A la derecha, con camisa a cuadros, Luis Omar Elizondo.

La brasa se había convertido en un volcán en erupción. Su cabeza era un mundo de pensamientos hambrientos que poco a poco iban devorando su autoestima, su amor propio, sus ganas de vivir. La palabra "marciano" retumbaba en su mente. Tenía 17 años cuando se cerró en la idea de que el túnel al final no tenía luz. Se convenció de eso y no hubo forma de hacerle ver otra realidad. Luis Omar Elizondo decidió no pisar nunca más la calle. Se lo comunicó a su madre, de un día para el otro, sin ahondar en motivos. No fue una amenaza. Se lo dijo y listo, lo hizo. Fue como pausar su vida. Su entorno intuía el porqué, pero él siempre se lo guardó. Llevó ese secreto bajo siete llaves durante 27 años. Hasta que un buen día explotó, renació y hoy es otra persona. Nadie le devuelve lo qué perdió en esos más de 9.000 días que pasó en esa jaula imaginaria. Nadie. Pero lo sabe y le sirve, porque hoy, a sus 45 años, se dedica sólo a ser feliz. En el medio, de todo un poco: diálogo con perros, "manochantas", una madre que partió sin poder cumplir su mayor deseo y un sueño que lo desvela. 

 Una de cal, otra de arena 
Luis Omar Elizondo nació el 18 de diciembre de 1975 del vientre de Antonia Elizondo, una jovencita criada en el seno de una familia muy humilde de Las Casuarinas, localidad semirural de 25 de Mayo. Su llegada al mundo trajo problemas: el padre no quiso hacerse cargo y cortó la relación con su novia, cuyo entorno siempre estuvo convencido de que la ruptura fue porque la familia del muchacho, un poco más acomodada, nunca aceptó a ella por su condición social. Lo concreto es que Omar, como todos prefieren llamarlo (o casi todos, porque algunos le dicen "Bocha"), pasó su infancia al cuidado de su madre, sus tíos y sus abuelos Marcelo y Teodora. Luego el hogar se fue poblando más, porque cuando tenía 4 años Antonia formó pareja con el jornalero Duilio Bustos y fruto de esa relación tuvo otros cuatro hijos. Ellos cuentan que jamás hicieron diferencia con Omar, siempre fue un hermano más.

La familia desde siempre residió en una casona que actualmente forma parte del Barrio Antártida Argentina, donde vivieron y viven familias tradicionales que disfrutan eso que en muchos otros lugares se perdió: vecindario en el que todos se conocen, tranquilidad en las calles y niños jugando hasta tarde sin problemas.
La niñez de Omar fue como la de cualquier otro chico. No tuvo distinción, pese a que los médicos habían descubierto que tenía un leve retraso madurativo. Tan leve que asistió a una escuela común, la Prilidiano Pueyrredón, donde su desempeño era más que aceptable. En los tiempos libres, la pelota era su mejor amiga. No estaba entre los más habilidosos pero siempre estaba preparado para los picaditos con los chicos del barrio o con sus hermanos, cualquier día de la semana y a cualquier hora, en la calle o en la cancha del Cultural Villa Borjas, a la que llegaba cruzando la calle. Se sentía privilegiado por eso.

Pero esa especie de normalidad se fue rompiendo y con los años vinieron los dolores de cabeza, principalmente cuando empezó la secundaria en la Agroindustrial 25 de Mayo. Su familia dice que más o menos antes de llegar a los 14 empezó a venirse abajo. De chico siempre lo habían gastado, pero ese niño inocente o no entendía o le resbalaba. Las burlas se centraban en sus dificultades para hablar. Omar es tartamudo. Nació con ese problema. Para él nunca fue fácil expresarse, menos si lo miran a los ojos o si a su alrededor hay mucha gente. Siendo adolescente eso le pesaba más, porque ya tenía capacidad para sentir impotencia. Impotencia por el propio hecho de no poder hablar fluido, y más impotencia porque las burlas ya le empezaban a molestar y cada vez calaban más hondo en su ser. Cada burla, cada imitación, cada carcajada de ese otro que festejaba el chiste era una bolsa que iba al basural que tenía en la cabeza. Ese basural empezó a colmarse y a los 14 largó la primera señal de alerta: "Mami, no quiero ir más a la escuela". En la casa la frase retumbó, porque desde muy chico si había algo que odiaba era faltar a clases, aún cuando estaba enfermo.

