¿Cómo no sentirme así? La partida del Indio Solari me deja un vacío imponente en el pecho, un dolor que comparto con generaciones que crecieron al amparo de sus canciones, de sus "misas", de sus poesías herméticas y una mística colectiva que cambió para siempre mi forma de entender la vida.
El día que se apagó el último gran fuego del rock: adiós y gracias, Indio Solari
Con la muerte del Indio Solari se va también una parte de muchos que disfrutamos su arte.
Tengo un nudo en la garganta y el café se enfría sobre la mesa. En la tele, esa que tanto evitó por decisión propia, cuentan que te fuiste. Que tu cuerpo, que tanto luchó en los últimos años, dijo hasta acá llego. Que se apagó tu voz tan característica, inigualable.
Me cuesta horrores asimilar la noticia, ponerle palabras a este frío seco que recorre a miles de personas a la vez en este país. Se murió el Indio Solari y, de alguna manera, siento que se apaga una parte fundamental de mi propia historia, de mi juventud, de esa identidad que construí a base de complicidades y una lealtad ciega que desafía cualquier lógica que se quiera imponer.
El rock es sentimiento, es pasión, es cultura. Para mí, que llevo las canciones de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota grabadas en el alma, esto no es una crónica policial de un magazine aburrido de la mañana ni un dato frío en la pantalla del celular con una foto de cuando eras feliz arriba de un escenario. Es un luto personal que sé que comparto con millones de personas que hoy miramos el cielo sin entender muy bien esto de llorar la muerte de alguien que conocimos a través del arte.
Es inevitable que mi mente viaje directo a la adolescencia, a esos años donde todo era analógico, misterioso y sagrado. Se me vienen a la memoria las tardes enteras intercambiando cassettes TDK grabados, esas joyas piratas llenas de estática que circulaban de mano en mano entre amigos y que alguien –vaya a saber quién- registró en algún bar o boliche mucho antes de la masividad de Patricio Rey.
O ahí en la plaza de Villa Krause cuando algún compañero de la escuela llegaba con una criolla media golpeada y tiraba los primeros acordes de "Un ángel para tu soledad", "Gualicho" o cualquiera de los muchísimos temas que dejó para que sigamos pogueando y cantando.
Ni hablar de tu obra, Indio. No hay un solo disco de Los Redondos malo. No lo hay. Yo sé que su enrevesada pluma llena de metáforas a muchos no les llegó. Pero a los que sí, a los que resignificaron su propia historia a través de esos temas, el tipo que miraba desde arriba del escenario no lo hacía al vacío. Me miraba a los ojos y me hacía sentir que la realidad se podía combatir con arte y dignidad.
Por eso, cuando llegó aquel fatídico noviembre del año 2001 y la banda anunció su separación, sentí que el mundo se me venía abajo. Sin embargo, el Indio jamás me soltó la mano. Su etapa solista, junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, se convirtió en el refugio necesario para seguir alimentando el fuego del rock.
Y ahora se quedan las canciones. Esa confirmación de que el mito seguirá vivo, a pesar de su partida física.
Hoy me toca llorar al hombre que le puso banda sonora a mis alegrías, a mis derrotas, a mis desamores, a mis abrazos con amigos que ya no están y a los asados eternos o las noches de soledad con los auriculares al palo.
Se fue la voz, se fue el poeta, se fue el frontman, pero la mística de la banda de rock más grande de todos los tiempos en Argentina se queda acá abajo, custodiada por el amor eterno de los que jamás, pero jamás, lo vamos a olvidar. El pogo más grande del mundo ahora se mudó al infinito, y a mí me queda el orgullo inmenso de haber elegido escucharte y sentirte en mi corazón. Gracias Indio, eternamente…