El fuego que lleva consumidas unas 22.000 hectáreas en Chubut es parte de un fenómeno producto de diversas variables, como el avance de nuevas urbanizaciones y los cambios ambientales derivados de la crisis climática, que se traducen en el sur del país, y particularmente en el norte de la región, en mayores temperaturas y menor cantidad de precipitaciones.
La zona incendiada en esa provincia, que incluye al Parque Nacional Los Alerces y a las localidades de Epuyén, El Hoyo, Puerto Patriada y El Turbio, contempla bosques de especies nativas como cipreses, coihues y lengas, mezclados con pinos plantados hace más de 50 años para explotación forestal. Este es uno de los primeros factores que explican el principio del fin para los árboles nativos.
Esta especie invasora no sólo tiene alta capacidad inflamable sino que, además, se potencia su expansión con las altas temperaturas ya que sus frutos, las piñas, necesitan condiciones como las actuales para abrir sus semillas. Incendios como los que se vienen desarrollando hace varias temporadas en la Patagonia dejan cientos de semillas por metro cuadrado listas para germinar y comenzar a crecer, en lo que Javier Grosfeld, técnico superior del Conicet Patagonia Norte, calificó como un “caldo de cultivo para que los próximos incendios sean violentos”.
“Los pinos ganan territorio sobre las especies nativas. En 1999, había 8 mil coihues por hectárea en Puerto Patriada, pero 17 años después, una investigación del Inbioma (Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente del Conicet) detectó 100.000 a 150.000 pinos por hectárea”, graficó a TN el investigador.
Bosque modificado
Luego de cada incendio que se da en la Patagonia, la única posibilidad de revertir las condiciones favorables para la propagación del pino es llevar adelante un plan de manejo preventivo para evitar que crezcan nuevos ejemplares, señaló el investigador Conicet Mariano Amoroso.
“Una mayor reincidencia de los incendios le quita resiliencia al territorio”, agregó en diálogo con TN quien, además, es profesor de la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN) y se desempeña en el Instituto de Investigaciones en Recursos Naturales, Agroecología y Desarrollo Rural (Irnad).
La clave para que las plantas autóctonas tengan posibilidad de regenerarse y, aunque sea, intentar competirle a las especies invasoras es que los restos de cipreses, coihues o lengas dejen semillas para poder reproducirse, explicó la becaria doctoral del Conicet Melina Páez, que también trabaja en el Irnad.
Esa posibilidad, con las condiciones de los últimos años, es cada vez más difícil. La mayor severidad de los últimos incendios deja más árboles muertos que ni siquiera pueden dejar semillas disponibles. Esto reemplaza unas especies por otras que empiezan a conformar un “paisaje más inflamable”.
“Cambia la composición de la vegetación: es más susceptible a prenderse fuego y esa reincidencia (de los incendios) en los mismos lugares lleva a que se pierdan ecosistemas y que se conforme un bosque de matorrales, que son más inflamables”, explicó Páez.
Este cambio en el paisaje se da tras sucesivos incendios que se intensificaron en los últimos años y que vienen afectando a las especies nativas, acostumbradas a ciclos distintos en los desarrollos de focos de fuego: “Estos fenómenos se daban cada cierto tiempo y las especies semilleras (nativas) tenían tiempo para recuperarse”.
Los matorrales que quedan, profundizó Amoroso, se componen de árboles más chicos y especies más arbustivas, que crecen más rápido pero rebrotan diferente, en muchísimos tallos, que dejan más material combustible en un corto período. “Los bosques (de especies nativas) están desapareciendo y es muy posible que no podamos volver a recuperarlos”, aseguró.