En ese tiempo no se hablaba de bullying

En ese tiempo, fines de los 80 y principios de los 90, no se hablaba de bullying. En la familia sabían que lo molestaban por sus condiciones físicas y mentales, pero probablemente no estaban al tanto del daño que llevaba por dentro. Quizás por inoperancia o ignorancia más que por dejadez, en ese momento su entorno no supo contenerlo. Eso se vio reflejado en esos tres años, desde los 14 a los 17, en los que Omar en vez de levantar se vino en picada. Cada vez se recluía más. Estaba todo el tiempo cabizbajo. No sólo no iba a la escuela. Ya no quería jugar a la pelota. Deseaba no encontrarse con nadie. Salía menos. Se iba apagando. 

 El basta y el encierro 
Omar se guardaba todo. Nunca reaccionó. Nunca le salió ser violento, ni siquiera responder con otro insulto. Agachaba la cabeza, muerto de vergüenza, esperaba unos minutos para no quedar como un cobarde y cuando nadie lo miraba desaparecía, con los puños apretados de tanta bronca contenida. Hasta en eso se fijaba para evitar más burlas. Para peor, a su tartamudez se había sumado que los otros chicos habían encontrado un motivo más para atacarlo: defectos físicos. Se le reían por su pera alargada y por una malformidad que tiene de nacimiento en la parte superior de la cabeza. Le decían "marciano" y eso para él era durísimo. También cuando, por ejemplo, lo discriminaban por sus zapatillas rotas o sus pantalones emparchados.
Acumuló, acumuló y acumuló. Hasta que no aguantó más y con 17 años, hundido en un profundo pozo depresivo, le dijo a su madre que no quería salir más a la calle y se metió en su pieza. La noche anterior casualmente había ido a un baile de carnaval, no porque quería, sino para acompañar y cuidar a Mario, su hermano seis años menor. Quizás algo le pasó ahí. Antonia interrogó, pero simplemente repitió su decisión y no dijo la causa. Ese día, un lunes de marzo de 1993, empezó su prisión domiciliaria, sin saber nadie, ni él, el tiempo de condena. Claro que no era un juego para ver cuánto duraba sin conectarse con el mundo exterior, como si se tratase de un reality. No. Era un encierro empujado por la tristeza y la resignación. Omar pasó todo un año en su dormitorio. Lo más duro para su familia era escucharlo llorar desde atrás de la puerta. Era desgarrador. Salía para ir al baño y para comer, pero no hablaba con nadie. Ni con Teodora, su abuela, la que siempre lo consintió. Su mañoso ahora parecía un desconocido sin habla que habitaba el mismo hogar. Cuando ella o cualquier otro intentaba acercarse, él se alejaba. Eso al principio llamaba la atención, era tema de conversación entre los mayores. Pero con los días lo fueron asimilando y pasó a ser normal que Omar estuviera en su pieza a toda hora. Él se las rebuscaba para aislarse y a la vez pasar desapercibido. Le agarró la mano, por ejemplo, a dormir de día y permanecer despierto durante la noche, cuando todos los otros descansaban. De esa manera nadie podía molestarlo. Esa fue una estrategia que utilizó durante casi todos los días de su encierro, los 27 años.

El primer año lo pasó todo en el dormitorio. Tenía llave y eso era un problemón, porque los otros no sabían las ideas que podían cruzársele allí adentro. Pero su único pasatiempo era leer una enciclopedia que Antonia había comprado con mucho esfuerzo. Se pasaba horas leyendo. Odiaba que alguno de los dos hermanos con los que compartía la habitación lo interrumpiera. Pero los reprendía con la mirada, porque solamente decía "si", "no" o "no sé", y si estaba en un gran día.

Ese confinamiento estricto al año mutó, porque un día se permitió salir al fondo y empezó a agarrarle el gusto a ese sector, quizás porque ahí nadie lo molestaba. Se llevaba una silla, siempre cabeza agachadita, y ahí se pasaba las horas, a veces mirando a la nada. Sus compañeros eran los perritos de la casa, que siempre lo rodeaban. En la familia dicen que de vez en cuando Omar hablaba con los animales. Como que de alguna manera buscaba desahogarse. Lo que nunca hizo fue llegar hasta la vereda. Lo máximo que hacía era pararse unos metros antes y miraba desde lo lejos la plaza. Apreciaba a los niños, como deseando estar allí. Y lloraba.
Omar con el paso de los días también descuidó la higiene. No se bañaba y llegó a tener el pelo varios centímetros por debajo de los hombros. También estaba barbudo. Cualquiera que lo hubiese visto probablemente hubiese pensado que le estaban dando asilo a un vagabundo. Pero no, era el Omar de siempre, castigado por la humillación. 

