Casi a una semana del ataque con una lluvia de misiles a una base aérea de Siria en represalia por el supuesto uso de gas Sarín contra la población civil por parte del presidente Bashar al Assad, el presidente de EEUU, Donald Trump, subió la apuesta en su escalada bélica y encendió la alarma mundial: por primera vez en la historia, EEUU usó en un conflicto a la llamada ‘madre de todas la bombas’, su arma más letal no nuclear, contra un complejo de túneles del Estado Islámico (EI) en la provincia de Nangarhar, en Afganistán.

La GBU-43 Massive Ordnance Air Blast (MOAB), un gigantesco proyectil de unas 10 toneladas de peso, diseñado para destruir complejos de cuevas y túneles subterráneos hizo su trabajo. Según el reporte del Pentágono, la súper bomba mató al menos a 36 yihadistas y destruyó una compleja red de túneles en la cadena montañosa de Tora Bora en la provincia afgana de Nangarhar en la frontera con Pakistán, que sirvió de refugio al líder de la red terrorista Al Qaeda, Osama Bin Laden, tras los atentados del 11-S en EEUU. 

Los túneles fueron construidos por combatientes islámicos durante la invasión soviética y mejorado por el grupo afiliado al EI.
El uso de la súper bomba le abrió paso a las tropas afganas que combaten codo a codo con las norteamericanas contra el Daesh (Estado Islámico en árabe) en el nido del régimen talibán, su semillero y el de Al-Qaeda.

Ambas facciones, brotes de la misma rama terrorista, combaten entre sí tanto en Afganistán como en Siria y en otros países. Pero, ¿por qué Donald Trump aprobó el lanzamiento en Afganistán, curtido de guerras durante tres décadas, del mayor artefacto no nuclear que poseen los EEUU? Se trató de una demostración de fuerza que, a diferencia de la represalia unilateral contra Siria por el uso de armas químicas, contó con la aprobación del gobierno afgano.

Y el principal destinatario era Corea del Norte, cuyo líder, Kim Jong-un, prepara otro ensayo nuclear para hoy en coincidencia con el cumpleaños número 105 de su difunto abuelo, Kim Il-sung, fundador del régimen -ver página 17-.
Este nuevo desafío del régimen de Pyongyang tiene en alerta al mundo por miedo a que estalle una guerra en la Península con consecuencias impredecibles.

Trump redobla de este modo la ofensiva militar en sus primeros cien días de gobierno contra un enemigo indiscutible, el ISIS o EI. En la campaña electoral había prometido derrotarlo en su primer mes en la Casa Blanca. Debe justificar ahora la suba de más de 50.000 millones de dólares en el presupuesto militar.
 
Esta demostración de fuerza se suma al reciente ataque a una base aeronáutica militar siria con 59 misiles crucero y la aproximación del portaaviones Carl Vinson a las costas de Corea del Norte, y marca una nueva tónica que se inició con la presidencia de Trump.

El objetivo del bombardeo en Afganistán era destruir un ‘sistema de túneles y cuevas‘ del EI que ‘les permitía moverse con libertad y atacar con más facilidad a los asesores (militares) estadounidenses y las fuerzas afganas‘, informó el vocero de la Casa Blanca, Sean Spicer.

El lanzamiento, normalmente llevado a cabo por un avión Hércules C130, se reveló pocas horas después de tener lugar en el distrito de Achin, en la sureña provincia de Nangarhar, a las 19.32 hora local (12.02 hora argentina), una premura poco habitual en operaciones de este tipo. 

Nagarhar, situada en el este afgano cerca de la frontera con Pakistán, es la remota región en la que los yihadistas del EI se han asentado para ampliar su presencia en la que llaman provincia de Jorasán (parte de su autodeclarado califato).

Las imágenes aéreas difundidas por el Pentágono en el momento en que la conocida como ‘madre de todas las bombas‘ impacta en la ladera de una montaña en el distrito de Achin, dieron cuenta de su poderío destructor equivalente a 11 toneladas de TNT.

Una inmensa columna de humo y escombros aparece tras la explosión, que en este tipo ocurre antes de tocar tierra para crear una potente onda expansiva capaz de derrumbar túneles y búnkers al crear un pequeño terremoto.

El ataque supone un golpe de alto impacto contra el principal refugio de los terroristas del EI que se atrincheran en las montañas con su principal arsenal y llega en momentos de debilidad para los yihadistas en Irak y Afganistán. Según la misión de la OTAN en Afganistán, el número de integrantes del EI en el país se ha reducido a la mitad en los últimos dos años y ha perdido más de 60% del territorio que controlaban gracias a los operativos de las tropas, que se concentran ahora en Nangarhar.

Además, ‘más de 2.500 miembros del EI murieron en combates con las fuerzas afganas desde marzo de 2016, dejando menos de 400 insurgentes en sus filas‘, según las fuerzas armadas afganas. Afganistán no distingue entre los talibanes y los seguidores del califato y afirman que cualquiera que ‘suponga una amenaza‘ se convierte en objetivo militar.

 

Nangarhar, el refugio del EI en Afganistán
 

Nangarhar, en el este de Afganistán y zona fronteriza con Pakistán, es la remota región en la que los yihadistas del ISIS o Estado Islámico (EI) se han asentado para ampliar su presencia en la que llaman provincia de Jorasán (parte de su autodeclarado califato).

Esa zona es el paso que conecta por tierra Kabul con Peshawar (Pakistán) y alberga la famosa zona montañosa de Tora Bora, donde el fallecido líder de Al Qaeda Osama bin Laden se ocultó, aprovechando un sistema de cuevas, tras los atentados del 11-S contra las Torres Gemelas en 2001. El uso de la ‘Madre de todas las bombas‘, guiada por un sistema de posicionamiento satélite, indicaría que la zona estaba ampliamente ocupada por operativos e instalaciones del ISIS, sin evidente presencia de civiles.