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OPINIÓN

Messi se despidió de la Albiceleste: el hombre que nos enseñó a creer

Por Gimena Contrera Díaz 31 de agosto de 2026 - 15:20

Entrar a trabajar un día de noticias tristes te obliga, de alguna manera, a parar un poco y pensar. A veces pasa. Entre cables, títulos, declaraciones y la urgencia de contar lo que está sucediendo, hay noticias que atraviesan la pantalla y se meten directamente en el corazón. La de Lionel Messi es una de esas.

Porque Messi no es solamente un futbolista en la vida de los argentinos. Es el padre, el hijo, el amigo. Es ese ídolo por el que la Selección volvió a tener hinchas fanáticos de la Albiceleste, después de un tiempo en el que aquella llama parecía haberse apagado.

Desde su debut, la historia de Messi copó los portales, pero también se adueñó el corazón de cada uno de nosotros. Conocer lo que tenía, cómo hizo para superarlo, las dificultades que atravesó y la batalla que daba en cada partido era hipnótico.

Y ese fanatismo fue tomando forma. Fue creciendo. Hasta llegar al punto de llamar “ojotas” a quienes no lo apoyaban. Sí, tuve el tupé de pelearme con varios. Porque hubo que defenderlo.

Defenderlo del avasallamiento de muchos periodistas que durante años lo señalaron como el único responsable de los supuestos “fracasos” de la Selección. Defenderlo de quienes parecían olvidar que detrás del futbolista había una persona que se entrenaba, que se alejaba de su familia, que se sometía a una presión enorme y que, aun así, salía a una cancha a intentar cumplir el sueño de millones.

¿Por qué Messi nos debía algo a los argentinos?, me preguntaba una y otra vez. Nunca entendí esa deuda.

Ese enamoramiento que generó Messi nació, en buena parte, de algo mucho más profundo que admirar a un deportista. Fue admirar a alguien que sabíamos que se pelaba el lomo para entrenar, que soportaba estar lejos de su familia y que cargaba con una presión que muchas veces parecía imposible de soportar.

Y, sin embargo, cuando llegaban los momentos en los que había que “bancar”, aparecían los opinólogos para señalarlo con el dedo juzgador. Nunca me cansé de defenderlo. Nunca me cansé de creer en él.

Nunca me cansé de admirar no sólo al deportista, sino también al hombre. Al que llegó a un equipo y, con el tiempo, terminó convirtiéndose en su líder. Quizás por eso sostengo que en mi vida vi llorar a dos hombres que me destrozaron por completo: a mi viejo, cuando perdió a su mamá, y Messi, cuando después de la derrota ante Chile en la Copa América de 2016 comunicó que dejaba los colores celeste y blanco.

Ese día entendí cuánto nos importaba. Lloré más por él y por querer aliviar esa presión que sentía. Pero el tiempo supo mostrarle que el 99,9% de los argentinos lo amamos con el alma.

Crecí viendo a pequeños que idolatraban a Maradona. Cuando me empapé de fútbol, tuve el privilegio de idolatrar a Lionel Messi. Y, con los años, pude transmitirle ese fanatismo a mi hijo.

Eso también es Messi.

No es solamente el gol, la gambeta, el título o la Copa del Mundo levantada en Qatar.

Es lo que generó en nosotros. Es lo que consiguió que una generación volviera a enamorarse de la Selección. Es lo que hizo que millones de chicos quisieran ponerse la camiseta argentina, patear una pelota y soñar con ser como él.

Y quizás por eso duele tanto este adiós. Porque se va el futbolista, pero queda todo lo que construyó el hombre.

Quedan las lágrimas. Las derrotas. Las críticas. Las finales perdidas. Los goles. Los abrazos. La Copa América. La Finalissima. El Mundial. Las imágenes que vamos a volver a mirar una y otra vez pero con la tranquilidad que nuestro héroe siempre dio todo. Queda la sensación de haber sido contemporáneos de alguien extraordinario.

Sos inmenso, Messi.

Qué orgullo que seas argentino.

Qué orgullo haberte visto jugar.

Y qué orgullo poder decir que, además de regalarnos fútbol, nos diste tantas lecciones de vida, incluso a aquellos que alguna vez te juzgaron prematuramente.

Para mí, el ídolo inigualable.

Gracias por tanto, Leo.

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