 "Manochantas" y Antonia 
En la familia siempre retumbó el porqué. Qué lo llevó a hacer eso. La causa. El motivo. En esa desesperada búsqueda se les metió en la cabeza la idea de que Omar había sido víctima de un embrujo o algo parecido. En realidad fue un vecino el que arrimó la posibilidad y de inmediato todos o casi todos tomaron como propia esa creencia, en un pueblo donde esas cosas siempre estaban presentes. 

A la casa llegaron más de cinco personas que decían tener la solución aplicando métodos sobrenaturales. Ahora en la familia, un poco con gracia y un poco con bronca, les dicen "manochantas" pues aseguran que lo único que hicieron fue llevarse la poca plata que había en el hogar. Cuando iban, pedían ver a Omar y aseguraban que tenía un mal. Entonces desplegaban sus rituales y se marchaban, con dinero y con la promesa de que en horas o días la realidad iba a cambiar. Uno de esos "manochantas" por ejemplo llenó la casa de humo y se fue con la quincena del padrastro, la del abuelo y algo más que juntaron entre los tíos. Marchó con los bolsillos llenos y de nada sirvió. Ese hombre además de condenar a la familia a almorzar té con pan por unos días, dejó las ilusiones por el piso, al igual que todos los que fueron con supuestas soluciones mágicas.

Hasta que un día vino la resignación y en la familia decidieron dejar todo en manos del destino.

Antonia, la madre, era una de las que siempre mantuvo la fe. Hasta sus últimos días. Pero partió de golpe, inesperadamente, sin poder cumplir su sueño. Criada a la antigua por un padre recto que siempre le remarcó lo que tenía que hacer, nunca tuvo poder de decisión. Una ama de casa que se guardaba todo. Hasta lo que lo llevó a la muerte, en 2016, porque a nadie le dijo que uno de los perritos le había lastimado la varice de una pierna. Se cubrió con un trapito y siguió, pero su diabetes le jugó una pésima pasada y la herida se le infectó. Seguía sin decirle a nadie hasta que sus hijos la vieron renguear y cuando a la fuerza le levantaron el pantalón, sorpresa, carne morada. Al día siguiente la llevaron al hospital y a la hora murió. Fue un golpe durísimo para todos, porque Antonia tenía apenas 59 años. Omar lloró, pero increíblemente su problema lo llevó a no participar del velorio. Fue en el comedor de la casa, pero él estuvo todo el día en la habitación, no salió a despedirla. Se encerró porque fue gente de afuera y eso a él le daba pánico. La excusa cuando les preguntaban por él era que se había ido a San Luis. Un día horrible pero que ayudó a torcer la historia. 

Omar no estuvo en el velorio de su madre ni en el de su abuela Teodora, en 2003. Y nunca fue a votar.


 

 El día más esperado 
Lunes 2 de marzo del 2020. El mundo atento al coronavirus. A Mario, hermano menor de Omar, le sonó el celular y escuchó la frase que estuvo esperando por 27 años. "El Omar quiere hablar con vos, venite". ¿Cómo? Sonaba tan raro que le costó asimilarlo. Al llegar y conocer el panorama fue inevitable pensar en su madre. Como si desde arriba hubiese hecho algo. Uno de los perritos, jugando, había lastimado una pierna de Omar. Calcado. La herida era minúscula pero le dio tanto miedo terminar como Antonia que por primera vez en años salieron de su boca más de dos palabras seguidas. "Mirá Mario, me ha pasado lo mismo que a la mami, ¿me podés llevar al doctor?". Omar estaba sentado en su cama. Se había afeitado, cortado el pelo y estaba preparado para enfrentar el mundo exterior. Esa primera salida fue más que satisfactoria, porque en la salita de Santa Rosa le dijeron que la herida no era para preocuparse y porque además, lo más importante, Omar decidió contarle su historia al médico. Ese hombre fue importantísimo, porque le importó nada las quejas de las personas que pasaron horas esperando afuera que ese paciente saliera. Claro, había mucho para contar. Ahí mismo el médico diagnosticó un grave cuadro depresivo, le recetó ver a un psicólogo y él aceptó. El regreso a casa fue con una sonrisa y esa misma tarde empezó a hablar con todos. "Perdónenme, voy a cambiar, lo voy a hacer por ustedes", les dijo. La casa era un mar de lágrimas y abrazos. Claro que aún no era tiempo de preguntas incómodas. Se tomó un té con sus hermanos, algo que no hacía desde niño. Y para ellos eso lo era todo.

