La primera vez que escuché al Indio Solari fue en televisión. En mi casa no existía el rock ni el rock nacional. Por esas épocas todo pasaba por Palito Ortega, Chayanne, Alejandro Sánz. Era parte de un reacomodamiento, de un aggiornamento, de una familia que escuchaba a los revolucionarios: Silvio Rodríguez, Facundo Cabral, Mercedes Sosa. Pero que cambiaron porque cambiaron los tiempos. Era un pragmatismo de supervivencia.
Confesiones de un hereje sanjuanino fanático del Indio Solari
No debí escribir estas palabras. Lo hice igual. Graciosos y valientes, siempre.
La primera vez que escuché al Indio Solari estaba frente a la tele en la habitación de mi madre. Era bastante grande e ignorante. No fui un ricotero, no sabía nada de Patricio Rey y de los redonditos de ricota. Todavía no me interesa saber a ciencia cierta de dónde nació el nombre. Alrededor del Indio todos son recuerdos que mienten un poco. Hasta esta breve columna lo es. Porque la verdad es que ese día sólo tomé conocimiento de la existencia del verdadero padre del rock nacional.
Pasó un tiempo hasta que escuché con cierta dosis de realidad y de percepción musical al Indio. Estaba en un restaurante que después cerró, que no existe más, sólo en mi memoria y la de otros tantos. Estaba almorzando con alguien. Comíamos pollo con puré. Y sonó. Sonó la canción insignia en mi vida: To beef or not to beef. Lejos una de las menos importantes del cancionero potente e inagotable del Indio. Me quedé unos segundos en silencio como si una verdad me fuese revelada.
En ese momento, pregunté o hice una observación al estilo qué buen tema o algo así. La contraparte me contó una historia, probablemente una fábula. Que la canción había sido escrita en un aeropuerto en los Estados Unidos mientras sonaba el himno argentino, que el Indio sintió la nostalgia del país y que trazó el tema de un tirón con analogías sobre la lejanía de su tierra y que el “pensando en vos siempre, siempre extrañándote” era sobre la Argentina. Me cerró, lo compré, me gustó.
No, no debe ser ni remotamente cierto. Años después un jefe de Redacción me prestó el libro de entrevistas del Indio con Marcelo Figueras. Tuve la oportunidad de leer la historia de la canción, la que le gustaba contar al Indio. La rechacé. No quería una verdad, quería un sentimiento. No quería la realidad, quería mi versión. No quería una estructura, quería una conexión. ¿Cierta o falsa? Qué más da. Todos son recuerdos que mienten un poco. El Indio lo entendió perfectamente.
Después, todo tenía aroma al Míster. Incluso en el oficio del periodismo. Incluso en mi sección. Incluso en este momento de mi vida. Todo tiene un dejo de Indio Solari. ¿Quién describió mejor al periodista? ¿O no soy un caníbal desdentado enseñando a masticar? ¿Qué escribo los domingos entonces cuando analizo la realidad política de San Juan? El Indio está en las cosas. Ni hablar en el amor.
Este viernes me enteré por la radio que había fallecido el tipo que fundó el rock nacional. Porque no fue Spinetta, porque no fue, aunque me cueste decirlo, Charly García. Ellos escribieron y tocaron baladas rápidas. El Indio hizo lo que se le cantaron las pelotas. Como debe ser para un rockero burgués que nunca hubiese sido ricotero porque nunca hubiese podido estar entre su propio público. El Indio fue un disruptivo musical y un hombre común en todo el resto. Esposa, hijos, enfermedad, muerte. La excepcionalidad estuvo en la creación, en la manera en que incidió en mi vida y en la de millones.
Hay un Indio para todos los gustos. Está fundador de Patricio Rey, está en fundador de los Fundamentalistas, está el fundador del Míster y sus Marsupiales. ¿Y saben qué? Es el único rockero que siguió escribiendo hasta la muerte. Hay un Indio en los noventa y en los dos mil. Hay un Indio peronista, un Indio anarquista, un Indio de una izquierda utópica. Pero no hay un Indio liberal, ni libertario. Hay un Indio de Boca, que terminó su vida en su casa de Parque Leloir y no en Nueva York como podría haberlo hecho. Está en Indio de los viejos ricoteros y el Indio del álbum en Abbey Road.
Y está el Indio que escucho cuando lavo los platos en casa. El que me acompaña cuando mi madre se siente mal. El que me acompaña cuando quiero decir algo romántico. El que me dicta las palabras. El más popular de los artistas líricos. Es el primero que le hago escuchar a una persona que realmente me importa. Puse y pondré siempre To beef or not to beef. Si hay alguien que me conoce, escuchó ese tema.
¿Y con qué osadía escribo todo esto? No soy un ricotero. No escuché al Indio en vivo y en directo. Me lo perdí. Estuve cerca muchas veces. Incluso llegué a un recital en Mendoza, a una misa. Y me sentí parte a medias. No me metí en el pogo más grande del mundo. Estaba completamente lejos y un poco enajenado. Soy un hereje que tiene la posibilidad -el poder- de la pluma publicada. Por eso escribo. Lamento no tener las fotos de las multitudes. Sólo tengo las canciones en mi corazón.