Señor director:
Con mucha satisfacción he vivido durante septiembre el mes dedicado al Gran Maestro de América. Pude notar una mirada diferente sobre la figura de Domingo Faustino Sarmiento, nuestro prócer ilustre. Poco se conoce su parte humana. Se trataba de una persona con gran carisma. Admiraba la civilización, la ciencia, la agricultura. Sostenía que había que educar al soberano, para que luego supiera elegir a sus gobernantes. Visionario, futurista, estaba seguro que la riqueza había que crearla y sostenía que las empresas privadas podían hacerlo. No era partidario de la dádiva, sino del trabajo fecundo.
Era un hombre de gran cultura, sensible, caballeresco. Manifestaba que la religión era su forma de impartir moral. Tuvo gran influencia de los sacerdotes de su familia en la formación de su carácter.
La institución que recibió de sus tíos clérigos, le dieron perfecto conocimiento de la doctrina católica. Trajo 65 maestras desde Estados Unidos, preparadas para el desafío de educar a los niños, pues decía que las mujeres sabían crear hábitos, costumbres, tarea que los hombres no podían hacer.
Admiraba el modelo norteamericano, porque decía que tenía una democracia de libertad. Viajó constantemente y se formó para llegar a la primera magistratura. Con él, el país pasó a ser en una época el más rico de América y la octava potencia mundial.
