SUPLEMENTO

INTA y la UNSJ capacitaron a productores ante la temporada más exigente de los últimos años

La Unidad Integrada INTA-UNSJ reunió a productores y técnicos para prevenir peronóspora, oídio y podredumbre ante un escenario climático inestable.

Por Lara Carrascosa 27 de octubre de 2026 - 06:32

Noventa y dos milímetros de lluvia promedio al año, con el 60% concentrado en apenas tres meses; un fenómeno El Niño que, según la escala científica, avanza hacia la categoría más intensa posible; y una helada de hasta -7°C registrada en septiembre de 2026, la más severa en años para la zona. Esa fue la postal climática con la que el INTA y la Universidad Nacional de San Juan (UNSJ) abrieron este lunes la jornada de capacitación “Sanidad en Vid: Estrategias de Prevención y Control ante Condiciones Meteorológicas Críticas”, organizada por el Departamento de Ingeniería Agronómica de la Unidad Integrada INTA-UNSJ, en su sede de calle 11 y Vidart. El mensaje central de los tres especialistas que expusieron fue el mismo: la temporada 2026-2027 exige anticipación, no sorpresa.

La actividad reunió a productores, técnicos y representantes de empresas del sector. En la apertura, la directora del INTA, Mónica Ruiz, y la decana de la Facultad de Ingeniería, Andrea Díaz, remarcaron la necesidad de transformar la preocupación por el escenario climático en una ocupación concreta: prepararse con información técnica ante una temporada que calificaron como particularmente compleja.

Mónica Ruiz (INTA) y Andrea Díaz (Facultad de Ingeniería) abrieron la jornada con un mismo pedido a los productores: transformar la preocupación por el clima en preparación concreta.

Treinta y seis años de lluvia marcan a febrero como el mes crítico

El ingeniero agrónomo Cristian Albors, de la cátedra de Climatología Agrícola de la Unidad Integrada, presentó un análisis de las precipitaciones registradas entre 1990 y 2025 en la estación meteorológica Las Chacritas, del Servicio Meteorológico Nacional. “Estudiamos el pasado para entender el futuro cuando se haga presente”, explicó, al aclarar que la cátedra no elabora pronósticos sino que analiza series históricas para anticipar comportamientos cuando las condiciones se repiten.

Cristian Albors explicó que, de los tres vértices que determinan una enfermedad —patógeno, hospedante y ambiente—, es este último el que la cátedra de Climatología Agrícola puede anticipar con datos históricos.

Según ese registro de 36 años, el Valle de Tulum recibe en promedio 92 milímetros de lluvia al año, de los cuales 52 milímetros —cerca del 60% del total— caen en diciembre, enero y febrero, los meses de crecimiento de grano, envero y cosecha. Febrero es, además, el mes individual más lluvioso, con un promedio de 22 milímetros. En cuanto a la frecuencia, el año con más días de lluvia de toda la serie fue 2011, con 24 jornadas sobre 365; le siguieron 1999 (22 días), 2008 (21 días) y 2018 (18 días). En el otro extremo, 2014 tuvo apenas 10 días de lluvia en todo el año, pero seis de ellos superaron los 10 milímetros, el umbral que la cátedra considera relevante para el desarrollo de enfermedades.

Justamente 2014 fue el año de mayor precipitación acumulada de toda la serie: 194 milímetros, de los cuales 159 cayeron en solo tres días consecutivos de febrero, un episodio que los productores presentes todavía recuerdan por la demora para poder cosechar. Albors atribuyó ese evento extremo a un “río atmosférico” proveniente del Pacífico —el mismo tipo de fenómeno que provocó las inundaciones de Valencia el año pasado—, un objeto de estudio incorporado a la climatología regional hace apenas seis años. El dato llamativo es que 2014 fue un año neutro, sin influencia de El Niño ni de La Niña, lo que el disertante usó para remarcar que no toda lluvia extrema responde a ese fenómeno. También señaló una anomalía en octubre, mes con una media histórica de apenas 4 milímetros, en 2004 y en 2024 se superaron los 20 milímetros, justo en plena brotación y floración y fue asi que en 2024 ese exceso de humedad temprana se vinculó con un brote de peronóspora.

