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¿Hay otro chavismo en Honduras?

Por Andrés Oppenheimer 12 de diciembre de 2017 - 00:00

El gobierno de Trump ha hecho lo correcto al denunciar duramente el autoritarismo de los presidentes izquierdistas de Venezuela, Bolivia y Nicaragua, pero debería hacer lo mismo con el presidente derechista de Honduras.

Desafortunadamente, Estados Unidos se ha demorado mucho en responder, y lo ha hecho muy débilmente, a las irregularidades generalizadas en las elecciones del 26 de noviembre en Honduras, que tanto el presidente Juan Orlando Hernández como su rival Salvador Nasralla -líder de una coalición de izquierda- afirman haber ganado.

Peor aún, EEUU no ha denunciado las maniobras anteriores de Hernández para postularse para la reelección, cuando la Constitución se lo prohibía. ¿Por qué debería Trump criticar a un autócrata que es amigo de Estados Unidos?, se preguntarán algunos. La respuesta es que, haciendo la vista gorda, EEUU pierde autoridad moral para denunciar a los autócratas de izquierda.

La gestión del presidente Juan Hernández, envuelta en una crisis post electoral por sospechas de fraude.

“El silencio y la pasividad de la administración Trump al pasar por alto estas irregularidades generan todo tipo de sospechas de que EEUU tiene una doble moral en cuestiones de democracia y derechos humanos”, dice José Miguel Vivanco, director para las Américas de la organización de derechos humanos Human Rights Watch.

El presidente hondureño es visto por los funcionarios del gobierno de Trump como una especie de dictador benigno, un líder de un país pobre que ha logrado reducir la tasa de homicidios del país. También es visto como uno de los pocos aliados sólidos de EEUU en América Central, donde Nicaragua y El Salvador son gobernados por ex guerrilleros marxistas que son aliados de Venezuela. Pero no se puede negar que Hernández ha acaparado prácticamente todos los poderes en Honduras, en forma parecida a la que lo han hecho izquierdistas de Venezuela, Bolivia y Nicaragua.

Las recientes elecciones hondureñas supervisadas por el Tribunal Supremo Electoral (TSE), controlado por Hernández, fueron tan turbias que la misión de observación de la OEA se fue sin emitir un veredicto. Recién el 6 de diciembre, dijo que las elecciones se vieron empañadas por una “falta de garantías y transparencia”.

El TSE misteriosamente interrumpió el conteo de votos cuando Nasralla ganaba por 5 puntos porcentuales, con el 57% de los votos contados. Más tarde mostraba a Hernández achicando diferencias y luego ganaba por el 1,5% de los votos.

Nasralla, un ex conductor de televisión cuyo apoyo político es el ex presidente Manuel Zelaya, un aliado del régimen venezolano que también trató de perpetuarse en el poder, calificó los resultados electorales como un fraude. Hubo violentas protestas que dejaron al menos cuatro muertos.

¿Qué dijo EEUU a todo esto? Muy poco. Luego de varias declaraciones llamando a la calma, la vocera del Departamento de Estado, Heather Nauert, dijo más de una semana y media después de las elecciones: “Estamos trabajando con autoridades y líderes políticos hondureños para aumentar la transparencia y la rendición de cuentas allí”. Fue una declaración sumamente blanda.

Para ser creíble, el gobierno de Trump debe entender que aliarse con autócratas de derecha es moralmente incorrecto.