San Juan.- El fanatismo por un club suele heredarse. De padres, mayoritariamente, abuelos, tíos o amigos de la familia. Pero este no es el caso. Lo de Pablo Zama con San Martín fue amor a primera vista, sin ningún tipo de influencias. “Yo tenía 11 años y en esa época el club jugaba el Regional. En la escuela, mis compañeros eran de Boca o de River y no entendían cómo podía ser de San Martín... se reían. Ahora, a veces me los cruzo en la cancha y me río yo”, le dijo a DIARIO DE CUYO. 
 

 

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Hijo de un policía, tuvo algún privilegio. “Mi papá trabajaba en la Comisaría Segunda y cuando le tocaban los operativos, yo me iba hasta la cancha en bicicleta con él. Llegábamos dos horas antes y como era custodia del árbitro me dejaba en la boca del túnel. Un día el árbitro se enojó con todos los que estábamos ahí y nos pidió que nos fuéramos. Yo me quedé y me escondí detrás de los carteles de publicidad. Para ver el partido me asomaba y cuando el referi miraba para mi lado o pasaba cerca, me escondía”, recordó entre risas.
 

 

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Pablo tiene mil anécdotas. Como la vez que en pleno bautismo de su hermano, se puso la camiseta y se escapó para ver al club de sus amores. No hubo reto. Sus padres sabían que estaba loco de amor.  Años más tarde, volvió a escapar, esta vez de su cumpleaños. Pablo le había avisado a sus amigos que no fueran, cosa que aceptaron con tranquilidad. Pero se olvidó de avisarles a sus compañeros de Acción Católica. Los chicos cayeron hasta con una torta. “No sabía qué hacer. Mientras hablaba con ellos, me fui a mi habitación a ponerme la camiseta. Seguí charlando y me fui a ponerme las medias, y así... Hasta que se dieron cuenta que me iba a ir a la cancha. Los fui echando de a poquito”, dijo. 

 

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Su alegría más grande como hincha, le sale sin pensarlo ni un segundo: el ascenso en 2007. Pablo es periodista y en ese momento quiso cubrir el partido, pero desde la tribuna. “Conseguí entrada para la Platea Este. Fui arriba con mi hermano. Cuando faltaban cuatro minutos, resignado porque el empate no nos alcanzaba, le dije a mi hermano que iba a bajar porque tenía que irme a escribir. En ese momento, el árbitro cobró el tiro libre que pateó Brusco. Como ya había hecho goles desde ahí, me di vuelta, no lo quise mirar. Hasta que el estadio explotó y empecé a gritar como loco. Ya con el alargue estaba conforme, el gol de Tonelotto fue tremendo. Nunca sentí una emoción así. Me abracé con mi hermano, saltábamos y llorábamos, no podíamos hablar”, indicó. 

Y si de alegrías se trata, la goleada histórica a Boca no se olvida más. “En el cuarto gol mi hermano se largó a llorar, fue una increíble. ‘No lo puedo creer’ me decía. Es para guardarlo en un cuadrito, histórico. 

Pablo vive actualmente en San Luis y si bien cada vez que puede se escapa para ver al Verdinegro, no siempre fue posible. Por eso, cuando los de Concepción jugaban en el ascenso y sin televisación posible, llamaba a su padre y le decía que dejara el celular al lado de la radio para poder escucharlo. Así, los 90 minutos. Y es que en ese entonces, los avances tecnológicos actuales y las transmisiones online no existían.


 

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Pero los amores no se alimentan sólo de buenos momentos. Las tristezas suelen agigantar la pasión. Así como la mayor alegría viene rápido a la mente, su momento más duro como hincha, también. “El descenso en cancha de River, con Forestello, fue muy doloroso. El otro dolor grande fue el 6-1 frente a Newells. Aunque más que dolor, fue decepción”, dijo. 

 

Por sus venas corre sangre verde y negra. Tanto que el día de su casamiento, hace dos años, pasó por la cancha de San Martín para inmortalizar el recuerdo en la puerta del club. ¿La novia? Resignada. 

 

Si bien su amor por el club surgió de forma espontánea, sin influencia de ningún tipo, su hijo Emilio parece no tener opción. Nació con la camiseta verdinegra puesta. Casi literalmente. 

 

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