Sobre El Niño en sí, Albors explicó que se origina por un calentamiento de la temperatura superficial del océano Pacífico ecuatorial por encima de lo normal, frente a las costas americanas. Es un proceso progresivo: comienza a desarrollarse hacia junio y julio, alcanza su punto máximo en diciembre —de ahí su nombre, por la cercanía a la Navidad— y sus efectos pueden extenderse hasta febrero o incluso marzo. Su impacto no es uniforme en toda Sudamérica: genera sequía en el norte del continente (Brasil, Colombia, Ecuador, Centroamérica) e inundaciones en el litoral argentino, el sur de Brasil y Uruguay. La clasificación científica —distinta de la escala que suele difundirse en los medios— mide el fenómeno en cuatro niveles de intensidad: débil, moderado, fuerte y muy fuerte. Según Albors, la temporada en curso avanza hacia esta última categoría, la más severa.

En los valles productivos de San Juan, sin embargo, el fenómeno tiene un efecto indirecto. La cordillera, de hasta 5.000 metros de altura, aísla al Valle de Tulum de la influencia directa del Pacífico, mientras que la distancia al océano Atlántico es de unos 1.200 kilómetros. Por eso, explicó Albors, los valles sanjuaninos son considerados científicamente zonas de transición frente a El Niño y La Niña: el impacto es mucho más directo en la zona cordillerana —donde este año se proyecta una importante acumulación de nieve, con el consiguiente aumento del caudal de los ríos— que en los valles productivos, donde la variabilidad y la incertidumbre de corto plazo son mucho mayores, con pronósticos que cambian de un día para el otro.

El mapa oficial del SMN para los meses de primavera muestra anomalías de precipitación y temperatura mucho más marcadas en el litoral y el centro del país que en Cuyo, la región que menos certezas ofrece frente a El Niño.

El fenómeno se estudia científicamente desde la década de 1940, aunque es un proceso natural preexistente, documentado desde hace miles de años. Entre los antecedentes de “Niño muy fuerte” en la región, Albors citó dos: 1997-98, el más catastrófico del registro moderno, cuando el río San Juan llegó de orilla a orilla, y 2015-16, también fuerte, pero de impacto comparativamente menor, en parte por la mayor infraestructura de diques ya existente. El análisis comparó ambos episodios mes a mes contra el promedio histórico: en 1997-98, octubre no registró lluvia (contra un promedio de 4 milímetros), diciembre superó el promedio (en torno a 25 milímetros) y, pese a tratarse de un Niño muy fuerte, enero de 1998 no tuvo una sola lluvia; el acumulado de diciembre a febrero de ese episodio fue de 49,3 milímetros, por debajo del promedio histórico de 52. En 2015-16, noviembre tuvo un salto marcado (de un promedio de 7 milímetros a 14), enero quedó prácticamente en el promedio y febrero saltó de 22 a 30 milímetros; el acumulado del trimestre fue de 47,7 milímetros, también por debajo del promedio.

La conclusión que compartió con los productores fue doble: primero, que en ninguno de los dos “Niños muy fuertes” analizados aumentó el volumen total de lluvia del trimestre crítico: lo que cambió fue la distribución, concentrada con mayor intensidad, y en ambos casos febrero fue el único mes que creció de forma sostenida. Segundo, que no existen dos episodios de El Niño iguales entre sí, por lo que no puede anticiparse con certeza qué ocurrirá esta temporada, aunque la evidencia histórica da altas probabilidades de que febrero vuelva a ser el “cuello de botella” sanitario.

“El fenómeno El Niño no es un pronóstico para la finca individual”, remarcó Albors, y agregó que no toda lluvia de diciembre, enero o febrero debe atribuirse a este fenómeno, porque son de por sí los meses más lluviosos del año en la región. El valor del análisis histórico, insistió, no es predictivo sino preparatorio: permite anticipar la calibración de maquinaria y la planificación de aplicaciones preventivas antes de que lleguen las lluvias.

Tres enfermedades bajo la lupa

El ingeniero agrónomo Jorge Lafi, titular de la cátedra de Fitopatología, tomó esa alerta meteorológica como punto de partida para analizar su correlato epidemiológico. Recurrió al concepto del “triángulo de la enfermedad” —un patógeno virulento, un hospedante susceptible y un ambiente favorable— para explicar que, en un escenario de Niño, el vértice más comprometido es el ambiente: hay mayor disponibilidad de inóculo, mayor capacidad de dispersión del patógeno y ciclos de infección más cortos y numerosos. Las temperaturas más bajas de lo habitual este año modifican además los tiempos de latencia de los patógenos, y las lluvias abundantes favorecen la dispersión por salpicadura, la germinación de esporas y, sobre todo, prolongan el mojado foliar —el tiempo que la hoja permanece húmeda—, el factor más determinante para que ocurra una infección.

