Hace casi ocho décadas, un grupo de productores vio en el olivo un recurso para transformar la economía de San Juan. En 1947 se fundó la primera Cámara de Olivicultores con la misión de defender la producción local y darle voz a una actividad que comenzaba a moldear el paisaje provincial. Medio siglo después, la Cámara Olivícola de San Juan representa una historia de perseverancia, trabajo mancomunado y visión de futuro bajo la presidencia de Daniel Fernández.
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Cámara Olivícola. Medio siglo promoviendo el desarrollo del sector
Trabajo en equipo. Con cerca de 30 miembros, representa una historia de perseverancia, labor mancomunada y visión de futuro.
La trayectoria de la institución ha estado marcada por un diálogo constante con las diferentes administraciones provinciales para consolidar a San Juan como un referente nacional. A lo largo de los años, la cámara defendió los intereses de sus socios frente a complejos acuerdos internacionales como el de la Unión Europea y el Mercosur, y también gestionó líneas de crédito fundamentales para sostener la actividad en momentos decisivos.
Hoy, el dinamismo del sector se refleja en la diversidad de sus integrantes: la Cámara reúne cerca de 30 miembros, que van desde grandes empresas exportadoras con tecnología de vanguardia hasta pymes y proyectos familiares que impulsan la Ruta del Olivo.
Los resultados hablan por sí solos. "Un logro sin precedentes fue la obtención de la Indicación Geográfica (IG), un sello que ubica al producto sanjuanino en los estándares de calidad más exigentes del mundo", destacó Fernández. Además, San Juan genera hoy el 30% del total de aceite de oliva que Argentina exporta, llegando a mercados como Brasil, Estados Unidos y Europa. Esto respalda una certeza: el asociativismo es la herramienta más sólida para progresar en la industria.
Un factor diferencial de la cámara sanjuanina es que abarca la cadena completa, desde el trabajo agrícola en el campo hasta el procesamiento en fábrica. La comisión directiva estructura su labor en dos grandes áreas, aceite de oliva y aceitunas de mesa, garantizando representación equitativa tanto para el pequeño productor como para las corporaciones de mayor escala.
Mirando hacia el futuro, el desafío central planteado por Fernández no pasa por la asistencia estatal, sino por alcanzar la equidad necesaria para competir de igual a igual en el escenario internacional.
La historia olivícola sanjuanina es, en definitiva, la prueba de cómo el esfuerzo compartido puede convertir un cultivo regional en un embajador de calidad global. Y el camino recorrido demuestra que la unidad del sector ha servido para proteger las políticas de producción y para afrontar la apertura de mercados.