El 25 de junio de 2009, una inesperada, increíble y fatídica noticia daba la vuelta al mundo: "Murió Michael Jackson". Tenía apenas 50 años cuando se detuvo su corazón, a las 14.26. La autopsia confirmó la causa: después de haber acudido a varios ansiolíticos en horas previas, recibió una sobredosis de Propofol, un potente anestésico de administración hospitalaria, que el aclamado artista usaba para combatir el insomnio crónico que lo atormentaba y que ese día lo durmió para siempre, enlutando al universo musical, llevando a la cárcel a su médico -Conrad Murray- y abriendo una puerta que hasta entonces él mismo trató de mantener cerrada. Aquel día, también y como se estila, las emisoras de radio y TV, las redes y plataformas se llenaron de su música, esa que reflejaba la época de oro de quien se había ganado con mérito propio y viso de eternidad la corona de Rey del Pop. Destellos dorados de tiempos lejanos -Thriller, Bad, Black or White, Billie Jean, Human Nature, Dangerous... ¡cómo olvidar esos hits que marcaron más de una generación desde el tope de los rankings!- que contrastaban severamente con la realidad personal que hacía tiempo atravesaba el artista, que afectó su carrera y que de algún modo concluyó en el fatal desenlace. La lupa se había posado mucho antes sobre su vida personal, ya en los tempranos '90, cuando comenzó a enfrentar acusaciones por abusos sexuales a menores. El 2005 fue una fecha clave, pues resultó absuelto en uno de esos juicios; pero a pesar de eso y del incondicional apoyo de sus fervientes fans y su entorno, el Rey no era feliz. El Rey no se gustaba, el Rey no podía dormir, el Rey era adicto a los analgésicos, el Rey se empastillaba para poder descansar, el Rey tenía dramas familiares, el Rey sorteaba asuntos legales, el Rey se recluía. Sí, la corona empezó a tambalear mucho antes de que sus despojos fueran depositados en el Forest Lawn de Glendale, en Los Ángeles. Pero ese día se soltó una nueva ola de acusaciones y revelaciones que le gritaron "jaque mate", post mortem pero válido, porque también era a su memoria. Eso de "descansa en paz" no era para Jackson. 


La pieza que lo hizo fue el documental "Leaving Neverland", estrenado en el Festival de Sundance y que este año -en el 10mo aniversario de su desaparición física- volvió a poner sobre el tablero denuncias de pedofilia por parte de dos hombres que confiesan haber sido abusados por él cuando niños: James Safechuck y Wade Robson. "Difícil de ver. Más difícil de ignorar. Imposible de olvidar", dijo la Rolling Stone. Aunque no libre de polémica, el envío llenó de barro la lápida del Rey, que pronto sus acólitos acudieron a limpiar, con antídotos testimoniales. "Es otra morbosa producción en un indignante y patético intento de aprovecharse y sacar partido de Michael Jackson", espetaron sus herederos. Pero... Sobre llovido mojado. "Killing Michael Jackson" (Matando a Michael Jackson), otro documental estrenado en la TV británica, saca a la luz fotos y testimonios de policías que ingresaron a su "caótica" habitación aquel 25 de junio: drogas, jeringas, fotos de niños y una muñeca "de aspecto siniestro", son parte del combo. 


Con un legado artístico incuestionable, su trono era más que vitalicio. Su corona era de este y de otro mundo. Pero a diez años de su muerte, muchos se debaten entre el oro y el barro de Jacko.