Al día siguiente, el del turno con el psicólogo, se levantó temprano y pidió ir al peluquero. Preguntó si Miguel, quien le cortaba cuando era chico, atendía en el mismo lugar y quiso ir solo. Le pidió la bici a su hermana pero no pudo subirse porque sus piernas habían perdido firmeza. Se fue caminando, con un Mario siguiéndolo celosamente desde atrás, sin que se diera cuenta. Al entrar quizás se sorprendió al ver que aquel muchacho hábil con las tijeras ahora era un señor mayor un poco más paciente. Qué importa, salió cabeza levantada, sabiendo que en horas tenía un encuentro crucial. Estaba ansioso y no lo podía disimular. Y vaya que le fue bien, porque esa primera terapia fue el mayor desahogo que a su psicólogo le tocó oficiar en sus años de consultorio. Le contó que tenía ganas de caminar por el barrio, de ver cómo estaba todo. Y al día siguiente eso hizo, caminó, a paso lento y acompañado, como le habían recomendado. Esa salida con la “Gorda”, como le dice a su hermana, fue una caricia al alma. "Aquí vive uno que era compañero mío, se llama tanto, hoy debe tener tantos años". La memoria no le fallaba. Su cabeza en el encierro fue una máquina encendida y eso estaba a la vista. Recordaba todo y se emocionaba, al igual que los vecinos con los que se cruzaba.


 Un Omar diferente 
Vive en el mismo lugar de siempre, ahora con su abuelo, dos tíos y dos hermanos. Pero logró cambios, muchos cambios. El principal, que lleva todo el día una hermosa sonrisa dibujada en la cara. Lejos quedó aquel pelilargo desarreglado tan amargado como apagado. Se levanta temprano, toma unos mates, se da una vuelta por el barrio y se para a conversar con quien sea. Está buscando con quien hablar, como si quisiera sacar todas esas palabras que tuvo guardadas por tanto tiempo. Claro que el proceso de recuperación es largo y falta mucho. Todavía no se anima, por ejemplo, a ir a supermercados o a otros espacios donde hay mucha gente. Pero el mayor paso lo está dando: volvió a la escuela. Sí, después de 31 años volvió a sentarse frente a un pizarrón. Fue él mismo el que pidió volver y se hicieron las gestiones para cumplirle el deseo. En marzo empezó las clases en el CENS "Oscar Humberto Otiñano", donde cursa un plan que le permitirá terminar la secundaria en un par de años. Asiste con otros adultos semana por medio, de noche. Las primeras veces lo acompañaban, pero ahora se toma solo el colectivo hasta Santa Rosa y cuando vuelve le encanta contar lo que aprendió. Y está tan entusiasmado que su desempeño en el estudio parece no tener techo, porque dice que cuando termine la secundaria quiere ir por más. No tiene celular ni computadora, pero por ahí escuchó que la tecnología mueve al mundo y por eso está convencido de estudiar informática. ¿Formar una familia? Le da vergüenza que le pregunten y sale del apuro bromeando que con su cara no va a conseguir a nadie. Nadie lo apresura. Él, de esperar, sabe...


 CIFRAS 

27
años estuvo encerrado. Desde 1993 al 2020. Pasaron siete mundiales de fútbol, tres papas, el atentado a las Torres Gemelas, la gripe porcina, el tsunami en Japón. Y él seguía ahí. 

22
kilómetros caminó dos semanas después de salir del encierro, pese a su deteriorado estado físico. Era un deseo que tenía desde chico y lo cumplió. Fue un verdadero envión. Se fue desde su casa hasta el cruce de La Plata y Ruta 20, Caucete. El piscólogo lo retó, pero él explicó que siempre soñó con hacer eso y que se había planteado la meta. De ahí en más no paró.
 

