Hoy he vuelto a la canchita de Ausonia. Esta foto me puso otra vez ahí, con su solcito, aromas, revuelo de pájaros, y esas caras imborrables de mi álbum íntimo. He vuelto a traspasar la barrera de ingreso e internarme por el caminito que bordeaba la cancha de básquet, primero y las de tenis después. Allí, donde el Dante Coradeghinino, se cansaba de invitarme a ver sus "clases’, para estacionar y correr, como un niño, y así ganarme un lugar entre los del primer partido. Esto de anotarse entre los privilegiados del primer turno, a veces ocasionaba sordas luchas entre los que llegaban juntos. Cierta vez observé que un compañero venía por el Norte de la Hermógenes Ruíz y yo avanzaba por el Sur. Apuré y tuve suerte, pues llegué primero a la puerta. Avancé y no encontré lugar en el primer estacionamiento. Pasé de largo y me fui al segundo, que estaba al costado de la cancha. Pero quien me precedía, no sé cómo hizo, si encontró lugar y me "primereó” para anotarse antes que yo. Su trayecto era más corto. Cuando llegué, le reclamé que en la entrada a las instalaciones yo estaba antes, pero me contestó que para él, lo que valía era llegar primero a la libretita donde anotaba el "Negro” Godoy. Me agarró una calentura digna de mejores causas. Me quedé masticando bronca, esperando el segundo partido. Al final, terminamos abrazados y riéndonos del altercado. Yo, agradeciendo por lo bajo a mis amigos, "la paciencia de tolerarme mis espinas más agudas, los arrebatos del humor, las negligencias”, como dice Alberto Cortez. Pero con ese espíritu íbamos a la cancha, donde había momentos que parecíamos conformar la "república de los niños”.
