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Una reforma en el cajón

Por Colaboradores Diario de Cuyo 19 de abril de 2009 - 00:00

Si José Luis Gioja se presentara a las elecciones del 2011 para su tercer mandato como gobernador, a números de hoy podría estar en la puerta de un resultado histórico: a dos años y medio de distancia -que no son pocos- registra un inédito margen de más del 70% de la gente que dice que lo votaría. Pero hay un problema: no puede hacerlo.

Hasta ahora. En el fondo de un cajón de un importante escritorio en Casa de Gobierno hay un proyecto a medio redactar para presentar en Diputados y que propone una enmienda constitucional para habilitar un tercer mandato, algo que está vedado por la máxima ley provincial. Para permitirlo, no es necesaria una reforma constitucional porque sólo de trata de un artículo. Cuando es así, alcanza con una ley de la Cámara de Diputados aprobada por los dos tercios de los miembros, y luego ser refrendada en la siguiente elección convocada en la provincia.

Por eso, el momento es ahora o nunca. Como el 28 de junio está citada la gente para esa elección, no cabe otra fecha para el intento si es que se decide concretarlo: en el caso que quiera presentarse Gioja para otro período de 4 años en 2011, la única elección intermedia será la de junio y para esa fecha ya deberán tener aprobada la ley. Por esa razón, en estos días comenzaron las consultas con mayor intensidad en la calle Paula.

Aunque cueste creer, la novedad que podría caer como una bomba de tiempo en las ya agitadas aguas políticas de la provincia como consecuencia del armado de listas, no tiene por epicentro exclusivo el futuro de Gioja al frente del ejecutivo provincial ¿Pero cómo es eso, si postula exclusivamente la habilitación del gobernador a un tercer período?.

Muy simple: el 29 de junio, el día después de la pulseada por los diputados nacionales que el oficialismo descuentan que transcurrirá con un buen resultado, se largará en la provincia una competencia aún más intensa, más áspera, y seguramente más descarnada. La de la sucesión.

Hay una figura que obsesiona como un fantasma al gobernador para los dos años finales de su segundo mandato. Es la del pato rengo, una acepción acuñada en EEUU para definir a los gobernantes cuyo tiempo se acaba y tienen poco por definir, ante la evidencia de que el eje del poder comienza a deslizarse más hacia los que vendrán que hacia los que están.

El término comenzó a utilizarse en EEUU para definir como lame duck a los presidentes con fecha de vencimiento, día de salida y, en consecuencia, capacidad de acción limitada. Proviene de la náutica, de cuando los marineros del siglo XVIII llamaban lame duck a los barcos averiados que no podían llegar a puerto si no era con ayuda de otro. Esa discapacidad funcional trasladada a la política es lo que martiriza al gobernador, especialmente en un terreno escarpado como el que se imagina: con una descarnada batalla por quedarse con el sillón que ocupa y con el sueño abierto de intentar un salto al escenario nacional.

No puede, calculan entonces en el gobierno, aparecer con el poder licuado. Todos entienden razonablemente que no habrá que esperar hasta julio para asistir al primero de los tironeos por suceder a Gioja, y los dos principales involucrados son dos dirigentes de los más cercanos suyo.

Ya hubo por lo bajo varias escenas de tensión entre Marcelo Lima -ex vice, actual intendente y uno de los hombres de mayor confianza de Gioja- y el hermano César Gioja. El tono empleado promete nuevos encuentros, con otros decibeles y para cuando no afecten la actual campaña. Será al día siguiente.

Por eso el hecho de tener abierta la chance de un nuevo período para José Luis Gioja le supone a los autores del proyecto una herramienta de disciplinamiento, si es que los aspirantes a la sucesión toman nota de que no habría que descartarlo.

Con o sin ella, los chispazos entre el intendente y senador cobrarán intensidad este mismo año, el momento en el cual deberán confirmar sus credenciales. Y el temor es grande ante la evidencia de posibles desbordes, chicanas y hasta malas artes que pronostica el horizonte de este cruce.

Gioja tiene en claro que si resulta bendecido en junio por un buen resultado electoral saldrá disparado a jugar su ficha presidencial, pequeña en el tablero de los intereses nacionales pero quién sabe si podrá encontrarse con las aguas abiertas en algún momento como para que invite a entrar. Si no, irá por un cargo de senador y funcionará con trailler, arrastrando a su opción preferida a la gobernación. A no ser que la re-re se convierta en útil.

La jugada tiene una larga lista de contraprestaciones. No hay ningún obstáculo formal porque el oficialismo dispone de los diputados necesarios para convertirlo en ley sin demasiado trámite. Son, en cambio, políticos.

El muestreo del que dispone responde a la pregunta de estar o no de acuerdo con que Gioja vuelva a ser gobernador. Y el gran abanico favorable -aquel 75% actual- mezcla tanto a la fanatizada como a los temerosos por la incertidumbre del banco de suplentes. Pero eso no es lo mismo que preguntar: ¿está de acuerdo con que se cambien las leyes para permitir la reelección por segunda vez? La respuesta favorable será obviamente menos numerosa.

Cambiar las reglas es un perfecto veneno para la comunicación política de estos días, y esto lo sería. Provoca inestabilidad, por más provechosa que sea la intención. Genera incertidumbre, que es un verdadero antónimo de la seguridad que se le reclama a la dirigencia. Con la carga adicional que trae en los últimos meses: sin ir más lejos, la última gran batalla entre el campo y el gobierno tuvo ese debate sobre el cambio de reglas.

Sería también ir contra su propio discurso. No hace falta buscar mucho para encontrar alguna declaración del gobernador Gioja sobre el asunto: siempre fue terminante en no dejar siquiera un orificio de entrada a la posibilidad de motorizar un retoque en el apartado de la reelección. Aún, cuando rodó con fuerza la posibilidad de una reforma constitucional más amplia e ideada por Eduardo Leonardelli, que perdió impulso con su fallecimiento (y que quedó en el debe del gobierno, al menos como homenaje a su inspirador).

El gobierno blanqueó allí la apertura del debate, pero cerró la puerta a la re-re. Aquella vez se pensaba en reparar algunas instituciones que el gobierno consideraba perfectibles. Hoy, el proyecto es sólo para la reelección, vía enmienda.

El gran dilema que deberá resolver el oficialismo en los próximos días es cuántas cosas le permitirá hacer ese retoque que hoy no tiene al alcance, en su esfuerzo de dominar el proceso de sucesión. Si se justifica el desgaste que seguramente tendrá, inclusive en la performance de la elección de junio, donde espera un buen resultado. Y si alguna vez no maldecirá aquel momento -este- en que decidió para un lado o para otro.

No hay mucho tiempo por delante. Sólo tres o cuatro días para analizar el juego y decidir si ese proyecto que duerme ansioso en un cajón, en algún momento verá la luz.