 Pasito a pasito 
Como su terapia está en pleno proceso, para Omar puede ser contraproducente recordar cosas del pasado. Por eso su familia pidió y este diario respetó la decisión de que él no sea entrevistado. 

 Solidaridad 
Omar necesita una computadora para poder realizar las tareas virtuales de la escuela. También desea tener un celular, para irse amigando con el mundo de la informática. Por razones económicas su familia no puede afrontar esos gastos y su pensión recién está en trámite. Para colaborar, comunicarse al 2645044275. 


 Renovado 
Para mejorar el aspecto y la capacidad de habla, Omar empezó un tratamiento para cambiar todas sus piezas dentales. Tener menos dientes agrava su tartamudez.

 Nunca se enfermó 
Una enfermedad podría haber sido mortal, porque no hubiese querido ir a atenderse o porque si lo sacaban a la fuerza luego podría haber querido atentar contra su vida. Eso explicó el psicólogo. Según la familia, Omar nunca fumó, nunca bebió alcohol y siempre le gustó comer sano y abrigarse bien.

 La sorpresa de su vida 


A través de un video, el exjugador verdinegro Luis Francisco Tonelotto envió un saludo a Omar y prometió regalarle una camiseta del inolvidable ascenso de San Martín en el 2007. Fue una sorpresa gestionada por este diario que recibió con lágrimas de felicidad, porque el “Tonegol” es su ídolo máximo.

 Entrevista con Mario Bustos, hermano menor y "compinche" 

"No quiero que haya otro Omar"

Pasó por estados de bronca, impotencia, tristeza y felicidad a medida que iba hilvanando la historia. Porque para Mario Bustos (39), más que un medio hermano, Omar lo es todo. Vivió de cerca cada etapa, sufrió a la par de él. Hoy, saca pecho, dice que es su ejemplo y tiene entre ceja y ceja un solo objetivo: concientizar.

-¿Cómo fue vivir de cerca esos 27 años?
-Tengo mucho dolor dentro mío, he tenido una vida muy fea. A los 17 años empecé a consumir droga, por la vida de m... que tenía. Intenté salir del infierno en el que estaba por ver que mi hermano la pasaba muy mal. Yo también dejé la escuela porque me pegaban, la única diferencia con Omar fue que yo nunca me encerré. Yo salía de mi casa y no quería volver. Me iba un jueves y volvía un martes. Chupaba, me drogaba, cocaína, pastillas, pegamento. En el 2011 me dio un preinfarto por la cocaína y decidí hacer un tratamiento. Yo cuando llegaba borracho o drogado me sentaba al lado de él en las noches, para charlar. Le decía: ‘Omar, soy tu hermano, hemos compartido un montón de cosas, hablemos, por favor... a mí me podés contar, yo no le voy a decir a nadie, podés confiar en mí‘. Pero él no me decía nada... ni siquiera te miraba. Nunca me dijo cuál era su problema. A mí me daba impotencia el no poder saberlo. Tampoco lo quería obligar ni hacerlo sentir incómodo.

-¿Cuándo te lo dijo?
-Un domingo que vino a almorzar a mi casa, hace como 5 meses. Me dijo que era porque se le burlaban de la tartamudeada, porque se le reían, porque lo trataban mal. Me dijo que cuando iba a la escuela no lo dejaban aprender porque lo insultaban, se le reían, lo encerraban en el baño. Me contó todo, con lujo de detalles. Me dijo que no soportaba que lo trataran como si no fuera nada, que lo opacaban con sus insultos, con sus burlas. Me decía: ‘Me hicieron doler mucho acá (se toca el corazón). Me arruinaron la vida, yo no quería hacer eso, quería mostrarle a la mami que podía ser abanderado, y ellos no me dejaron. Me pegaron tanto, me hicieron llorar tantas veces que no aguanté más, me quise alejar de todo, me encerré en mi dolor y no le conté a nadie porque tenía vergüenza‘. Me partió el alma, ese almuerzo fue un desahogo, despedimos mucha tristeza. Nos sentamos a las 12 y estuvimos hasta las 7 de la tarde, abrazados, llorando, contando cosas.

-¿Nunca intentó matarse?

