Hace unos días fue presentado el libro "Conducción y Conductor. Dialéctica de una relación necesaria", de Marcelo Jorge Lima, vicepresidente primero del Partido Justicialista, ex vicegobernador de la provincia y actual intendente municipal de la Ciudad de San Juan. De entrada observamos que no es un libro más sobre la historia de Juan D. Perón o del peronismo, de los tantos que se han publicado, sino un mensaje en forma de ensayo, esclarecedor para las nuevas generaciones peronistas, y de conocimiento para cualquier interesado sobre la interacción entre los hombres y los ciudadanos, entre el líder y sus seguidores, uno de los aspectos más fascinantes de la historia de todos los tiempos.

De fácil lectura, por su lenguaje ameno y claro, está estructurado en tres partes: "La Identificación política", "La Conducción política" y "El Conductor, ¿es o se hace?". A lo largo de ellas, el autor profundiza conceptos teniendo como fuente de información esencial el pensamiento del propio fundador del Partido Justicialista a través de discursos o escritos. Ya en sus primeras líneas advierte que abordar el mundo de la política "implica superar el desprestigio al que esta ciencia ha sido sometida, pero también el haber comprendido que es la única herramienta que conocemos capaz de ordenar la vida en sociedad". Personajes emblemáticos de la historia de la Humanidad pasan por estas páginas como referencias sobre el arte de conducir en política. Así, encontramos a Tomás Moro, Alejandro Magno, Miguel de Cervantes, Napoleón, Carlos Marx, y el infaltable Maquiavelo. No tarda en aclarar que su obra no califica ni analiza desde un punto de vista politológico las conducciones. Por ello no aborda la conducción de Néstor, ni la de Cristina Kirchner, "ni siquiera la de José Luis que sin duda nos ha inspirado, pero hacemos un análisis desde la doctrina a partir del pensamiento de Juan Domingo Perón". Al analizar el fenómeno de la conducción, subraya como estimación fundamental inherente a ella el "valor de la Lealtad", que Perón lanzó como un elemento vital en la existencia del peronismo. También se detiene en el término "militancia" que en este caso, según el exvicegobernador, adquiere tres características primarias: pertenencia, compromiso y disciplina. Terminante, afirma que la conducción política "es un arte, no una ciencia" y subraya que es un arte "difícil". A su vez, no se priva de defender las críticas hacia el llamado Movimiento Nacional Justicialista, cuando se lo tilda de "personalista y demagógico", y afirma que criticar a los políticos se ha convertido en un deporte nacional, lo que puede contribuir a la desvalorización de la democracia. Quizá por ello, mejorar este concepto entre sus conciudadanos es tarea fundamental del político. Buscando no apartar al lector del interés del comienzo, el autor, de vasta trayectoria política en el Justicialismo, pasa con frecuencia de la micro a la macro política, y viceversa, contando en todo momento con la letra de la Constitución de 1853. Asimismo, resulta atractivo el análisis que hace al promediar la obra sobre si el conductor nace o se hace, y aquí pone énfasis en destacar las diferencias entre conductor y caudillo, que son dos cosas distintas, aunque suelen tomarse como sinónimos. Recuerda Lima que para Perón conducir "es una forma superior", y representa la idea de persuadir, convencer, "porque el conductor es un maestro". Y mientras entre el conductor y los conducidos hay un vínculo de respeto, al caudillo, en cambio, "se le teme", ya que generalmente busca imponerse por la fuerza. Tras emplear nuevamente una frase del expresidente, "gobernar es fácil, lo difícil es conducir", incorpora en su investigación un ingrediente fundamental, el carisma, concepto muy necesario si se considera que el conductor nace con esa capacidad indelegable, que no es común. Y sobre el final dedica varias páginas a la idea de que la corrupción del político "es la peor de las enfermedades que puede afectar a la sociedad".

Así, este libro de Lima viene a rescatar la naturaleza de la conducción política, en tiempos en que, en medio de una suerte de emergencia de líderes carismáticos, cualquiera osa escribir en indefensos muros, consignas vacías y presuntuosas como "Juan conducción", "María conducción", calculando, quizá, que conducir sólo significa ponerse al frente de un grupo o hasta de una patota con fueros. Además logra compaginar armónicamente el significado intrínseco de conducción y conductor con la realidad actual, donde escasean los auténticos pilotos de formaciones políticas o alianzas, que generen unidad. Por esa razón, en su epílogo, Lima se atreve a reconocer que "es necesario mejorar la calidad de la conducción en nuestro país, para fortalecer la democracia". Con una mirada fina del texto se perciben mensajes a la juventud, buscando concientizar a aquellos que ingresan en política, sobre cuáles son los aspectos esenciales de su papel. Un trabajo que invita al debate y que deja en claro que la conducción y los conductores sólo merecen analizarse o tomarse como ejemplo en el marco de la democracia.