— ILUSTRACIÓN —

Mis árboles, nuestros árboles de la antigua Cereceto, hoy Ignacio de la Roza, ya no están. Un desierto de aire y pena se extiende en su reemplazo. Y, como un cuadro sin alma, se posa triste en el lugar donde se erigió, por años, su enhiesta presencia. ¿Dónde habrán ido a parar? ¿En qué mesa, qué silla, qué mueble de hogar o, acaso, en que leña para un asado, se convertirán?

"No hay nada más amado que lo que perdí", dice Serrat en "Lucía". Es cierto, cuando uno toma conciencia, en el día después, que ya no están esas cosas queridas que, sin darnos cuenta, formaron parte de nuestras vidas. Si, ya lo sé, es el progreso. El inevitable progreso que enarbola la bandera de lo nuevo, y sella para siempre los lugares por donde transitó la feliz vivencia de nuestras barriadas.

No soy tonto. Celebro el adelanto y también miro el futuro. Pero déjenme sublevarme con mi queja. Inútil, desde ya.

Cuando tuvimos conciencia de la vida, ya estaban allí. Quién sabe desde cuándo. Tal vez, desde que la Cereceto antigua, que fuera cauce de los antiquísimos desbordes de un brazo del río, dejó de ser una huella empedrada por donde se iba a Chile, y pasó a ser lo que civilizadamente se conoce hoy como una calle. Y, a alguien se le ocurrió bordearla de arboledas. Verde paisaje de sombra, abrigo y, a la postre, testigo silente, de un tiempo de carretas, baqueanos y tropa de animales, primero, y del automóvil, después.
Hace unas semanas, el comienzo de las obras de ensanche de la avenida Central, había clausurado el paso al transeúnte. Pero cierta tarde que lo habilitaron parcialmente, remonté la avenida hacia el Oeste. El escenario que se me presentó, me hizo dudar si no me había equivocado de calle. El sol hería profusamente desde el horizonte, y no había nada que atajara su paso. Entonces caí en la cuenta de la extinción de la arboleda. Como soldados muertos luego de una desigual lucha, yacían algunos troncos sobre las veredas Uno aquí, otro más allá, dejando al desnudo la intimidad hachada de susanillos.

Con absoluta claridad, me cayó como un rayo la palpable realidad de su ausencia, al abrirse ante mis ojos el plano frontal de las casas del vecindario. Aquella profusa arboleda, aparte de la sombra, era como un vallado fresco y saludable que resguardaba la intimidad de sus moradores. Código secreto de la cotidianeidad arrabalera, que permitió a más de uno iniciarse en el ritmo del amor, con aquel beso furtivo que pudo estampar en la vecinita que se recostó, feliz, en la corteza cómplice de un plátano.

Me despido de ellos, mis árboles, siendo consciente que voy a extrañarlos y que un día de estos, diré, como el enamorado del tango, ¡qué falta que me haces! y me pondré a esperar que la reforestación, que ojalá sea pronta, aplaque esta sensación contradictoria de ciudad y desierto que abate mi alma, cuando transito la vieja Cereceto, la mis abuelos.

Ilustración: Rodolfo Crubellier