Messi volvió a ser Messi. No parece novedad, ya es obviedad. Es que el 10 de Argentina, asomándose a la cruel marca de las cuatro décadas, volvió a vestirse de humano para conducir a la segunda victoria nacional en el Mundial 2026, desafiando la edad, las críticas y hasta esa enfermedad de su papá que lo tiene complicado.
Dios es argentino y tiene la 10
Monumental Mundial de Messi en modo Dios: Dos partidos, cinco goles en el capítulo más sentimental de su carrera: El Ultimo Tango.
Es que como el mismo se cansa de repetir: solo quiere jugar. Eso hace Messi. Juega, con la pelota, con el rival, con el corazón de todos los argentinos que sumidos en esa frustración del día a día, tienen en el 10 el héroe de todos sus sueños. Humano y divino a la vez, terrenal y glorioso en una cancha, en 90 minutos. Se mostró de carne y hueso con ese penal que se le fue afuera pero después, se puso el traje celestial y escribió historia.
18 goles de su sello para ser el máximo goleador de todos los Mundiales. Justo, casi justito con el aniversario 40 de aquel mediodía en México cuando su predecesor, un tal Diego Armando Maradona, convirtió el gol más lindo de todos los Mundiales y contra Inglaterra. Casi un capricho del fútbol, pero en la vida del Dios de la pelota, nada es casual. Hace 20 años atrás, Lio se metía en la historia de la selección argentina y hoy es el puto amo. Algo que lleva ya más de dos décadas siendo una realidad.
Goles, gambetas, amarguras, lágrimas. Pasó todo con sus colores. Esos que ama como nadie, que defiende sin quejarse, que honra con cada gesto. Un grande de verdad que eligió su Ultimo Tango para brillar como siempre o como nunca tal vez. Cinco goles en dos partidos, pisando las cuatro décadas. Un elegido. Un privilegiado que puso a Argentina donde siempre lo soñó. Pese a todo, contra todo y por todos, bien dicen que Dios es argentino y creame, que lleva la 10 en la espalda. Con eso, todo es posible.