Hay miradas que ven mucho más allá de lo que la física o la medicina permiten explicar. En la vida de Mateo Sepúlveda, esa certeza comenzó a moldearse desde el mismo momento en que nació con síndrome de Crouzon, una extraña condición genética que afectó el desarrollo de los huesos de su cráneo y le provocó una disminución visual severa.
Mateo Sepúlveda, el joven que venció un diagnóstico irreversible, estuvo tres años en la sombra y hoy hace historia en el atletismo argentino
Una historia inspiradora de un muchacho neuquino que nunca bajó los brazos.
Crecer con una patología poco frecuente implicó atravesar una infancia entre consultas médicas, cirugías y la necesidad constante de adaptarse a un mundo que rara vez está diseñado para quienes no ven como la mayoría. Sin embargo, en el horizonte de este joven de 19 años nunca existió la resignación, sino un impulso voraz por encontrar su propio camino hacia la libertad.
Ese espacio de escape y plenitud apareció por primera vez a sus 13 años sobre el caucho rojo de una pista de atletismo. Al correr los 100 metros y lanzarse en el salto en largo, Mateo descubrió que cuando la velocidad tomaba el control de su cuerpo, la vista pasaba a un segundo plano y las barreras cotidianas desaparecían por completo. Pero cuando su proyección deportiva recién comenzaba a tomar vuelo, irrumpió la pandemia.
Las sombras de Mateo
El encierro obligatorio interrumpió de golpe sus entrenamientos y el parate se prolongó durante más de tres largos años. Alejado del deporte, en el silencio de su casa y sin la rutina de la pista, el aislamiento amenazó con apagar definitivamente ese fuego que tanto esfuerzo le había costado encender.
El punto de quiebre no ocurrió en un gran centro de alto rendimiento, sino en los pasillos de su escuela secundaria, el CPEM 40. Fue la insistencia tibia pero constante de una profesora la que logró rescatarlo de esa pausa eterna y devolverlo a la actividad.
Al volver a calzarse las zapatillas de clavos, el cuerpo de Mateo respondió con una memoria asombrosa. Las marcas cayeron rápidamente, la constancia en las pistas lo catapultó a la Selección Argentina de atletismo adaptado y en cuestión de meses pasó de entrenar en el ámbito local a pisar los escenarios más exigentes de la región.
El impacto internacional
El verdadero impacto internacional llegó cuando vistió la camiseta celeste y blanca en los Juegos Parapanamericanos de Chile. En una actuación memorable que sorprendió a los propios entrenadores nacionales, el joven competidor no solo se consagró campeón continental, sino que se volvió con cuatro medallas colgadas al cuello: dos doradas en velocidad y salto, y dos de bronce en pruebas agotadoras que ni siquiera figuraban entre sus especialidades originales.
Aquella hazaña, lograda bajo la guía técnica del experimentado atleta olímpico Javier Carriqueo, no fue un techo, sino el impulso definitivo para afianzarse por debajo de los 12 segundos en los 100 metros y proyectar su sueño hacia la máxima cita paralímpica.
Hoy, la trayectoria de Mateo Sepúlveda trasciende largamente las marcas cronometradas y la cosecha de metales internacionales. Su figura representa el testimonio vivo de cómo el acompañamiento familiar, la contención de la educación pública y la disciplina deportiva pueden transformar un diagnóstico adverso en una bandera de superación. Mientras cierra temporadas competitivas cruzando fronteras y sumando podios en el exterior, Mateo demuestra en cada zancada que la verdadera fuerza no reside en los ojos con los que miramos el mundo, sino en la determinación con la que decidimos salir a conquistarlo.