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OPINIÓN

¡Qué llorás, bobo! Andá, andá pa'llá

Por Diego Castillo 31 de agosto de 2026 - 19:03

Digo yo, si ya lo sabíamos, ya estaba anunciadísimo, ya era una verdad que estaba atada al frenesí del minutero, entonces, ¿por qué estamos llorando así?

Normalmente, ante lo inevitable hay dos caminos: se invierte todo el esfuerzo en intentar torcerle la mano, o se lo abraza con convicción. Pero esta reacción rara, de ver el precipicio y avanzar hacia él como si nada fuera a pasar, sólo se puede explicar como una forma pueril y bastante naive de fingir demencia. O bobera.

Ya la tercera estrella en Catar, a varios de nos los argentinos, nos había dejado la sensación de fin de ciclo, con sabor a reivindicación y justicia. Y ahora Lio se va, asegurábamos algunos, y volvíamos a hacer la cuenta gloriosa, el listado de Copa América, Finalísima, Copa del Mundo. La ecuación cerraba. El gran Messi finalmente lo había conseguido, la lógica se había impuesto y ya estaba todo dicho. O hecho.

Pero luego vino 2024, y una nueva Copa América, y otro título, y otra vez nos engolosinábamos, oh capitán mi capitán. Y EEUU se veía lejos pero no tanto, y otra Copa del Mundo era una utopía pero no tanto.

Entonces Lio y los indestructibles seguían corriendo por el filo de lo imposible, cometiendo la gravísima afrenta de obligarnos a seguir creyendo que las cosas no terminan ni aun terminadas.

Llegó entonces el otro idilio. La Scaloneta de Lionel se convirtió en la estampita (con álbum y todo) de cuasipróceres que millones de padres usamos para pretender enseñarles a nuestros hijos algo que durara más que un par de scrolls. La constancia, el esfuerzo, el no darse por vencido se erigían como robles robustos en un césped fértil y prodigioso.

Messi, más lento y más áspero, pero también más inteligente y más sabio, volvía a ser el eje de la existencia misma de la Selección que llegó de esa manera épica a la Final.

Luego, la tormenta. Las conspiraciones, las teorías. El halo del capitán intentando ser atacado por la ridiculez. Y la medalla de plata, y el cuerpo que no dio, y Lio que pedía perdón (¡pedía perdón!), y su papá, y el final anunciado que era, insisto, inevitable.

Ya todos lo sabíamos. Hasta especulábamos con un partido despedida, los mil homenajes, y fantaseábamos con que iba a ser de lo más normal y esperable del mundo ver a Argentina entrar otra vez a la cancha pero nunca más con él y su mística.

Hasta que pasó. El capitán escribió tres hojitas de papel, a mano, descarnado, y la realidad que nos pataleaba en las manos pero elegíamos fingir bobera finalmente estalló.

¿Y por qué estamos llorando así?

Será que lo inevitable nos pone frente al espejo y nos descubre vulnerables.

O será simplemente como escribió aquel otro genio hermoso y también fanático del Barsa, cuando decidió revelarnos que “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

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