Sobre la peronóspora de la vid, explicó que su inóculo invernal sobrevive en la hojarasca y el suelo del ciclo anterior, y que necesita agua libre para que las esporas naden hasta un estoma e infecten. En la hoja se reconoce por manchas cloróticas sin bordes definidos, con una pulverulencia blanquecina visible en el envés cuando hay alta humedad; puede provocar una defoliación de hasta 30% en hojas jóvenes y de hasta 50% en hojas maduras, al punto de que, en pleno diciembre, un parral puede parecer que “otoñó”. En los racimos, la enfermedad avanza con una necrosis que progresa desde la punta hacia atrás —lo que Lafi describió como “muerte regresiva”—, un patrón que permite diferenciarla de una deficiencia de calcio o magnesio, donde el daño es uniforme en todo el racimo. Para confirmar el diagnóstico en el campo, recomendó la técnica de la “cámara húmeda”: colocar la hoja o el racimo en una bolsa negra humedecida durante ocho horas, a entre 15 y 20 grados, y revisar al día siguiente si aparece la pulverulencia característica. Las condiciones que predisponen su aparición son temperaturas de 15 a 20 grados, humedad relativa cercana al 90% y, siempre, agua libre; como regla práctica mencionó la “regla de los 3-10”, brotes mayores a 10 centímetros, al menos 2 horas de agua libre y temperatura igual o mayor a 10 grados al amanecer.

La pulverulencia blanquecina en el envés de la hoja es el signo que confirma la presencia de peronóspora, la enfermedad que más preocupa a los viñedos de San Juan en una temporada con lluvias frecuentes.

El oídio, en cambio, está presente todos los años, con o sin Niño, porque tolera un rango de temperatura mucho más amplio —entre 5 y 33 grados, con un óptimo de 20 a 30— y no depende del agua libre (que incluso puede inhibirlo, porque los conidios estallan al absorberla), sino de la humedad relativa alta, cercana al 80%, combinada con canopias densas y poco ventiladas. Sobrevive el invierno como micelio protegido bajo las yemas; a diferencia de lo que ocurre en regiones como Francia, su forma sexual no tiene relevancia epidemiológica en San Juan, por lo que Lafi fue categórico en que no se justifican tratamientos invernales contra esta enfermedad en la provincia. En la hoja genera un moteado clorótico con pulverulencia blanquecina; en los pámpanos produce manchas necróticas oscuras que, agrupadas, se reconocen como “mildiamiento”. En el racimo puede atacar temprano —deteniendo el crecimiento externo de la baya mientras la pulpa y la semilla siguen creciendo, lo que provoca rajaduras— o más tarde, afectando sobre todo la calidad cosmética, un dato especialmente relevante para la uva de mesa.

El ataque temprano del oídio frena el crecimiento externo de la baya mientras la pulpa sigue creciendo por dentro, lo que termina rajando el racimo y afectando su calidad comercial.

La tercera enfermedad, la podredumbre de racimos, está encabezada por Botrytis cinerea, en conjunto con un complejo de hongos —Aspergillus, Penicillium, Alternaria, Cladosporium— y, cuando se suman levaduras y bacterias acéticas, deriva en la llamada “podredumbre ácida”. Requiere agua libre, con un óptimo de entre 20 y 25 grados, y es favorecida por racimos compactos y por el mayor contenido de azúcar a partir del envero. Sus consecuencias en bodega son serias: ácidos lácticos, acéticos y pirúvicos que generan sabores indeseados, decoloración de los vinos —los tintos pierden color, los blancos toman tonos marrones— y riesgo de micotoxinas, en particular ocratoxinas producidas por Aspergillus, relevantes sobre todo para la comercialización de pasas. Lafi mencionó, solo como contraste conceptual, la “podredumbre noble” de los vinos franceses tipo Sauternes, un proceso de deshidratación controlada que algunas bodegas buscan imitar en condiciones controladas, sin relación con lo que ocurre naturalmente en los viñedos sanjuaninos.

La podredumbre de racimos no solo reduce el rendimiento: también deja ácidos y sabores indeseados que terminan afectando la calidad del vino.

En cuanto al calendario de riesgo, el período de mayor susceptibilidad de los racimos a oídio y peronóspora va desde la prefloración hasta que la baya alcanza el tamaño de una arveja; a partir del envero, cuando el racimo cambia de color, deja de ser sensible a esas dos enfermedades, aunque hojas y pámpanos siguen expuestos durante todo el ciclo. Las podredumbres, en cambio, cobran protagonismo recién en la precosecha, entre 10 y 20 días antes de cosechar, cuando pueden “explotar” si hay lluvias en ese período.

