Con apenas un tanque de plástico, una máquina prestada y la convicción de que podía hacer el vino que imaginaba, Mariana Roldán empezó a escribir una historia que hoy tiene forma de bodega boutique en Barreal. Lo que nació como un pequeño proyecto de vinos de autor elaborado casi a pulmón terminó convirtiéndose en La Fortuna, un emprendimiento que produce etiquetas propias, recibe turistas de todo el mundo y busca posicionar a Calingasta como uno de los grandes valles vitivinícolas emergentes de Argentina.
Emprender para romper estereotipos: empezó con apenas un tanque plástico y ahora tiene su propia bodega boutique
Mariana Roldán dejó atrás un camino profesional seguro para apostar por un sueño propio. La enóloga sanjuanina comenzó elaborando vino de manera artesanal, con tanques de plástico prestados y mucha intuición, y hoy lidera La Fortuna, una bodega boutique de Barreal que combina producción vitivinícola, turismo y rescate de la identidad calingastina.
Detrás de esa historia hay más de dos décadas de experiencia en el mundo del vino. Mariana tiene 46 años, es enóloga y trabajó durante años para bodegas grandes y pequeñas, además de empresas vinculadas a la industria. Sin embargo, durante mucho tiempo sintió que sus ideas quedaban atrapadas dentro de estructuras ajenas. "Siempre tenía ganas de hacer más, de probar cosas nuevas, de elaborar los vinos que yo soñaba", recuerda.
Su vínculo con el vino comenzó incluso antes de estudiar Enología. Nacida en San Juan, se fue a Mendoza para cursar Turismo y allí descubrió una industria que atravesaba una transformación profunda. A comienzos de los 2000 observó cómo las bodegas mendocinas abrían sus puertas al turismo y cómo el vino se convertía en una experiencia cultural.
Aquella fascinación la acompañó cuando regresó a San Juan. Ya instalada nuevamente cerca de su familia y con un hijo pequeño, se anotó en un curso de degustación sin imaginar que terminaría encontrando una nueva vocación. El curso resultó ser el paso previo para ingresar a la carrera de Enología. "Fui a aprender a degustar vinos y terminé estudiando una carrera completa", cuenta entre risas.
Tras recibirse, trabajó durante años en distintas empresas del sector. Pero el punto de inflexión llegó en 2015. Durante una degustación organizada en Calingasta probó un Torrontés elaborado con uvas de la zona y sintió que estaba frente a algo distinto. "No era el San Juan que yo conocía. Me voló la cabeza el vino, pero también el paisaje, el cielo y la gente", resume.
El comienzo más artesanal
Ese descubrimiento la llevó a iniciar un proyecto propio de vinos de autor. Sin bodega y sin grandes recursos, comenzó utilizando las instalaciones de las cabañas de sus padres y algunos tanques de plástico.
El primer paso fue elaborar pequeñas partidas de Cabernet Sauvignon y Malbec con uvas de Tamberías. La marca se llamó "Constelaciones" y las etiquetas reflejaban el cielo diáfano de Calingasta.
Todo era artesanal: equipos armados de manera casera, maquinaria prestada y mucho trabajo manual. "Compré una barrica nueva, me prestaban una moledora y hacíamos todo como podíamos. Era muy a pulmón", recuerda.
Sin embargo, aquellos primeros vinos le confirmaron algo importante: la calidad de la materia prima era excepcional y el proyecto tenía futuro.
Una apuesta en plena pandemia
Mientras seguía trabajando en otras empresas, Mariana viajaba constantemente entre San Juan y Calingasta para sostener su emprendimiento. El proyecto nunca se detuvo.
En 2020, en plena pandemia, dio un paso decisivo junto a su actual pareja, Gregorio "Goyo" Benavídez. Comenzaron a construir el galpón que hoy alberga la bodega y sentaron las bases de lo que más tarde se convertiría formalmente en La Fortuna.
La elección del nombre no fue casual. Hace referencia a la cultura La Fortuna, un pueblo originario que habitó la zona de los Ansilta mucho antes de la llegada de los españoles.