-Una vez lo intentó, cuando salió me lo contó. Quiso tomarse las pastillas de mi abuela. Ella sufría del corazón y tenía un tupper lleno de pastillas. Me dijo que un día se llevó el tupper a la habitación y que se iba a tomar todo porque no aguantaba más, pero que lo salvó la cara de mi mamá. Vio la cara de mi mamá en la tapa del tupper, pidiéndole que no lo haga. Ahí él tenía como 35 años.

-¿Qué hacía para sus cumpleaños u otras fiestas?

-Se iba para el fondo o se encerraba en la pieza. No estuvo en Navidades, en algunas estuvo cuando estaba mi abuela. Se cambiaba, se arreglaba un poco y se sentaba al lado de ella. Cuando falleció, en el 2013, nunca más compartió una Navidad o Año Nuevo. Él la adoraba a mi abuela, pero no hablaba con ella. con todos era "si", "no" o "no sé". No había forma de hablar con él.

-¿Cómo viviste ese día que decidió salir?

-No te imaginás la alegría para mí en ese momento. No te das una idea lo que fue para mí ese día, escuchar que quería ver a un doctor. Lo abracé, fuerte, y le dije que lo iba a ayudar en todo. En ese momento todo cambió, toda la tristeza que hubo en 27 años se transformó en alegría de un segundo para otro. Fue lo más lindo que me ha pasado en mi vida. Me dijo: 'Quiero que me ayudes porque no quiero ser más así'. Fueron las palabras más lindas que he escuchado en mi vida. Yo le dije que se quedara tranquilo, que lo iba a ayudar. Ahí empezó a hablar, de forma fluida, con todos. Dijo: 'Perdónenme, voy a cambiar, lo voy a hacer por ustedes'. Yo dentro de toda mi alegría quería que estuviera tranquilito, que no se emocionara mucho. Ese día estuvimos abrazados, mi tía quería preguntarle cosas pero yo decía que esperara, que iba a ir al psicólogo. Al día siguiente lo llevé a primera hora, toda esa semana lo fui a acompañar. Perdí el trabajo pero me ch... un h.... Fue lo más lindo que me pasó, acompañarlo a ese tratamiento.

-¿Te pasa que querés encontrar culpables?
-Siempre busqué culpar a alguien, pero no sé de quién es la culpa. Él tiene una memoria tan privilegiada que se acuerda de todos los que lo maltrataron, de todos. Son muchos, las tiene en su cabeza. A mí me nombró como 15 y hay muchos más. Se acuerda de los nombres, en qué curso los tuvo de compañeros, en qué situaciones lo maltrataron. Se acuerda como si hubiese sido ayer.

-¿Recuerda alguno en especial?

-Hay un tipo del que él se acuerda más, iba a la escuela con él. Era el que más le pegaba, más se abusaba de él. Mi hermano lo odiaba y lo sigue odiando. Imagínate si sale y lo ve. Puede pasar que vuelva todo para atrás, que se quiera volver a encerrar por temor a ese tipo o que lo enfrenta y lo quiere reventar, sacarse la bronca. Yo estuve averiguando porque quiero hablar con él. No quiero romperle la cara, podría hacerlo, joderle la vida como se la jodió a mi hermano. ¿Pero sabés lo que quiero? Hablar con él y que él hable con los hijos, que les enseñe que no tienen que ser tan hijos de p… como fue él. Que les cambie la mentalidad, que no les enseñe la m... que fue él. Mi hermano iba a la escuela con zapatillas rotas y él se le burlaba, lo había agarrado de punto. Me encantaría cagarlo a trompadas, ¿sabés todas las cosas que he pensado que podía hacerle? Hasta arrancarle las uñas con una pinza. Pero no, no sirve de nada, no gano nada.

-¿Cuál es la enseñanza?
-Regalale 5 minutos de tu tiempo a tu hijo y enseñale a no lastimar a una persona. Es tan simple como eso. Aunque sea una vez por día. No quiero que haya otro Omar. Le pueden joder la existencia a una persona. No sólo se la jodieron a él, no te das una idea lo que hemos sufrido nosotros, los hermanos, mi mamá. Ella se murió esperando que él saliera. Ella siempre me lo dijo: 'Mi sueño es ver a mi hijo salir aunque sea a la esquina de la plaza'. Se murió y no lo pudo ver.