Si bien en poco más de tres meses es difícil observar los resultados de una nueva gestión de gobierno, más cuando media el período de gracia que toda ciudadanía otorga al comienzo de un mandato, los primeros cien días de Jair Bolsonaro en la presidencia de Brasil parecen tener todo en contra. Las encuestas de opinión, la prensa y hasta políticos aliados muestran durísimas evaluaciones que revelan una grave pérdida de popularidad.


Aunque Bolsonaro cumplió algunas de sus promesas electorales, como las privatizaciones de 12 aeropuertos por U$S 620 millones, el doble de lo estimado, no ha tenido avances significativos en los planes para terminar con la inseguridad y la corrupción. Y lo que más preocupa a los brasileños es la incertidumbre sobre el plan de reforma previsional, una cuestión clave para bajar el excesivo gasto público, debido a las dificultades para alcanzar un entendimiento en un Congreso atomizado con 30 partidos y sin mayoría oficialista.


La incompetencia que diferentes sectores le atribuyen al gobierno es por no saber encaminar el problema de las jubilaciones que amenaza llevar al país a la quiebra si no se actúa de inmediato. Las llamadas "reformas en el sistema de bienestar", como las señala el Gobierno, son clave para atenuar las secuelas de la profunda recesión de 2015 y 2016, cuando el PBI cayó siete puntos porcentuales que Bolsonaro se comprometió a revertir para ahorrarle al Estado U$S 262 mil millones en una década.


El optimismo de los inversores, cuando el presidente inició en enero último su mandato, se ha convertido en un desplome de confianza tanto por la inoperancia política de Planalto como por los desencuentros internos. Bolsonaro despidió al poco andar al secretario de la Presidencia, Gustavo Bebianno, acusado de desviar fondos públicos para sostener candidaturas políticas y el 8 de este mes le pidió la renuncia al ministro de Educación, Ricardo Vélez Rodríguez, porque no estaba a la altura de sus responsabilidades.


En la ceremonia para celebrar los 100 días en el poder, el presidente brasileño dio las gracias a sus colaboradores e hizo una confesión: "De vez en cuando le pregunto a Dios, '¿yo qué hice para estar aquí?'". Es probable que algún otro mandatario se lo haya planteado, pero nunca se atrevió ante la opinión pública como lo hizo este atípico presidente ultraderechista al frente de la potencia económica latinoamericana con una criticada y errática gestión.