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Día del Maestro

De ser alumno de una escuela hogar en Valle Fértil a convertirse en director de una institución albergue, la historia de Javier Ortiz

Se topó con la profesión de grande y descubrió nuevos mundos incluso en el mismo departamento que lo vio nacer. Lo que se pierde y lo que se gana como maestro de escuela albergue.

Por Celeste Roco Navea 11 de septiembre de 2026 - 06:46

Nacido y criado en Valle Fértil, Javier Ortiz no tuvo contacto con la docencia hasta ya siendo adulto y con una familia. Sin embargo, es un fiel ejemplo que nunca es tarde para descubrir una pasión, aunque admite que hay decisiones que si se le vuelven a presentar en la vida no las aceptaría. Pese a ello, hoy sus días están volcados a la vocación y el servicio de ser maestro.

Su camino en la docencia inició a los 28 años. En la previa, la vida de Javier estuvo marcada por adversidades. Su madre falleció cuando tenía 11 años, quedando al cuidado de su padre que trabajaba prácticamente todo el día, lo que lo llevó a él y a su hermano Marcelo a pasar sus días en la Escuela Albergue Casa del Niño, en San Agustín, siendo su primer contacto con una institución de este perfil, sin imaginar siquiera lo que le deparaba el destino.

Intentó probar con la abogacía en Mendoza, pero los costos de la carrera y vivir en otra provincia superaron sus expectativas y regresó. Incursionó entonces en la carrera docente buscando una salida laboral y la propuesta una vez recibido llegó del lugar que menos esperaba. Al respecto comenta en contacto con DIARIO DE CUYO: “Viviendo en Valle fértil no conocía las sierras, hasta que conseguí un cargo en la Escuela Albergue Marcos Gómez, Narváez, en Sierras de Elizondo, y también pasé luego por la Escuela Albergue Buenaventura Collado, en Sierras de Rivero. Iba tomando suplencias hasta que pude acceder a la titularidad”.

Conociendo el funcionamiento de las escuelas albergues y las realidades que allí se comparten, estos espacios no le resultaron ajenos, sino que por el contrario despertaban una empatía conocida. “Para estar en estas escuelas hay que tener algo, ser especial, porque hay que acompañar a los chicos, ya que la comparación con los chicos de la ciudad es enorme, pero en algún momento se emparejan y trascienden”, asegura.

De Valle Fértil a Iglesia, comprometido con la vocación de enseñar y acompañar

El camino del docente no es sencillo, y muchas veces los cargos y las titularizaciones aparecen en los lugares menos imaginados. Javier es testigo de ello.

Una oportunidad surgió en Iglesia, puntualmente en la Escuela Albergue Miguel Cané, en Bauchazeta. El establecimiento se encuentra al pie de la cordillera, a unos 3.000 metros de altura y para poder acceder hay que seguir una huella agreste que muchas veces queda intransitable por creciente o producto de las lluvias en la zona.

Actualmente Javier es maestro y director de la escuela. “Somos pocos. Hay nueve inscriptos, pero generalmente vienen siete. Nos manejamos bajo la modalidad de 10 días en el establecimiento por cinco de descanso, que muchas veces no es descanso porque son los días que aprovechamos para hacer trámites y otras gestiones. Los chicos que vienen son de familias con situaciones socioeconómicas no favorables”, comenta.

Convivir con el alumnado permite conocer sus realidades familiares como también se tiene la oportunidad de potenciar las capacidades de cada niño, ayudarlos y estimularlos, además de brindarles las herramientas para que trasciendan, sigan estudiando y sean profesionales el día de mañana.

“A esta altura de mi vida, si me preguntan si lo tengo que hacer de nuevo digo que no”, lo que se pierde detrás de la vocación

Estar delante del aula o como directivo en una escuela albergue no es sencillo. Javier pasó gran parte de su carrera profesional bajo la modalidad y hoy, con un camino recorrido, reflexiona sobre lo que ganó, pero también todo lo que perdió.

Asegura que no repetirá los mismos pasos, porque entiende que es mucho lo que perdió en el trayecto. “Te perdés mucho de tu familia. Perdemos mucho al dedicarle tanto a la profesión, como vínculos familias que en este momento me llevan a pensarlo. Si tengo que acompañar a mi hijo lo acompaño, para enmendar o recuperar la ausencia, pero el trabajo de la docencia es mucho, y le tenés que dedicar tiempo”, reflexiona.

Sin embargo, no se arrepiente de las decisiones tomadas ni de los caminos que el ser maestro le permitió recorrer. Entiende que la profesión se encuentra en un momento donde está muy cuestionada, donde la vocación está en juego y factores externos como el avance de la tecnología los obligan a reinventase. Pese a ello, entiende que dio lo mejor que podía ahora, por lo que ahora solo espera seguir dedicando a diario su esfuerzo y amor por los alumnos, hasta que llegue el momento de retirarse y compartir con su familia, su gran anhelo.

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