El 5 de agosto de 1532, un ejército que había cruzado los Balcanes y buena parte de Hungría apareció frente a Kszeg, en el oeste de la actual Hungría y a pocos kilómetros de Austria. La ciudad amurallada era pequeña y su guarnición escasa. Para los otomanos debía ser un obstáculo menor en una campaña gigantesca. Sin embargo, aquel lugar que parecía condenado iba a retener durante casi un mes al sultán más temido de Europa.
La pequeña fortaleza que frenó a Solimán
En 1532, una fuerza que parecía capaz de arrasar cualquier obstáculo se detuvo ante una pequeña ciudad del oeste de Hungría. Lo que debía resolverse con rapidez se convirtió en una lucha de veinticinco días, y el tiempo terminó siendo el arma decisiva.
Dentro de la ciudad, Nikola Juriši reunió alrededor de 700 u 800 hombres, según las estimaciones más citadas: un pequeño núcleo de soldados, habitantes y refugiados que habían buscado protección tras las murallas. El noble croata, servidor de Fernando de Habsburgo, no era un improvisado. Había mandado tropas de frontera y participado en misiones diplomáticas ante los propios otomanos.
Al frente de la expedición estaba Solimán I, llamado el Magnífico en Occidente. Seis años antes había destruido al ejército húngaro en Mohács y en 1529 había llegado hasta Viena. En 1532 regresó a Europa central para desafiar a los Habsburgo y consolidar su influencia sobre una Hungría dividida. Bajo su autoridad, el gran visir Ibrahim Pasha dirigió las operaciones del asedio.
Las cifras transmitidas por las crónicas son impresionantes, pero deben manejarse con cautela. Algunas hablan de 80.000 hombres y otras superan los 100.000, contando tropas, auxiliares y personal de apoyo. No todos combatieron ante las murallas de Kszeg. Lo seguro es que la desproporción era enorme.
EL OBSTÁCULO QUE NO DEBÍA RESISTIR
Kszeg no era solamente un castillo aislado. El castillo, los fosos, las murallas urbanas y las puertas formaban un sistema defensivo unido. La historia municipal conserva datos sobre las torres, los guardias y las escasas piezas de fuego disponibles. Era una posición modesta, pero no indefensa.
El problema para los atacantes era el tiempo. Un ejército de campaña tan grande necesitaba alimentos, animales, caminos transitables y semanas suficientes para regresar antes de que el clima empeorara. Tomar Kszeg con rapidez habría confirmado que nada podía interponerse en la marcha. Cada día de resistencia, en cambio, convertía aquella parada en una amenaza para toda la expedición.
El asedio comenzó con bombardeos y trabajos de mina destinados a abrir brechas. Los defensores respondieron como pudieron, contuvieron los asaltos y combatieron también bajo tierra mediante contraminas. La tradición historiográfica menciona diecinueve ataques importantes durante veinticinco días. Aunque algunos detalles y cifras varían según las fuentes, el hecho central no se discute: la ciudad resistió mucho más de lo que los mandos otomanos habían previsto.
La superioridad del atacante seguía siendo aplastante. La artillería dañó las defensas y las bajas redujeron todavía más el número de hombres capaces de combatir. Juriši resultó herido. Hacia finales de agosto, la caída parecía cuestión de horas. Pero para entonces el precio estratégico ya no se medía únicamente en hombres. Se medía en días.
LA VICTORIA QUE TAMBIÉN PARECIÓ UNA RENDICIÓN
El desenlace es la parte más fascinante porque no encaja en una victoria convencional. Las versiones conservadas no coinciden por completo. Según una de ellas, Juriši rechazó las condiciones de rendición y los otomanos desistieron. Otra sostiene que se acordó una capitulación simbólica: una pequeña representación otomana pudo entrar y levantar sus estandartes, mientras la población y la guarnición quedaban a salvo.
Aquella solución permitía a ambos bandos reclamar algo. Los sitiadores podían presentar la plaza como sometida; los defensores continuaban vivos y la ciudad no era ocupada por el gran ejército. Poco después, las fuerzas de Solimán levantaron el campamento.
Sería tentador afirmar que 800 hombres derrotaron por sí solos a más de 100.000 y salvaron Europa. También sería una exageración. Las lluvias de fines de agosto, el desgaste logístico, el avance de la estación y la concentración de fuerzas imperiales en torno de Viena pesaron en la decisión. Además, los historiadores discuten hasta qué punto la capital austríaca era el objetivo inmediato de toda la campaña.
Pero quitarle la leyenda no empequeñece a Kszeg. La vuelve más extraordinaria. Sus defensores no aniquilaron al ejército otomano ni terminaron con su expansión. Le negaron algo que una fuerza tan poderosa necesitaba: una victoria rápida. Durante casi un mes obligaron a Solimán a gastar municiones, hombres y, sobre todo, tiempo frente a un objetivo secundario. Cuando el sultán se retiró, ya no hubo un nuevo asedio de Viena en 1532.
LA CAMPANA DE LAS ONCE
Kszeg sobrevivió y convirtió aquella resistencia en parte de su identidad. Desde 1777, sus campanas suenan cada día a las once de la mañana para recordar el final del asedio. No celebran una batalla ganada en campo abierto ni la destrucción del adversario. Celebran algo menos espectacular y quizá más difícil: haber resistido hasta que el enemigo comprendió que permanecer allí costaba más que marcharse.
Solimán continuó reinando y condujo nuevas campañas. Su imperio no se derrumbó frente a aquellos muros. Sin embargo, una ciudad que apenas figuraba en los planes imperiales alteró el ritmo de una campaña concebida a escala continental.
Los hombres de Juriši no destruyeron al ejército más temido de Europa. Hicieron algo que parecía imposible: obligaron a ese ejército a mirar el calendario y marcharse.
Fuentes consultadas: István Bariska, A Contribution to the History of the Turkish Campaign of 1532; Caroline Finkel, Osman’s Dream: The Story of the Ottoman Empire, 1300–1923; Andrew Wheatcroft, The Enemy at the Gate; documentación histórica y recorrido de las fortificaciones de la ciudad de Kszeg.