cuenta del error monumental que había cometido. Le enseñe, sin quererlo, que se puede comer sin procurarse el sustento, a la comodidad de recibir la comida en su misma boca, y a ser feliz sin casi moverse de su lugarcito. Pensé, ¿y el día que yo no esté, qué va a hacer? La he convertido en un ser menesteroso y necesitado de mí para poder subsistir. Bien. Eso que hice con la tortuguita, es lo que hacen los populistas, a cambio de poder y una idolatría cuasi religiosa. Claro que aquello de la tortuguita fue por cariño. Pero lo que estos hacen, es puro cálculo, y ansias de ganar espacio en su propio provecho. El populismo es enemigo de la República, porque anestesia el espíritu crítico de sus devotos, y por lo tanto pasan sin filtro su autoritarismo, su desprecio por las leyes y la constitución. Todo está bien, si lo dice el líder, y el ciudadano común observa atónito cómo lo esquilman con impuestos, le atropellan sus derechos, e infunden el resentimiento y un odio radical contra el que progresa. En estas reflexiones estaba cuando, a través de la ventana, vi con alegría que la tortuguita, al no ir yo, se alimentaba del césped. Su intuición la llevó a recuperar su animalidad, su perdido estado salvaje, y a procurarse la sobrevivencia por sus propios medios. El hombre, dotado de inteligencia y voluntad, ¿será capaz, como la tortuguita, de recuperar su libertad, desprenderse de los paternalismos, y forjar su propio futuro? Así como va, la brecha social se va a estirar aún más, frente al avance incontenible de la tecnología, la inteligencia artificial, o sea, los desafíos del siglo XXI, no dejándole otra opción que subirse al tren de la modernidad y dejar atrás el estancamiento. Para eso, los gobernantes deberían garantizar el acceso a la igualdad de oportunidades, para que ese hombre, o mujer, arranque. Es una deuda, que dejamos los nacidos en el siglo XX. Nuestros antecesores del siglo XIX nos dejaron un país pujante y esperanzador, y no fuimos capaces de continuar esa línea. Hoy estamos peor, pero a tiempo de aprender de los errores. Nuestros hijos y nietos lo merecen. 

Por Orlando Navarro
Periodista