Tres años después, en 2023, la sociedad quedó constituida formalmente y la bodega empezó a consolidar su identidad.
Hoy cuenta con capacidad para almacenar unos 30.000 litros, aunque produce menos de la mitad. Esa escala reducida es precisamente parte de su filosofía. "Somos una bodega boutique. Eso significa producciones pequeñas y mucho cuidado en cada detalle", explica.
Vinos con identidad de montaña
La Fortuna no posee viñedos propios. Compra la uva a productores del valle y selecciona cuidadosamente los lotes con los que trabaja.
Para Mariana, allí radica una de las grandes fortalezas de Calingasta. Rodeado por la Cordillera de los Andes y la precordillera, el valle combina altura, amplitud térmica, baja humedad y abundancia de agua proveniente del río Los Patos. Las condiciones permiten obtener uvas de gran concentración y sanidad. "Son uvas fabulosas. Parecen arándanos por el tamaño y la calidad que tienen", afirma.
Entre las etiquetas que produce la bodega se destacan "El Cruce", una línea de tintos inspirada en el Cruce de los Andes realizado por el general San Martín, y "Zinnias", una serie de blancos y rosados cuyo nombre surge de unas flores amarillas que crecen en el predio.
El portfolio incluye Malbec, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Torrontés y una apuesta poco habitual para la provincia: el Canarí, una variedad emparentada con los Pinot.
Además, elaboran vinos naturales, con mínima intervención y escaso uso de sulfitos.
Mucho más que una bodega
Con el paso de los años, el proyecto dejó de ser únicamente vitivinícola. Hoy La Fortuna ofrece degustaciones, visitas guiadas y experiencias turísticas vinculadas al paisaje y la cultura local. También comercializa productos regionales elaborados por productores del valle y recibe visitantes que llegan atraídos por el crecimiento del enoturismo en Calingasta.
La propia casa donde vive actualmente Mariana forma parte del proyecto. Se trata de una construcción de adobe con más de un siglo de historia que funcionó como uno de los primeros correos de Barreal. La idea es transformar ese espacio histórico en una nueva área destinada al turismo.
Ganarse un lugar
Aunque hoy se mueve con naturalidad dentro del mundo del vino, Mariana reconoce que abrirse camino no siempre fue sencillo. Durante años fue una de las pocas mujeres presentes en reuniones técnicas, degustaciones y encuentros de productores. "Al principio era más difícil porque era joven y tenía menos experiencia. Hoy siento que tengo un lugar ganado", afirma.
Ese reconocimiento llegó después de años de estudio, capacitación y trabajo constante. Además de su formación como enóloga, realizó un posgrado en gestión vitivinícola y continúa actualizándose permanentemente.
Cuando mira hacia atrás, asegura que ya no se pregunta si valió la pena seguir adelante. "Muchas veces dudé, pero ahora ya no. Esto es parte de mi vida. Siento que me tocó llevar adelante esta bandera de la vitivinicultura", reflexiona.
Mientras trabaja para certificar calidad y dar los primeros pasos hacia la exportación, sueña con que sus vinos lleguen a mercados como México, Brasil, Paraguay y Perú. Pero más allá de los planes de expansión, mantiene intacta la misma idea que la impulsó cuando comenzó con aquel tanque plástico: "Para mí, el mejor vino no es el más caro ni el más premiado. El mejor vino es el que compartís con alguien que querés".
A más de una década de aquel primer experimento con tanques de plástico y herramientas prestadas, Mariana mira el camino recorrido con satisfacción. No solo porque logró convertir una idea en una bodega boutique reconocida, sino porque abrió su propio espacio en una actividad históricamente dominada por hombres. Entre vendimias, capacitaciones, apuestas personales y desafíos económicos, construyó un proyecto que lleva su sello y su visión. "Me siento muy orgullosa", resume. Y esa frase parece condensar el verdadero valor de la historia: la de una mujer que se animó a desafiar los estereotipos, siguió una pasión contra todo pronóstico y terminó demostrando que, con perseverancia, los sueños también pueden embotellarse.