El viento Zonda sopla con más frecuencia entre el otoño y la primavera y, en esta última estación, coincide con la floración de la vid y el olivo, el momento en que se define cuántas flores se convierten en fruto. El ingeniero Cristian Albors, agrometeorólogo y docente investigador de la Universidad Nacional de San Juan (UNSJ), explicó en detalle cómo se forma el fenómeno, por qué es tan difícil de controlar y qué le ocurre físicamente a la flor cuando el viento la golpea en el peor momento posible.
El Zonda y la floración: cuándo el viento le quita el fruto a la flor
Cómo se forma el Zonda, por qué es tan difícil de controlar, en qué departamentos sopla más y qué barreras sirven.
Es un año particular. Las heladas tardías de septiembre golpearon la provincia con mínimas de hasta seis grados bajo cero en plena brotación de vides y frutales, y hacia mediados de mes ya se contaban más de 800 denuncias y más de 13.000 hectáreas a peritar, en cultivos que ya habían empezado a brotar. En ese contexto, la próxima amenaza para el campo sanjuanino no es solo el frío: es el propio Zonda, en un momento en que la planta ya no tiene margen para absorber otro golpe.
Un viento que nace en el Pacífico
El Zonda nace en el océano Pacífico, explicó Albors, en un centro generador de vientos ubicado a unos 30 grados de latitud sur, desde donde se desprenden corrientes hacia el norte y hacia el sur. El giro de la Tierra tuerce esa trayectoria, y las masas que nacen a esa altura terminan chocando con la costa chilena y con la cordillera de los Andes. Como los valles cuyanos —los de La Rioja, San Juan y Mendoza— se disponen de manera longitudinal, de norte a sur, esas masas de aire cálidas y húmedas quedan obligadas a ascender por la ladera occidental. Al subir se enfrían y, como traen humedad, terminan saturándose: forman nubes y precipitaciones, nieve en las cumbres y lluvia del lado chileno.
El proceso se invierte del lado argentino. Al descender hacia los valles sanjuaninos, el aire se comprime —hay más presión atmosférica cerca de la superficie— y, al comprimirse, se calienta. Llega entonces caliente y seco, con muy baja humedad: esa combinación es, en esencia, el viento Zonda. Según Albors, ese ciclo es más frecuente entre el otoño y la primavera, y lo explicó con una imagen: en esos meses el sol se desplaza hacia el hemisferio norte por lo que hay menos energía solar disponible en el hemisferio sur, y esa merma favorece la formación del viento. Aun así el fenómeno puede aparecer en cualquier época del año: recordemos un 24 de diciembre en 2012, con uno de los vientos Zonda más fuertes que se registraron en la provincia, en pleno verano.
Según el estudio de la UNSJ sobre el Zonda en el Valle de Tulum, un viento se considera Zonda cuando cumple cuatro condiciones a la vez:
- Temperatura al menos cuatro grados por encima del promedio mensual;
- Humedad relativa igual o inferior al 10%;
- Dirección oeste o noroeste;
- Velocidad de 18 kilómetros por hora o más.
Ese calor, señaló Albors, cumple además una función biológica precisa. En primer lugar, las plantas que pierden las hojas en invierno necesitan pasar por un período de reposo: si no lo hacen, las yemas quedan expuestas y las heladas invernales las dañan. Para salir de ese letargo necesitan una señal, que es acumular horas de frío. Cada especie y cada variedad tiene su propio requerimiento: entre 400 y 600 horas el almendro, entre 400 y 800 la vid y entre 800 y 900 el pistacho, según explicó. Una vez cumplido ese piso, la yema queda disponible para brotar, pero necesita todavía un segundo estímulo: temperaturas diurnas superiores a los 20 o 25 grados. Ese estímulo se lo dan, justamente, los Zonda de fines de invierno y de primavera.
Según los cálculos, entre el 1 de mayo y el 31 de agosto se acumularon en la provincia entre 870 y 890 horas frío, un número suficiente para la mayoría de las especies que se cultivan en San Juan.