Como estrategia de manejo integrado, Lafi propuso combinar prácticas culturales —desoje estratégico para airear la canopia, sobre todo en parrales densos; equilibrio de carga; riego de precisión para evitar el anegamiento, que agrava la humedad ambiente; y fertilización equilibrada— con un monitoreo fenológico permanente cruzado con el pronóstico meteorológico. Introdujo el concepto de “ventana logística”: si una lluvia deja el suelo anegado, el productor puede perder varios días de acceso con el tractor justo en el lapso en que una aplicación preventiva sería más eficaz, lo que termina convirtiendo esa aplicación en curativa y mucho menos efectiva, considerando que el ciclo de infección de la peronóspora dura apenas entre 6 y 7 días desde que infecta hasta generar nuevo inóculo. Insistió en aplicar siempre antes de la infección, priorizar productos por su tenacidad —la capacidad de resistir el lavado por lluvia— y no repetir el mismo principio activo más de dos veces seguidas, para evitar que el patógeno desarrolle resistencia.

También distinguió tres conceptos que suelen confundirse: la residualidad, el tiempo durante el cual un producto sigue siendo tóxico (el error común es creer que una alta residualidad protege igual aunque una lluvia lave hasta un 80% del ingrediente activo el primer día); la sistemia, el traslado de un fungicida dentro de la planta, que es mucho más limitado de lo que suele suponerse y no corrige una mala cobertura de aplicación; y la curatividad, que solo actúa en fases intercelulares muy tempranas de la infección, porque ningún producto revive un tejido ya necrosado.

Sobre la calidad de aplicación, recomendó un volumen adecuado (mencionó 1.500 litros por hectárea como referencia), el uso de coadyuvantes —dada la baja humedad relativa y las temperaturas que favorecen la evaporación rápida en la zona— y asegurar que el producto moje bien el racimo, un punto crítico para controlar Botrytis.

Sobre los productos biológicos, como los que tienen base de Trichoderma, aclaró que requieren un enfoque distinto al de un químico: hay que aplicarlos con anticipación y dejar que colonicen el nicho ecológico hasta alcanzar un nivel poblacional eficaz, sin esperar un efecto inmediato como el de un fungicida convencional.

Jorge Lafi, titular de la cátedra de Fitopatología de la Unidad Integrada INTA-UNSJ, advirtió que la temporada con lluvias intensifica el riesgo de peronóspora, oídio y podredumbre de racimos en la vid sanjuanina.

Consultado por productores sobre cómo actuar frente a la brotación despareja que generó el clima de esta temporada —sectores en plena floración junto a brotes mucho más atrasados—, Lafi recomendó evaluar el porcentaje de floración alcanzado: si supera el 30% y hay lluvia pronosticada dentro de los diez días siguientes, aconsejó empezar a cubrir el cultivo sin esperar a que los brotes se emparejen, siguiendo la “regla de los 3 días” según los registros de la estación meteorológica. En plena floración descartó el uso de cobre solo, por el riesgo de fitotoxicidad, y sugirió productos multipropósito —mencionó una combinación de estrobilurina y triazol— capaces de cubrir simultáneamente peronóspora, Botrytis y oídio a dosis máxima; aclaró que, en años normales, en Mendoza no se trata Botrytis durante la floración, pero que en una temporada con lluvia pronosticada, como la actual, sí se justifica arriesgar esa aplicación preventiva. Sobre la aplicación con drones, la calificó como una alternativa válida para tareas de prevención general —con un ahorro de hasta 80% en tiempo y superficie recorrida frente a un equipo terrestre—, pero remarcó que su volumen de trabajo, de entre 60 y 100 litros por hectárea, no garantiza a su criterio la cobertura necesaria para proteger el racimo en los momentos de mayor riesgo, donde prefiere el equipo terrestre tradicional.

El golpe de la helada y la fisiología de la planta

La Dra. Beatriz Pugliese, a cargo de la cátedra de Viticultura y organizadora de la jornada, cerró los bloques técnicos con un repaso de cómo el clima de esta temporada impacta en la fisiología de la planta, con el foco puesto en el Valle de Tulum, uno de los cinco valles productivos de la provincia junto a Fértil, Iglesia, Jáchal y Calingasta.

Explicó que octubre es un momento clave del ciclo: coincide con el primer pico de crecimiento de las raíces del año —las principales responsables de la absorción de nutrientes— y, dentro de las yemas que se están formando ahora, con la inducción de los racimos que se cosecharán recién en 2027. El brote nuevo, dijo, usa durante el primer mes las reservas acumuladas el ciclo anterior, hasta que sus propias hojas empiezan a generar fotoasimilados que alimentan racimo, yemas, reservas y raíces al mismo tiempo. Por esa simultaneidad, cualquier daño de plaga o enfermedad en esta etapa no solo afecta la temporada en curso: también compromete la inducción de yemas y, con ella, la cosecha siguiente.

