Por licenciado Eduardo Carelli

Acaba de terminar una semana que tuvo a la aldea global en vilo. Definitivamente podría haber comenzado una guerra comercial entre las dos mayores potencias económicas, aunque un acuerdo de último minuto frenaría el indefectible choque hasta la futura cumbre del G-20 a realizarse en Japón. Los tweets de Trump y la constante actitud china de desentenderse ante cada acuerdo alcanzado llevaron a un nuevo conflicto reflejado en una semana de indicadores inestables y bolsas en caída.


Todo comenzó cuando China desató la ira de Estados Unidos al intentar estirar su escenario comercial favorable y pretender eliminar de un futuro acuerdo comercial compromisos vinculados a modificar su legislación nacional en temas exigidos por Washington, como los relacionados a la propiedad intelectual y las transferencias de tecnología. Enterado, Trump pasó a la acción. Decidido a imponer los intereses estratégicos estadounidenses y de paso disminuir -sin un acuerdo con Beijing- el déficit de la balanza comercial, llevó los aranceles aplicados a la importación de un tercio de los productos chinos, unos 5000, del 10 al 25%, a lo que Xi Jinping respondió con una suba similar a una cantidad igual de productos estadounidenses, algunos esenciales, como tuberías, metales o gas líquido, y otros reemplazables por sucedáneos o que pueden ser ofrecidos por otros proveedores, como soja, carnes, harinas, aceites y muebles.


El tema está en que el golpe de Estados Unidos puede tener consecuencias imprevistas ya que en una economía globalizada el grado de complementación hace que no solo las economías sean interdependientes sino complementarias para la elaboración de productos con alto valor agregado, por lo que el impacto de las barreras arancelarias es complejo de calcular. Pero ¿quiénes pagarán la suba de aranceles? Sin duda en gran parte lo harán los propios estadounidenses, ya que los importadores simplemente trasladarán, previa renegociación con los chinos y reajuste en sus ganancias, la suba a los consumidores. Además se deberá estudiar la conducta de cada uno de los sectores. Por ejemplo en aquellos productos de alto valor agregado esenciales para la economía estadounidense, como productos químicos o los vinculados a las comunicaciones, no es esperable que los chinos resignen los niveles de ganancia ya obtenidos. Un escenario igual se espera en la economía oriental, aunque con un impacto reducido por ser menor el monto de las importaciones afectadas. Otros de los grandes perdedores en Estados Unidos pueden ser los productores agrícolas y las empresas de energía, ambos sectores ubicados en la base del voto de Trump, que son los que han sufrido las contramedidas arancelarias por parte del régimen de Beijing.


Paralelamente, de prosperar este enfrentamiento algunos países o bloques económicos, como la Unión Europea o el Mercosur, podrían recibir una andanada de productos chinos que, al no poder penetrar en el mercado estadounidense, se mostrarían muy competitivos en otros mercados. También se puede abrir un nuevo horizonte en el comercio internacional, ya que economías como las de México, Brasil, Perú y la Argentina podrían en el mediano plazo verse beneficiadas al encontrar nuevas oportunidades en los mercados estadounidense y chino. Un informe de las Naciones Unidos asegura que con este escenario solo las exportaciones de México a su vecino del norte podrían crecer en 26000 millones de dólares.


Por otra parte, la política activa de Trump buscando contener el crecimiento de su rival asiático no se detiene en el frente arancelario. En América del Sur se ha visto como cada movida diplomática de Washington en apoyo a los gobiernos de centroderecha está asociada a la necesidad de limitar la penetración china. En agosto pasado James Mattis, por entonces Secretario de Defensa, sostuvo en Brasil la necesidad de contener "el avance de la influencia china" y mostró voluntad por construir un nuevo "acuerdo estratégico". En febrero de este año Craig Faller, el Jefe del Comando Sur, habló -nuevamente en Brasil- acerca de la necesidad de contener el avance de Rusia y China en Venezuela, y durante la reciente visita de Mike Pompeo a Chile, el Secretario de Estado le señaló a Piñera que los chinos "no están cumpliendo con un comercio justo, libre y transparente", que "las actividades comerciales chinas a menudo están profundamente conectadas con temas de seguridad nacional" y que "sus objetivos tecnológicos son robar propiedad intelectual", en clara alusión a Huawei que busca extender su 5G a Chile. Y esto para no mencionar las exigencias que se vienen repitiendo desde la cumbre del G-20 realizada en Buenos Aires para con el gobierno de Macri, con las que se busca limitar las excesivas ventajas concedidas por el kirchnerismo a Beijing y que son puestas en la mesa de negociación constantemente por parte de la Casa Blanca.


Mientras tanto, el escenario inicial de esta guerra comercial se muestra incierto para la Argentina. La caída del precio de la soja por el excedente que volcaría al mercado Estados Unidos ha marcado, después de once años, un nuevo piso histórico de 290 dólares la tonelada. Se calcula que los productores locales podrían perder un máximo de 3000 millones de dólares y que el gobierno podría recaudar 855 millones de dólares menos en concepto de retenciones. Sin embargo, podría darse el caso que los productores argentinos pudieran ubicar su excedente en las góndolas chinas y a un precio de rebote si se cree que realmente la soja ya tocó el piso, por lo que el gobierno trabaja con dos escenarios algo más optimistas donde los productores perderían "sólo" entre 2200 y 1000 millones de dólares, es decir que el Estado vería caer su recaudación entre 627 y 285 millones los dólares.
Tampoco se puede calcular a cuanto arribará la mejora del precio de la soja sudamericana ya que en China la peste porcina africana ha significado la muerte de millones de cerdos y por lo tanto se especula con una disminución en la demanda. En cualquier caso, es de esperarse que la Argentina tenga un panorama más claro luego de la participación del secretario de Agroindustria, Luis Etchevehere, en la SIAL-2019, la gigantesca feria internacional de alimentos de Asia que se desarrollará en Shanghái.


Mientras tanto, la dinámica del conflicto desde la llegada de Trump al poder parece ser digna de la dialéctica hegeliana. Al negarse China a disminuir su balanza comercial favorable con Washington se genera una nueva serie de amenazas arancelarias por parte de Estados Unidos, lo que lleva a renovadas rondas de negociaciones que arrojan como resultado un acuerdo comercial que China no tendrá pensado cumplir, lo que termina indefectiblemente en una oleada de tweets de Trump con recargadas amenazas acerca de más aranceles.


Al parecer, a pesar de ser China y Estados Unidos economías interdependientes y complementarias en muchos aspectos, el mundo se encamina a paso firme hacia un nuevo orden, esta vez bipolar, donde las dos potencias, en lugar de confrontar con tanques, misiles y aviones, amenazan con arrojarse contenedores que cada cual pretende rechazar.