Cuando daña y qué le hace a la flor
El daño que produce el Zonda no depende solo de su velocidad. Para Albors, lo decisivo es el momento del ciclo biológico en el que el viento sopla. En junio, con la vid en reposo total, un Zonda no encuentra tejido vivo que dañar. En agosto, cuando el reposo empieza a romperse, el mismo viento puede funcionar como estímulo y adelantar la brotación. Y en noviembre, con los brotes ya formados pero tiernos, todavía sin lignificar, la velocidad puede directamente destruirlos, mientras que el calor produce lo que el especialista describió como un shock térmico sobre el tejido joven.
El momento más delicado de todos, sin embargo, es la floración. Si el Zonda sopla mientras la planta está floreciendo, se produce lo que técnicamente se llama corrimiento: la combinación de baja humedad y alta temperatura deshidrata los órganos reproductivos de la flor: el estigma (la parte femenina) y las anteras, que contienen el polen (la parte masculina). Sin humedad suficiente, el polen no logra adherirse al estigma ni germinar, y sin esa fecundación no hay óvulo fecundado ni fruto: la flor directamente se cae, sin cuajar. Albors remarcó que el fenómeno no distingue entre especies: alcanza al olivo, al durazno, a la vid y a cualquier frutal que esté en flor en ese momento, y su consecuencia se traslada de manera directa al rendimiento final de la temporada.
Por qué es tan difícil de controlar
Para explicar por qué contra el Zonda hay tan poco margen de acción, Albors propuso pensar el clima en tres escalas distintas. La macroclimática es la más amplia: fenómenos como El Niño, que afectan a gran parte del planeta al mismo tiempo. La microclimática es la más pequeña: lo que ocurre dentro de una finca puntual, alrededor de una planta. En el medio está la mesoclimática, la escala de una región entera —en este caso, la región de Cuyo—, y ahí es exactamente donde se ubica el Zonda.
Esa escala intermedia es la que marca la diferencia con las heladas. Contra una helada, cuya génesis es distinta, existen controles activos —como quemadores o riego por aspersión— y controles pasivos que se aplican finca por finca, con resultados probados. Contra un evento mesoclimático como el Zonda, que abarca de una sola vez decenas de kilómetros, esas herramientas puntuales no sirven: no hay manera de calentar o de humedecer el aire de toda una región a la vez. De las variables que definen un Zonda —velocidad, fuerza, momento en que ocurre, humedad y temperatura—, el productor solo puede intervenir sobre una: la velocidad, mediante barreras rompevientos.
Dónde sopla más
Albors ponderó un estudio de la UNSJ que caracterizó el comportamiento del Zonda en los distintos valles sanjuaninos. Se trata de la tesis de grado del ingeniero Juan Patricio Muñoz Lorenzo, dirigida por el propio Albors y por la ingeniera Adriana Caretta, que relacionó la frecuencia del viento con el cultivo de la vid, el olivo y el pistacho para estimar en qué zonas el riesgo es mayor. Según se difundió en 2022, en los departamentos del este del valle de Tulum —25 de Mayo, Sarmiento y San Martín— más de la mitad de los eventos ocurre en primavera, justo cuando la mayoría de los frutales está en flor. En Pocito, en cambio, y en las zonas de piedemonte más cercanas a la cordillera, el reparto es más parejo entre estaciones: 39% de los eventos en primavera y 32% en invierno. Pocito, además, es el departamento con más eventos por año: un promedio de dieciseis, contra unos seis en cada uno de los otros tres departamentos relevados por el estudio.
Barreras y pronóstico: lo que se puede hacer
De las dos variables sobre las que sí se puede actuar —velocidad y fuerza—, la única herramienta disponible son las barreras rompevientos, naturales o artificiales. Las naturales son árboles, y ahí aparece un problema práctico: hay que elegir especies que, justo en la época en que sopla el Zonda, todavía conserven las hojas, porque un árbol desnudo no frena nada. Las artificiales son mallas diseñadas específicamente para el viento, y exigen inversión y cálculo previo: cantidad de postes, distancia entre ellos y altura de la estructura.
Esas barreras protegen del daño mecánico, que se concentra sobre todo en octubre y noviembre: brotes y ramas rotas, ramaleo y frutos raspados que después se venden con marcas, una pérdida estética que afecta directamente su valor comercial. Lo que las barreras no pueden hacer es frenar el calor ni la sequedad del aire, que son, precisamente, los factores que dañan a la flor durante la floración.