Pugliese remarcó además la importancia del “agostamiento”, la maduración de la madera del sarmiento que debe completarse antes de las heladas invernales para asegurar reservas suficientes; recomendó frenar el crecimiento del brote al momento del envero, para que los azúcares se destinen a reservas y racimo en lugar de a un crecimiento vegetativo secundario, más vulnerable a futuras heladas.

Sobre la helada registrada en septiembre de 2026, con temperaturas de hasta -7°C —un valor extremo para la zona, aunque septiembre suele traer temperaturas bajas todos los años—, detalló varios efectos observados en el territorio. En variedades tempranas se encontraron yemas dañadas que, al brotar, dieron racimos mal cuajados o con bayas chicas y deformadas, porque en el momento de la helada esas yemas todavía estaban terminando de armar la estructura interna del futuro racimo. En los casos más severos hubo muerte total de yemas, con necrosis del floema —el tejido que transporta los azúcares, a diferencia del xilema, que transporta agua— visible a simple vista al cortar la madera; también se registraron troncos rajados por el frío, un daño que remarcó no debe confundirse con una enfermedad bacteriana. En hojas jóvenes, el frío generó necrosis en los bordes expuestos que, al seguir creciendo la hoja, producen un aspecto de bordes recortados o “flecos”, otro síntoma que puede confundirse con un ataque patógeno pero que responde solo al frío.

Hojas y yemas quemadas por el frío: así quedó parte de la brotación temprana tras la helada de hasta -7°C registrada en septiembre, la más severa en años para la zona.

La especialista también advirtió sobre plagas que exigen atención en este tramo del ciclo, como la lobesia (polilla de la vid) y la cochinilla, esta última relevante además porque transmite virus; recomendó no descuidar el control de los primeros vuelos, antes de que la plaga llegue cargada al final de la temporada, cuando además favorece el ingreso de Botrytis.

Sobre las llamadas “primaveras frías” —días fríos y nublados como los de esta temporada—, explicó que generan clorosis por deficiencia funcional de hierro, elemento clave de la clorofila, así como de boro y zinc, elementos poco móviles en la planta que afectan el desarrollo floral, la germinación del polen y el cuaje, derivando en bayas chicas. Son cuadros que suelen resolverse solos apenas sale el sol y que, advirtió, no deben confundirse con una enfermedad. Como ejemplo de lo delicado que puede ser ese diagnóstico, citó el caso de productores de la zona de Pocito que, la temporada pasada, fertilizaron con nitrógeno durante un período fresco y nublado: al no haber suficiente fotosíntesis, el nitrógeno absorbido no llegó a metabolizarse en compuestos carbonados y se acumuló como amonio, generando toxicidad en la planta, con síntomas en el raquis que llegaron a confundirse con daño de oídio. Los análisis de tejido confirmaron la acumulación de amonio y putrescina, y el mismo desequilibrio puede afectar la absorción de potasio, magnesio y calcio. Por eso recomendó realizar análisis de tejido vegetal durante toda la temporada, para diferenciar con precisión una enfermedad de una deficiencia nutricional antes de ajustar la fertilización y el riego.

Pugliese cerró con una explicación sobre la fisiología de la fotosíntesis: su temperatura óptima en la vid es de 25 a 30 grados; por debajo de los 20 grados —como viene ocurriendo esta temporada— la actividad fotosintética empieza a caer, mientras que por encima de cierto umbral aumenta la respiración de la planta, que consume parte del azúcar ya producido y reduce la acumulación neta. “El clima es un factor más del manejo, no algo aislado”, resumió, e insistió en que la información histórica —por ejemplo, que febrero concentra el mayor riesgo sanitario, o que septiembre y noviembre suelen anticipar cómo viene la temporada— debe usarse como herramienta de prevención antes que de certeza.

“El daño no se ve solo en el momento, se arrastra en la producción del año siguiente”, señaló Pugliese ante el esquema que vinculó clima y fisiología de la planta.

Tras la ronda de preguntas, la jornada continuó con un espacio comercial en el que representantes de Corteva, Betta y Syngenta expusieron sus propios desarrollos y ensayos para el manejo sanitario de la vid. La actividad contó con el apoyo de Agroconsulta, +VOS Sinergia Agro, Betta Biotecnología, Agrofit, Punto Este, Nutrientes Campo & Agro, Syngenta, Corteva Agriscience, Coviar, la Corporación Vitivinícola de San Juan (CDV San Juan) y el Ministerio de Producción, Trabajo e Innovación de la provincia.

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